Las vacaciones de verano

Cuando llega el calor del verano, es irremediable que me llene de recuerdos. Cuando era joven, buscaba como loco el método por el que mi educación sentimental no fuera un fracaso. Había tres primas (entre sí) en mi barrio de Vegueta. Salía con una de ellas, pero la realidad que se escondía en aquellos paseos entonces virginales era un secreto que me guardé hasta hace muy poco tiempo: quien me gustaba era la prima que hacía de carabina de Ambrosio, de guardiana del bien natural de la mujer, de su honor y de su gloria.
Antes de eso, tuve un delirio de juventud por la tercera prima: le pedí fotos, le escribí poemas muy malos, traté de convencerla de que el destino nos había unido. Prefirió a un amigo mío, ya fallecido, y esa elección las sentí como un golpe mortal del que no me recuperaría nunca más. En toda mi vida. El ímpetu juvenil es así: cree que todo cuanto le sucede es para toda la vida.
Sobre esas fechas, vi una película que recuerdo con un amor extraordinario: “Verano del 42”. Ella tenía a su novio en la guerra y el joven, mucho más joven que ella, la observaba desde una pequeña duna de arena cercana a su casa. Ella se dio cuenta, lo dejó entrar en su vida y tuvieron una relación de amor completo que se extendió durante todo el verano. Luego él se fue al colegio, o a la universidad, y ella desapareció. Al verano siguiente, el chico la buscó, pero todo fue inútil. No volvió nunca más. El muchacho cuenta la historia con voz en off y a mí esa película me vuelve joven cada vez que la recuerdo en el calor del verano.
La educación sentimental: cada uno de nosotros y de nosotras viene obligado por la vida a enfrentarse siempre a cosas nuevas, no todas buenas, no todas susceptibles de ser gozosas. Al contrario, la educación sentimental, tan necesaria como cualquier otra, es necesaria, en su debido momento y en su lugar exacto. Si no la matemática invisible que nos guía a cada uno de nosotros salta por los aires.
Vuelvo a las tres primas. Una de ellas, a la que le pedí fotos, está felizmente casada con un amigo mío de los tiempos universitarios. A veces, cuando regreso a mi isla de vacaciones, los veo juntos y sonrientes, tal vez no tan felices como yo me creo ahora, pero por lo menos parece que les va mejor juntos que separados. La otra prima, la segunda, la que salía conmigo aunque a mí no me gustaba, murió. Mala vida. Mal matrimonio. Alcohol. Depresión, enfermedad y muerte. Muy joven. Una vez vino a buscarme a Madrid. Salimos una noche. yo ya era un hombre maduro y ella parecía seguir anclada en las primeras lecciones de su educación sentimental. Me hizo la gran pregunta: ¿Tú eres feliz?, me preguntó de repente, aquella noche que quiso que yo la llevara a El Pachá y yo me negué en redondo. Ante la pregunta, el estupor. Hacía mucho tiempo que no me preguntaba a mí mismo si marchaba o no por el camino de lo que llamamos felicidad. Le contesté que no me lo había planteado mucho y que para mí no era muy importante. Soy feliz escribiendo, le contesté. Y, entonces, ella fue la sorprendida. ¿Escribiendo?, me dijo. Soy escritor, le contesté. En mi vida me hubiera imaginado que un tipo como tú fuera feliz escribiendo, me dijo ante mi asombro.
A la tercera prima, la carabina de Ambrosio de mi juventud, la vi hace muy poco tiempo. Había tenido mala suerte en sus dos matrimonios. El primer marido, de quien ella estaba enamorada, la había abandonado por otra. Ella pensó que aquellos duraría una temporada, pero parece que es definitivo. Surgió otro hombre, un imbécil (ella no lo dijo, pero por lo que me contó, creo que es un imbécil y un cobarde). A los ocho años de convivencia, a ella le diagnosticaron un cáncer de mama. Se lo dijo a su hombre. Y dos días más tarde, el hombre (aunque yo no lo llamaría así) se fue de su vida para siempre, dejándole una carta en la que le decía que no estaba preparado para el trance de su enfermedad.
El verano: fácil para los recuerdos. A mí, este relato de las tres primas me ronda en la cabeza como si quisiera convertirse en una novela que remite a mi educación sentimental, a la primera parte de mi juventud, casi adolescente, tal como era el muchacho de “Verano del 42”. Cierto los ojos y la veo a ella, a la chica de la película, acariciando al joven que se siente acariciado así por primera veo el sudor del muchacho correr por todo su cuerpo. Siento sus nervios. ¡Ah, la juventud y el verano!, ¡qué maravilla!

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