Diario del estío (2). El Viena

Me he pasado más de veinte años, durante todos los veranos, desayunando en la Cafetería Viena, en mi pueblo de la Sierra de Madrid. Estuve hoy en ese mismo pueblo, con la ilusión de desayunar. Imposible. Han cerrado el Viena. Se quedan dentro muchas horas y grandes recuerdos, y en la terraza muy buenos ratos de charla afablle, veraniega y distendida. Nada dura lo que cualquiera imagina. Pero desayuné churros, en otro lugar, y no estuvo mal.
Calor y sol. Trabajé unos párrafos del prólogo de un libro escrito a cuatro menos por dos amigas, María Dolores de la Fe, ya fallecida, y Teresa Iturriaga, que está ahora en la Isla de Elba, donde vive una de sus hijas. Me gustó escribir sobre estas dos escritoras, a las que unía la literatura y la amistad. Y la cercanía de la isla. En el prólogo hablo también de mi amistad con ellas dos. Espero que el prólogo esté terminado antes del próximo fin de semana, para enviárselo a la editora del libro.
Un par de horas corrigiendo textos del ensayo-manual “Para leer a Vargas Llosa”. He de tenerlo terminado en octubre, para que sea editado en marzo del 2016, cuando el Nobel cumpla ochenta años. Muchos años y muy fructíferos. MVLL es de los que cree que la escritura literaria no puede dejarse. Yo pienso que es como la lujuria: si tú la dejas tres meses, ella te deja seis. Y si lo vas dejando, terminará por olvidarte. La escritura literaria es pasión insaciable de la misma índole: obsesiva e imparable.
Cinco baños de piscina: cada veinte minutos mientras escribía lleno de silencio.
No he visto televisión. La música es la del aire de la Sierra que, cuando mueve las copas de los árboles, aunque sea tenue y suavemente, alimenta la vida.
Mañana en la mañana: quiero trabajar en la novela.
Ayer, por la tarde, llegó la noticia desde Nueva York. Jorge Covarrubias, Secretario de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española), me comunica que he ingresado en la prestigiosa institución por votación mayoritaria de los académicos. Una buena noticia.

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