Historia de una librería

La mayoría de las veces, las librerías tienen su propias historias secretas. Es fascinante conocerlas. Hablé ya alguna vez, y lo titulé “El héroe de la Albatros”, de Rodrigo Díaz, peruano, un caso de integración completa en el corazón de Europa, en Ginebra. Suiza. Rodrigo Díaz viajó primero de Lima a Rusia. Lo llevaron a Siberia a trabajar. Trancó allí, en el frío de la tundra esteparia, una bronconeumonía brutal al salir en la noche a la intemperie a 30º bajo cero de temperatura. Lo curaron a duras penas en un hospital, con gigantescas inyecciones de penicilina y, según él mismo, con grandes tragos de vodka bebidos a gollete y clandestinos tachos de marihuana que alumbraban las noches siberianas con humo de jazz neoyorkino. Una locura, que pudo matarlo pero lo hizo más fuerte. De Siberia saltó a Ginebra y encontró un trabajo de acomodador vestido de domador de leones en el Victoria Hall, donde se empapó de ópera hasta conocerla a fondo, como si fuera un avezado crítico de la música clásica. Se casó con una suiza rubia, Nathalie, y desde entonces puso en marcha su sueño demencial: abrir una librería de libros en español en el centro de Ginebra. Se lo propuso y lo hizo. La librería está abierta desde su fundación en un barrio lujoso de la ciudad del dinero callado, en el número 6 de la Rue Charles Humbert, rodeada por todos lados de las galería de arte más caras del mundo. Los horarios de la Librería Albatros me sonaron, en principio, a raros: abría y cerraba a ciertas horas extrañas, no había días fijos con horarios firmes, sino cambiantes según qué circunstancias. Hasta que Rodrigo Díaz, peruano, cuarenta y muy pocos años, me contó que su trabajo en el Victoria Hall le impedía abrir la librería a las horas que él querría y tenía que supeditarlo todo a la ópera, “que es lo que me da dinero para mantener la Albatros”, me dijo. Un héroe, pienso yo. Si se dan cuenta, el nombre de la librería es un guiño aventurero y nómada a Conrad. Además, publica (edita) y presenta libros con ese sello todas las semanas y por allí pasan escritores de la lengua española todas las semanas. De modo que Albatros es una fiesta constante de la literatura de lengua española, y nadie de los que viajamos a Ginebra, ricos, pobres o mediopensionistas dejamos de ir en peregrinaje intelectual a la librería de Rodrigo. Creo que esa humilde librería, grande de alma y de talento, es más que una pica en el corazón de Suiza, es un bastión intelectual que se levanta en medio de un universo al que sólo le interesa el espectáculo más lamentable de las televisiones y las comedias de barrio bajo. No dudaré, una vez más, en otorgarle a Rodrigo Díaz la categoría de caballero andante de la literatura de lengua española, un paladín resistente convertido en un gigante de los libros y la literatura de lengua española en el corazón económico de Europa. Sin duda, no es una exageración: es un partisano de los libros en una época y en un territorio donde ese objeto sacral parece sobrar por viejo y zorro, por inapropiado y políticamente incorrecto. Había que verlo en el Salón del Libro de Ginebra: se movía como pez en el agua, como jefe de filas del libro resistente, siempre con su sonrisa en los labios, divertido, pertinaz en la defensa de la literatura de la lengua española, siempre comentando las cosas más dispares y menos aburridas. Fue Rodrigo Díaz quien me llevó por primera vez al Cementerio de los Reyes, donde están los restos de Borges y Calvino, en medio de las tumbas de cientos de notables ginebrinos que dan lustre a la eternidad del lugar. Y él quien me inició en la fascinación por Grisélidis Marcelle Rèal, la presidenta y fundadora de Aspasia, la asociación internacional erigida en defensa de las prostitutas. Fue él quien me contó las primeras historias de la pintora extravagante, de la atrevida escritores y de la puta maravillosa que fue Grisélidis, y él quien me consiguió los libros que ahora estoy leyendo desaforadamente. A lo largo de mi vida me encontré con sorpresas muy positivas en mis viajes por el mundo entero, pero nunca pude pensar que iba a conocer a un héroe librero, el héroe de la Albatros, en Ginebra, y que fuera él quien me introdujera en la secta abierta de quienes adoramos a un ser tan extraordinario como Grisélidis Rèal. Ahora, cada vez que voy a Ginebra, siempre a resolver asuntos intelectuales que nada tienen que ver con el dinero, me paso por la tumba de nuestra gran escritora, toda una heroína de la vida. Fíjense como do es matemático: su tumba está a medio metro de la de Borges y a menos de cinco metros de la de Jean Calvino. Los dos odiaban el sexo que Grisélidis Rèal repartía a manos llenas cuando estaba viva.

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