Como una novela negra

Según podemos ver, oír y leer en estos tiempos nuestros, la vida se ha vuelto una novela negra, una novela de sucesos muy policíaca en la que ocurren cosas increíbles, hasta que ocurren, y la lógica aristotélica parece no regir ya ninguna norma de la vida. Quizá por eso muchos escritores de ahora se han metido de hoz y coz a escribir novelas negras, novelas como la vida misma, que es negra, y es una novela y un suceso que se puede escribir. Siempre hubo novelas negras que recogían episodios macabros de ilimitada imaginación. El cine y la televisión ha hecho de los guiones negros un género fílmico que no para de producir beneficios y de crear leyenda y mito. Hubo para mí grandes creadores de esta mal llamado subgénero, porque subgénero es sólo aquella escritura pretendidamente literaria que no alcanza los mínimos estéticos para ser llamada literatura, mientras que la novela negra, tal cual, en manos de un genio literario como Hammett, llega al cielo con mucha más facilidad que la de otros escritores supuesta o realmente literarios. Ya sé que todo cuanto expongo, que queda como reflexión y en ningún momento como dogma, es discutible, y tal vez de eso se trate también de escribir para provocar un debate, como hace el cubano Leonardo Padura, que negocia su escritura literaria, negra o mulata, lo mismo me da que me da lo mismo, con un policía, un investigador del alma negra del ser humano, a quien bautiza como Mario Conde.
Ahora leo, asombrado, una novela de Claire Kendal que me acaban de enviar desde la editorial Anagrama, en Barcelona: “Sé dónde estás”. Es impresionante y digna de leer para aprender, precisamente porque el lector llega a la conclusión con la inicio este comentario finisemanal: que vivimos una novela negra que vibra a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta. Entre las novelas negras que adquiero en librerías y las que me envían hay muchas que me gustan y otras que detesto desde las primeras páginas. Lo dicho, todo el mundo quiere ahora ser escritor de novelas negras como si, en efecto, la novela negra fuera fácil de escribir y no significara más que un simple entretenimiento de lectura. Lo más que me interesa ahora de la novela negra, tan detestada por profesores universitarios que se levantan todos los días pensándose creadores del canon occidental, es distinguir entre aquellas que están escritas por verdaderos escritores, los que desde luego entran por el agujero de una aguja gracias a su exquisitez de escritura literaria, y todos los advenedizos y actores de reparto que quieren participar del festín de la gloria literaria sin apenas haber leído tres o cuatro títulos clásicos. Es decir, lo que me gusta es distinguir quien es escritor de novelas negras porque ha sido antes lector de literatura y quien o quienes no. Y hay una gran cantidad de escritores de novela negra que no han sido lectores de nada. Para llegar a los pies de Hammett hay que estar en San Francisco y recorrer las calles de una ciudad y un mundo violento que fabrica al escritor para que el escritor fabrique el mundo literario y negro de la novela. Para llegar a Kendal y a su “Sé dónde estás” hay que andar mundo en la lectura de muchas novelas, como lo hizo Cortázar, gran lector de novela policial y negra. Como lo hizo García Márquez y como lo han hecho siempre los verdaderos escritores literarios. Siento mucho sospechar de todos los que llegan a la literatura, a la novela negra en este caso, como método para ser famosos, ganar lectores como novelista de crímenes nada verosímiles o retratar universos que aburren por lo mal escritos y lo poco inteligentes que nos resultan al leerlos.
Estoy diciendo lo que siempre he dicho como teórica: la experiencia personal es importante para la vida. Haber vivido en un burdel da mundo, por ejemplo, o haber sido policía. O camarero en un cubil de ratas urbanas. Pero hasta el asesino o el policía más inteligente, si no han leído todo lo que hay que leer, hasta elementos de psiquiatría, por ejemplo, no podrán, salvo excepciones, escribir una novela negra, blanca, mulata o mediopensionista. La lectura antes que nada: ese es el fundamento de todo buen novelista. No por escribir una novela negra se está trabajando el escritor que lo tilden de subescritor, sino porque no ha leído lo suficiente para escribir una novela literaria en toda la conjunción de sus argumentos. Lo sé porque me pasé leyendo y escribiendo “mi novela negra” más de cinco años: leyendo documentos históricos, geográficos, leyendo manuales de anatomía, recorriendo los lugares del crimen, organizando los materiales de la novela, su estructura interna, sus personajes, las voces de esos mismos personajes, las razones y sinrazones de “El Niño de Luto y el cocinero del Papa”, leída como una novela “normal” por los críticos que nunca vieron que mi intención fue escribir una novela negra en el centro de La Habana, sobre un crimen que sucedió de verdad y sobre el que se echó tierra oficial para que prosperara el silencio total sobre tal episodio.

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