Una generación perdida

Paul Auster ha declarado en Barcelona que, entre nosotros (refiriéndose a los más jóvenes), vive ya una generación perdida. “Es un crimen”, añade. Supongo que se refiere a la inmoralidad con la que la sociedad y los gobiernos, las clases dirigentes y quienes desordenan el mundo viven sin importantes nada lo que suceda con esa generación. En las películas que Holliwood nos ha servido en estos últimos años donde se adelanta el futuro no vemos más que selva, el receso al salvajismo, y destrucción. Los escritores, en todas las épocas, somos muy pesimistas con el presente, aunque ese presente nos beneficie, y sobre todo con el futuro. Ahí hay que encuadrar esa generación perdida que Auster denuncia y sostiene que no tiene norte ni futuro. Y sí, hay un crimen moral en quienes estamos en el cogito del privilegio de este sistema que parece que se viene abajo por minutos. Hay un crimen porque no nos hemos preocupado más que de nosotros, de situarnos en ese privilegio del que alardeamos hasta más allá del lujo, mientras la inversión en sudación, ciudadanía y futuro es mínima. Y como para cambiar las cosas: ya en una edad en la que n estamos caminando hacia una aventura nueva, nos dedicamos a escribir nuestras memorias para mirarnos al espejo que nosotros mismos fabricamos y absolvernos de nuestra propia historia.
El resultado, y en eso estoy de acuerdo con Auster, es un desastre que está todavía por venir, cuando veamos a los mayores de nuestros nietos caminar. Por la calle sin ningún destino y sin ninguna esperanza. Se me dirá que cada generación ha de buscar su propio camino, su propio sendero por el que transitar en la vida. Cierto. Pero no es menos cierto que tendríamos que haber hecho mejor las cosas, haber conseguido para esa generación ahora sin futuro un territorio que ellos tendrían que haber pulido a su imagen y semejanza. Pero tengo la impresión de que nos les dejamos nada y ,entre el mimo y la despreocupación, apenas les hemos dejado un pequeño espacio reservado a los sueños que nunca se cumplen y a las pesadillas que se vuelven una cruda y terrible realidad. ¿Que nos queda? El tiempo que nos queda aquí deberíamos jugar un papel más digno, un papel mucho más ético y estético que el que hemos demostrado hasta ahora. Y tal vez la memoria de esa generación que Auster dice que no tiene futuro nos recuerda con un poco más de benevolencia que lo que merecemos.

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