El taxista de Ava Gardner

Ava Gardner vivió en Madrid desde principios de los años 50 hasta finales de la década de los 60 del siglo pasado. Su vida en España estuvo llena de leyendas urbanas, aventuras amorosas con toreros buenos y malos, historias de la noche que fueron creciendo con el tiempo sin que nadie las desmintiera. Por eso hasta yo mismo he conocido a gente que dice que conoció bíblicamente a la Condesa descalza, el animal más bellos del mundo. Una vez conocí a un viejo falangista, un periodista que se las daba de gran caballero franquista (y, por consiguiente, tuvo hijos que se las daban de comunistas e incluso militaron una temporadita en el PCE), que me confesó sus amoríos “secretos” con la gran diosa. Eran “secretos”, entre comillas, porque los conocía todo el entorno del falangista, sobre todo porque él se jactaba de la aventura con la actriz “exigiendo” a su interlocutor que no se lo contara a nadie. Tenía, como es natural, miles de interlocutores a los que pasaba la gran noticia.
Las noches de Ava Gardner eran todas e interminables, desde Chicote a Zambra y, desde luego, a Pasapoga, una sala de fiestas -en realidad, un cabaret- de inmejorable factura en los tiempos grises de Franco. En la puerta del Pasapoga había entonces una parada de taxis y entre los taxistas de aquella época había un tipo muy simpático y dicaharachero que le confesaba a sus amigos y colegas más cercanos que él “se acostaba con la señora cuando la llevaba a su casa de la calle Doctor Arce, en El Viso”. El tipo, pequeñito, cómico y castizo comenzó a cuidar y a limpiar el taxi para Ava Gardner que, todas las noches, siempre según el tipo, lo escogía a él como amigo y por la clase de su taxi, siempre cuidado y oliendo a efectos especiales que volvían loca a la señora a esas horas altas de la noche completamente borracha.
Esa leyenda urbana corrió con suerte y caló en el populacho, de manera que el taxista pasó a formar parte de los amantes “oficiales” de la actriz. Algunos, bastantes, seguimos pensando que lo que el taxista convirtió en leyenda no era más que una atribución presuntuosa. No vamos a negar que, en una de aquellas muchas noches de Ava en Madrid casi hasta el amanecer, el taxista tuvo de cliente a aquella ilustre pasajera con quien cualquiera que fuera alguien en aquel tiempo decía haberse acostado. Por lo menos una vez.
Pasó el tiempo y el taxista se convirtió, una vez la actriz de regreso a Nueva York, en un cantante reconocido de canción castiza que tuvo mucha fama. Incluso se aprovecho su salto a la fama popular para mantener que aquel hombrecillo simpático y dentudo se había acostado muchas veces con Ava Gardner. El taxista pasó a cantante famoso con el sobrenombre que le daban sus amigos más cercanos y sus compañeros del taxi, que nunca dejaron de hacerle bromas con la leyenda amatoria de la señora Gardner. Se llamó, entonces, El Fary, y conquistó masas con sus manera de cantar la canción castiza y su simpatía personal.
Siempre que lo vi cantar en la televisión, me acordaba de Ava Gardner y la leyenda que el tipo había levantado a pulso hasta ganarse la voz de la calle que, casi siempre, es la voz de Dios. Si el río suena es porque agua lleva. Aunque el río suena mejor si arrastra piedras. En una ocasión, cuando yo trabajé en la televisión, coincidimos en el salón de recepción de invitados y entablamos una entrecortada conversación. Yo me dije en silencio: así que este es el taxista de Ava Gardner, el famoso cantante castizo. Él se estaba comiendo un pincho de tortilla. Me miró con simpatía, se sonrió mientras degustaba la tortilla y me dijo: “¡Está muy buena!”. Se refería a la tortilla que se comía, pero yo pensé en los primeros 60 del siglo XX, cuando el animal más bello del mundo se enseñoreó de Madrid y escandalizó a media España con sus juergas. Ella vivió una temporada en el mismo edificio que Perón, exiliado en la España de Franco. Según leyenda, el General Perón se entraba para su vuelta declamando sus discursos en el balcón de su casa, a la intemperie del frío. La actriz, con o sin copas, salía a la ventana de su casa cuando escuchaba las peroratas patrióticas del General y le daba un grito que paralizaba al dictador argentino: “¡Marica!”. Ese día que coincidimos en un canal de televisión, se lo conté al Fary. “Yo la conocí muy bien. Era capaz de eso y de mucho más”, me contestó sonriendo con una cierta petición de complicidad. “Todo lo que se cuenta de ella es verdad, incluido lo mío”, dijo con nostalgia contenida. Pero yo, al día de hoy, no me lo termino de creer.

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