Panamá, entre el Negro y el Chino

Es la frase más repetida en los barrios habladores de La Habana: “Esto sólo podían arreglarlo un negro y un chino”. Es la voz popular: el choteo cubano. El Negro es Obama, aunque para los negros es blanco. El Chino es Raúl Castro. Dicen que sus ojos delatan la genética china que las malas lenguas han expandido por el mundo: que no es hijo de don Ángel Castro, sino de un cocinero que tenía el padre de los dictadores.
En Panamá, por otro lado, hay una gran tradición negra y china. Colón, en la costa atlántica del canal, fue un puerto de desembarco de esclavos africanos, aunque Francisco de Miranda quiso poner allí la capital de su proyecto revolucionario: Colombeia. La unión de todos los países que hoy llamamos Iberoamérica, donde el caudillismo, el machismo, la injusticia social y las dictaduras militares, además del empecinamiento, hasta hace nada, de la Iglesia Católica han hecho estragos históricos. Uno de esos caudillos entró en La Habana e implantó, desde 1958, un régimen totalitario dizque de “izquierdas”, comunista y prosoviético. Un desastre a la vista de los resultados. En sus mejores momentos, cuando Moscú cubría las pérdidas inmensas de la economía cubana, hundida gracias a la ineficacia del sistema castrista y a los caprichos y delirios de grandeza de Fidel Castro (desde el proyecto de la Ciénaga de Zapata hasta las guerras africanas y el llamado Cordón Verde de La Habana), el dictador les contaba a sus visitas especiales cómo jugaba con los norteamericanos: “Yo digo dos; ellos dicen cuatro; yo digo, ocho, los yanquis dicen dieciséis. Y así, hasta que ya los tengo acostumbrados. Entonces marco un número cualquiera, doce mil quinientos treinta y cuatro, y ellos se pasan años para descubrir el secreto de mi juego. Ninguno. Son como niños”, contaba Fidel Castro, y la carcajada estaba garantizada, por cortesía y por simpatía. El resto del tiempo se lo pasaba advirtiendo a la población cubana de la inmediata invasión de la Isla por parte de los marines gringos. “Ya viene, ya vienen”, decía cuando llegaba a las fiestas de sus amigos en las madrugadas felices de la Cuba soviética, lo que dio a luz un chiste de los más sabido en La Habana: “Ya vienen ya vienen…, que vengan ya de una vez, a ver si comemos algo”.
Lo cierto es que, tras la llegada al poder totalitario de Cuba de Raúl Castro, su leyenda ha crecido. El Chino es un pragmático, que nunca fue partidario de “los bolos” (los soviéticos), sino del comunismo chino (no sé si también ahí la cosa es genética, finalmente). Lo cierto es que este Castro es más listo y más político que aquella bestia que hizo de Cuba un cuartel lleno de miedos y paranoicos. Lo cierto es que Raúl Castro puede pasar a la Historia de Cuba y del mundo como el hombre, el dictador (no perdamos la perspectiva) que fue capaz de entender que Cuba no resolvería su propia historia sin pactar con su Padrino, el monstruo imperial (según Martí: “He vivido en el vientre del monstruo y lo conozco”) que le consiguió la independencia a su país a finales del siglo XIX, dejando a España, la Madrastra, sumida en una crisis histórica y decadente de la que tardó en salir más de setenta años.
La Madrastra, al recuperar sus tiempos democráticos tras la muerte de Franco (que siempre defendió a la Cuba de Castro: de gallego a gallego), inventó la Cumbre Iberoamericana, que tuvo también su gran momento, pero que obvió algo que es vital entender en América: dejar fuera de ese juego a los Estados Unidos de América es un error que se paga muy caro. Y, entonces, no llegó esta vez el Comandante, sino Bill Clinton que inventó a su vez la Cumbre Americana y, ante el estupor de España, se quedó de nuevo con la copla.
Vamos por la VII Cumbre Americana. Se llega a ella con el nuevo Canal de Panamá a punto de ser terminado, en unos pocos meses. Y con Brasil, Venezuela y Argentina sometidas a las locuritas de sus propios mandatarios que un día sí y el otro también tratan de inventar sistemas económicos que se llevan a sus pueblos hasta donde están los cubanos, siempre a cuestas con sus tres problemas cotidianos: el desayuno, el almuerzo y la cena. Los gringos observan su patio trasero con inquietud en estos primeros años del siglo XXI, y parecen por fin haberse dado cuenta de que la inveterada costumbre de hostigamiento, la intervención militar (si sabrá de eso Panamá…) y las sanciones económicas no han llevado a ninguna parte, excepto al encono, la distancia y la estupidez. El Negro, en su etapa de Pato Cojo, quiere hacer historia en América Latina. El Chino (¡Lo que hay que ver en la Historia!) es el introductor de embajadores del Padrino, su enemigo mayor hasta hace unos meses. Habrá embajadas en menos de lo que canta un gallo, en La Habana y en la capital norteamericana. El presidente Maduro, el venezolano más analfabeto de la Historia, recibirá nuevas lecciones habaneras: no se puede ser tan bruto con el Padrino. Habrá sonrisas femeninas, brasileñas y argentinas. Habrá de nuevo paz y buena voluntad. Y Panamá sonreirá también en estos dos días, convencida de que su papel en América es central para el diálogo y que ya su mala prensa entre las repúblicas hermanas ha desaparecido. Y todo esto gracias al raro entendimiento entre un Chino y un Negro que difieren en todas sus opiniones. Recuerdo la visita de Juan Pablo II a Cuba. Yo estaba ahí. Fui a la Plaza de la Revolución la noche anterior a su llegada, cuando andaban los revolucionarios el gran altar donde el Papa diría una misa presidida por Fidel Castro y García Márquez. Recuerdo el comentario del taxista: “Lo que se ve en La Habana, no se ve en el mundo entero”. Por último, y no lo menos importante: los matones castristas han repetido el violento teatro de sus Brigadas de Intervención Rápida en los prolegómenos de la VII Cumbre, con un ataque (acto de repudio, lo llaman) a los manifestantes contrarios a la dictadura. Asunto, Panamá, Panamá, que no se puede consentir. Y de eso, panameños, saben ustedes que yo sé bastante, gracias al escrache que me hicieron en el acto de presentación de mi novela “Réquiem habanero por Fidel” en Ciudad de Panamá, en agosto pasado.. Pero así es la vida, nos vamos poniendo viejos, las cosas cambian y el asombro perdura.

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