Ginebra

Estoy en Ginebra. Me gusta la ciudad: París en miniatura. Limpia, prudentemente divertida, discreta (como quería uno de sus totems históricos, Jean Calvino), elegante, a veces lujosa. Si yo fuera rico viviría en Ginebra, a dos horas o tres de la Europa que me gusta. Vengo una vez más a Ginebra a presentar un libro que escribí en mi juventud literaria (se publicó por primera vez en 1973) y que ahora, en francés y español, Rodrigo Díaz edita en Albatros, su heroicidad intelectual: una librería-editorial muy en el centro de una de las ciudades más ricas del mundo. Paso por delante de la casa donde nació Rousseau, que huyó de Ginebra como si su alma huyera del diablo; y, al otro lado de la calle, casi frente por frente, me enfrento con la casa que Borges escogió para vivir sus últimos días. Argentino hasta más allá de la muerte, hizo mutis por el foro y se quitó de Buenos Aires para siempre. Cuentan que Borges, a las puertas de la muerte llamó a un cura católico y a un presbítero protestante y habló con ellos de la eternidad y otros fantasmas del futuro. No sabemos finalmente que pasó, qué dijo y con quién en todo caso se confesó, si con el católico o finalmente abrasó el protestantismo calvinista. Lo más divertido es que en el Cementerio de los Reyes, que es donde están enterrados los restos de Borges, también, como es lógico, están enterrados, en una sobria tumba, los de Jean Calvino, el hombre que rigió las austeras costumbres de Ginebra con mano de hierro. Ya escribí una vez un artículo sobre la matemática de la muerte en este cementerio. Calvino y Borges están enterrados a menos de diez menos de distancia, pero entre los dos está la tumba de Grisélidis Real, famosa por haber fundado Aspasia, una organización internacional en defensa de los derechos de las prostitutas. Grisélidis Real, como es lógico, odiaba a Jean Calvino y lo que él representaba; odiaba su doctrina y su histérica austeridad, pero la matemática no falla: su tumba y la de Calvino están a tres metros de distancia, de modo que seguro que la proximidad de los dos enemigos en vida puede ser un tema de una buena novela sobre la cercanía de sus tumbas. Escritora, pintora, poeta, prostituta universal, Grisélidis Real tuvo también una vida azarosa, novelesca
y dura, aunque terminó siendo aplaudida por los ginebrinos y, después de haber sido enterrada en un cementerio común, sus restos fueron conducidos por sus conciudadanos ginebrinos hasta el Cementerio de los Reyes como si fuera une heroína. Yo estoy seguro que lo fue. Cuando vengo a Ginebra voy a ver a Borges y delante de su tumba observo de reojo la de Calvino y examino de cerca la de Grisélidis Real, llena de lápices, pinceles, pinturas y exvotos que sus devotos le dejan cuando van a verla en su tumba. No dejen de hacerlo si visitan Ginebra.
Otro de los grandes atractivos de la ciudad son los museos: espléndidos. Y las librerías: gloriosas. Y las iglesias: austeras. He estado aquí en fiestas, en la celebración histórica de una victoria de los ginebrinos sobre los franceses, cuya lengua hablan hoy en este cantón suizo. Me gusta Ginebra y tomarme unos tragos civilizados de esa bebida de dioses, con tónica, mucho hielo y un poco de limón: lo que se llama un gin-tónic en español, y en inglés, por supuesto. Pero me gusta mucho caminar sus calles: estoy seguro que en cada paso que doy camino sobre millones y millones de dólares, euros y todo tipo de dinero que los más ricos guardan en loa sótanos de los bancos suizos. Aquí el secreto bancario es más importante que la tumba en la que vas a estar para el resto de los tiempos, una vez que fallezcas. “Scherzos pour Nathalie”: así se titula el libro que publiqué en 1973, en plena juventud, y que ahora se reedita en Ginebra. Brindo por el libro -una plaquette atrevidamente poética- y brindo por ella, por quien se oculta bajo el nombre de Nathalie, un amor juvenil que nunca he querido ni podido olvidar. Nathalie es para mi una figura literaria, que aparece en varias de mis novelas, con otro nombre, y fue uno de los tres grandes amores de mi vida. Digo amores, no amoríos ni noches locas de un solo golpe. No: amores. Si no hubiera estado casado, me habría ido a vivir con ella. Hicimos planes, ilusos, plenos de vida: irnos a París, convertirnos en parisinos después que yo pidiera el estatura de exiliado político en Francia. Decidí, sin equivocarme, ver crecer a mis hijos y sufrir el franquismo hasta el final. Ahora, en Ginebra, recuerdo aquella parte de mi vida mientras el fantasma de Grisélidis Real me conmina a que escriba una novela sobre la proximidad de su tumba con Borges y Calvino. Y sobre su vida, una epopeya única.

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