Refugiados

Hace unos años, durante una corta estancia en Líbano, pude visitar los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Una mañana entera, sin bajar del coche con matricula diplomática con el que entramos en los campos, pude observar, entre asustado y escandalizado, el lamentable e inhumano estado de los que allí vivían, hacinados, sin alimentos, sin dignidad: echados sobre la vida, con la respiración cautiva, mirando a quienes los visitábamos como si fuéramos los dueños de aquella selva zoológica. Allí había entrado el General islaelí Dayan, cuando paseó sus tanques por Beirut, a poner orden y buscar a los terroristas palestinos que, así dijo, se escondían en los campos. La masacre es uno de los recuerdos más indignos de las guerras del siglo XX que continúan en el siglo XXI. Fue una lección de humildad ver allí a millones de humillados y ofendidos aquella mañana en Beirut que ya no voy a olvidar. Después, salimos de aquel infierno, giramos una visita más, a los territorios de Hamás, todos uniformados de negro, y terminamos nuestra hazaña almorzando en un gran restaurante, a todo lujo, en medio de la guerra. Que nadie piense que yo soy uno de esos profesionales de la bondad, a quienes detesto tanto como a quienes tienen la banalidad del mal como una profesión decente. Recuerdo también que, en la tarde, antes de cenar opíparamente mientras hablábamos con dos beirutíes de la guerra (contaban anécdotas y se partían de la risa), me di un chapuzón en la piscina del hotel de cinco estrellas donde estaba hospedado, el hotel Martinez (pronunciado a la francesa, claro) por las instituciones españoles que me habían invitado a dar un ciclo de conferencias en el Instituto Cervantes. Allí, en medio de la guerra que se veía por todos lados, veía también el lujo. Y lo gozaba. Para terminar el día, me llevaron a un bar de gran envergadura, con terrazas en las calles, donde fumamos narguili y tomamos whisky de malta. Quiero que sepan que, a pesar de los lujos, las conversaciones y las risas, no dejé ni un momento de pensar en los campamentos de Sabra y Chatila que había visitado por la mañana.
Ahora regreso a la actualidad: la tragedia siria, el resultado de políticas criminales, torpes y egoístas, que responsabilizan tanto a musulmanes como a occidentales. Veo a los refugiados sirios huyendo por mar a por tierra hacia Europa, a lo que creen la vida y la libertad. Eso sí: huyen del infierno que entre todos han ayudado (yo no me siento responsable en ningún modo) a crear, a crecer y a convertirse en la bola de fuego que ahuyenta cualquier destello de humanidad. Huyen los sirios y veo por televisión los campos de refugiados que se extienden por aquellas tierras del Islam que hoy son el infierno. Y recuerdo a Sabra y Chatila, como si hubiera estado esta misma mañana recorriendo sus calles de barro donde los niños gritas, juegan a la pelota y, de vez en cuando, ¡se ríen a carcajadas! Veo el cuerpo sin vida, ahogado, de ese niño sirio de tres años y lloro al recordarlo, recuerdo a mi nieto de la misma edad, riéndose, jugando conmigo el domingo pasado, bañándonos felices en la piscina durante los últimos días de calor de Madrid.
Alguien, con un terrible sentido común, nos lo hizo saber en un inglés occidental muy claro: yo no quiero irme de Siria, paren la guerra. Recuerdo los campos de refugiados en varios lugares de la guerra de Yugoslavia, esa vergüenza contemporánea que nos acompañará para siempre. Veo en las redes sociales a los profesionales de la bondad echando pestes sobre Occidente sin tener que mirar hacia Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos. En fin, soy occidental. Irremisiblemente. Creo que la civilización occidental es la que mejor ha interpretado los deseos colectivos de los pueblos. No entiendo una religión que se mantiene en el siglo XX, con todas sus consecuencias, y que quiere sacar rédito de la sangre de sus pobres, que se cuentan por millones. No entiendo una matanza de seres humanos, sean de la religión y la raza que sean, a manos de la nada asesina que los rodea, los jefes de sus patrias y sus tribus, y los que organizan la venta de las armas con las que con masacrados día tras día, incluso el día de Alá, de Javeh o de Dios.
Como tiburones en el agua, los profesionales de ls bondad tienen servido el banquete ante sus ojos: lloran como niños pero no hacen otra cosa más que eso, llorar, mostrar sus quejas. Así no se para la guerra, y todos ustedes lo saben, con lágrimas y llantos de pesadumbre. Y, sobre mi memoria, aquella visita a Sabra y Chatila se hace hoy más clara y cercana que nunca.

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