La Isla del Doctor Castro

Cuentan las múltiples lenguas habaneras que el dictador Fulgencio Batista se gustaba muy poco. Sabía que era mulato y sargento, dos cosas que detestaba, pero impuso en Cuba una dictadura que sólo pudieron tumbar, años más tarde, aquellos muchachos legendarios de la Sierra Maestra que acabaron por convertirse también en dictadores. La isla de Cuba, tras el machadato y el batistato, cayó en las manos de quien el poeta Gastón Baquero llamaba “el Monstruo de de Birán”, Fidel Castro, el Supremo, el Dios de la Guerra, el Gran Loco, el Comandante en Jefe, el Doctor Castro. Cayó en sus manos y se transformó en un experimento militar, una dictadura férrea, paranoica y ruinosa que ha provocado hasta ahora un exilio de dos millones de personas y el desastre económico y social en la Historia de Cuba.
Por Fidel Castro han sentido verdadera fascinación periodistas, escritores, políticos, aventureros de todo pelaje y gentes de todo tipo cuyo resentimiento vital -más que por ideología por fracaso- los ha llevado hasta la adoración personal del dios máximo de la Historias de Cuba. Un ensayo titulado “Los guerrilleros en el poder”, de K.S. Karol, daba ya idea de por donde le entraba el agua al coco de los barbudos, qué querían de Cuba, (quedársela para ellos) y qué iba a pasar con el experimento. Pero la fascinación colectiva condujo a la leyenda al Che Guevara y a los hermanos Castro, Fidel y Raúl, Fidel en el papel del muchacho de la película y Raúl en el papel del malo del cuento. La añagaza de Castro para fascinar a sus ilustres visitantes que ya iban a La Habana entregados a la hipnosis del dictador era simple: estar al tanto de lo que pasaba en los países de los visitantes y desnortarlos con un a conocimiento superior al de ellos de sus propios países. Los dejaba asombrados. Si eran gringos, especialmente. Castro se hacía traer de los Estados Unidos el último ensayo sobre economía y sobre política que había sido publicado en los Estados Unidos, se lo entregaba para que lo tradujeran en menos de veinticuatro horas a una veintena de traductores y a un coordinador que lo leía, tal vez su consejero, asesor y “negro” de sus interminables discursos Antonio Núñez Jiménez, llamado “Cuevita”, y cuando llegaban sus visitantes el Doctor Castro daba una lección fantástica del último libro que ni siquiera sabían los gringos presentes que había sido publicado en su país. A Tad Szulc lo convenció a la primera, como a Oliver Stone. Los dos, en épocas diferentes, vieron a Fidel Castro como un dios griego contemporáneo, ayudado por millones de cubanos que repetían como becerros que hombres como Fidel sólo se daban una vez cada siglo. Eche usted y no derrame.
Sartre quedó entusiasmado con su visita a Cuba. “Tempestad sobre el azúcar” es el mediocre resultado de su viaje en el que el filósofo europeo fue derrotado por ko. por los bárbaros barbudos, los mismos que habían montado con talento y lentitud su régimen y su leyenda, acrecentada por la muerte en combate de Ernesto Guevara en el callejón sin salida de las selvas bolivianas. Toda una novela del fracaso de un mal militar, un asmático asesino cuya ansiedad lo devoraba día y noche. Miles de páginas han construido sobre el altar del Che Guevara la leyenda de un hombre entregado a la causa de la justicia, un nuevo Cristo al que losa poderes imperialistas de la nueva Roma sacrificaron en el fin del mundo. “La vida en rosa”, de Jorge Castañeda es, sin embargo, un ensayo a releer constantemente ante la ignorancia colectiva y los aplausos y llantinas por Ernesto Guevara. “Retrato de familia con Fidel”, de Carlos Franqui, guerrillero de primera hora de la Sierra, amigo y luego enemigo del castrismo deja ver, tan claro como “el caso Padilla” después, los tintes dictatoriales de un tipo violento que había conquistado el mundo de su imagen y su imagen en el mundo diciendo y contando mentiras de muchos quilates sin que la gente se diera cuenta. Los dos tomos de “Autobiografía de Fidel Castro”, escritor por quien fuera un “raulito” de las grandes ligas y cronista de las hazañas de las tropas cubanas en la guerra de Angola, Norberto Fuentes, dan clara idea de quien es en realidad Fifo (así lo llamaba Reinaldo Arenas en el “Calor del verano”), el “Monstruo de Birán”, un dictador que detestaba y detesta a los intelectuales, creadores y escritores, a los que tiene, salvo que le sirvan para su proyecto totalitario, como gandules y crápulas del sistema.
García Márquez, amigo del Doctor Castro, escribió una novela, una de las mejores que escribió, titulada “El otoño del patriarca”. Salvo en pequeños episodios que se pueden atribuir a otros tantos decadentes escritores, la realidad de la Historia ha coincidido al final con la verdad de las mentiras que es una novelas. Relean la gran novela, tengan en la mente al Doctor Castro, veánlo ahora pasear en chandal por el jardín de su palacio real, su casa de La Coronela al oeste de La Habana, observen sus manías, sus locuras a veces divertidas, sórdidas o sentimentales. Vean cómo quiere vender el mar en la vejez para ser más rico y poderoso aún de lo que es. Vean sus demencias seniles y sus juegos infantiles: vean su maldad: Vean a Fidel Castro retratado tal vez sin que García Márquez fuera consciente del todo de ese fenómeno. O tal vez sí: tal vez fue consciente, tal vez se dio cuenta que servir al dictador como un bufón de compañía iba a reportarle la complicidad del texto literaria, de una extraordinaria belleza. Con razón sostiene el poeta y periodista Raúl Rivero que, hasta el momento, no está demostrado que Fidel Castro, el Doctor Castro ya en estado seco, sea mortal. “Será mortal, no lo sé, pero por el momento es inmorible”, dice con sorna habanero el poeta Rivero. Inmorible: eso es. Inbmorible y legendario, mientras fallecen a su lado todos los amigos que lo acompañaron en el gran proceso hacia las estrellas y sus enemigos, en la lejanía, fuera del cielo que el dictador creó como un gran experimento.
Alfredo Guevara, un cardenal ateo de la Revolución, un ilustrado internacional, gay fino y gran asesor áulico del Doctor Castro, además de ser el fundador del moderno cine cubano, murió hace un par de años en su casa de La Habana. Lo que ocurrió después es digno de la mejor novela por escribir sobre la decadencia paranoica del castrismo. Una jauría amaestrada del G2, la Seguridad del Estado Cubano, entró en la casa de Guevara a desmontarla de desde los cimientos hasta el penthouse. Buscaron como locos en la biblioteca, en los archivos, dentro de las paredes, tiraron mamparas y tabiques, destruyeron muebles, robaron cuadros de gran valor y dejaron la casa, al final, como un campo de batalla lleno de muertos. ¿Qué buscaba la Seguridad del Estado? Ahí está la novela por escribir. Dicen que buscaban las memorias escritas de Alfredo Guevara, desde el batistato hasta su muerte. Un testigo de siempre de la Revolución no puede dejar su testamento a la intemperie. Otras versiones van más allá, y habrá que preguntárselo al babalao de turno. Dicen que lo que buscaban las termitas del G2 son las memorias del doctor Castro que tal vez fueron escritas por su amanuense de confianza, precisamente Alfredo Guevara. Voilé. Lean “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura y saquen conclusiones de la terrible tragicomedia de de Cuba, el gran experimento del “inmorible” Doctor Castro.

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