Isaac El Destripador

En mi ya lejana juventud, me cortaba el pelo y de vez en cuando me afeitaba un barbero de barrio (en Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria, España) que había llegado del campo a la capital hacía muy poco tiempo. Era el primero de su familia que “había triunfado”: era propietario de una barbería, tenía muchos clientes y amigos y mucha gente del barrio le había tomado un gran cariño. Era, además, completamente analfabeto, pero con ganas inmediatas de demostrar que no lo era, que había dejado atrás el campo y era un capitalino informado. Por eso le llamábamos Isaac El Destripador. Un día, algún cliente más o menos leído comentó la famosa frase de Groucho Marx: “Como decía Jack el Destripador, vamos por partes”. El barbero, atento a la jugada,oyó mal y, durante un tiempo, repitió durante un largo tiempo, y en cualquier conversación, la siguiente frase: “Como dice Isaac El Destripador, vayamos por partes”. Insaciable en su afán de aprender, captaba con muchas equivocaciones lo que oía a los clientes que él consideraba más cultos y leídos, entre ellos yo mismo, que era universitario y para él (yo) hablaba “vox pópuli, vox ley”, como decía en mi ausencia. Me dio en esa época por repetir unas frases hoy muy manidas de Antonio Machado en boca de Juan de Mairena. Una era la siguiente: “Como dijo el poeta sabio, la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”. Un día, estábamos solos en la barbería, y mientras me cortaba el pelo me preguntó que quién era Agamenón. Se lo dije. De ahí en adelante, con toda la propiedad del mundo, Isaac El Destripador, el barbero de mi barrio en mi juventud, repetía una y otra vez como una muletilla intelectual: “Como dijo el sabio, eso es eso, lo diga Agamenón o su portero”. Y la otra frase era la muy conocida queja de Mairena: “¡Qué país, Miquelarena! Isaac el Destripador, iba por partes y perpetraba la siguiente frase: “¡Qué país, Miguel Arenas!”. Era un tipazo. Un día oyó a un ingeniero de minas discutir con un abogado, los dos ilustras clientes suyos. El ingeniero, de repente, saltó de su asiento y le espetó al abogado: “Luis, no confundas las churras con las merinas, por favor”. Isaac volvió a tomar como suya la frase famosa y la destripó de nuevo con su instinto asesino: “Por favor, por favor, no confundamos los churros con las Meninas”. Era un genio dándole la vuelta a las frases ilustras que habían pasado por encima del tiempo. Las actualizaba a su favor y siempre se quedaba contento con su descubrimiento porque nadie le decía nada. Todos nos asombrábamos de su inventiva analfabeta y siempre nos pasábamos la voz cada vez que una nueva frase entraba en el habla barbera del Destripador. Una vez más, alguien habló de que la piel de las marta gibelina parecía una seda inigualable. La marta animal pasó a ser para él una Marta mujer que no conocía pero que hizo suya con una frase genial durante un tiempo: “Tienes un pelo como el de Marta la Sibilina, que es como de seda”, le dijo a más de un cliente mientras le cortaba el cabello. Lo entendía Isaac como un cumplido y el cliente nunca le preguntaba quién era esa Marta de la que hablaba. Ya todos sabíamos cuan fuerte era la debilidad de oído y de cultura general de nuestro barbero.
Han pasado los años, más de medio siglo, y he ido recopilando en mi memoria los dichos flagrantes de Isaac El Destripador, hasta que esas misma fases traspuestas por el instinto frenético y desnortado del barbero me han ido dibujando un personaje de novela. Aparece en una de las que estoy escribiendo, que se titula “La playa”, en la Isla de Salbago, y es el barbero, así llamado en la novela, Isaac El Destripador, de mi juventud por encima de los años. En todos ellos, no he dejado de reírme por su osadía, por su habilidad para meter la pata, por su gallardía y obstinación al mantener una y otra vez el error constante en la frase citada. No sé, a estas alturas, qué se habrá hecho de Isaac. De lejos me llegó hace tiempo el rumor: le había tocado en la lotería uno de los premios gordos. El billete era de todos los clientes que todos los años hacían una piña y compraban su décimo o sus participaciones. Claro que le pagaban después, cuando no tocaba nada, pero se habían comprometido a comprarlo y estaban abonados siempre al mismo número. Pero ese año, el que tocó el gordo en la barbería, el barbero se quedó el premio entero para él solo, cerró la barbería al día siguiente y desapareció del barrio. Según me cuentan, fue localizado en un barrio de muy alta alcurnia por uno de los damnificados del asunto. Isaac le abrió la puerta con cajas destempladas y, ante la exigencia de su cliente, le contestó: “Vete a protestarle a Agamenón o a su portero. A mí dejáme en paz, que bastante me tomaron el pelo ustedes durante tantos años con sus dichos lustrados”. Y le cerró la puerta en las narices. Hasta hoy, no se ha sabido más de Isaac El Destripador.

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