Versiones de Dios

Hace un tiempo, en España, un tarambana, de cuyo nombre no quiero acordarme, perpetró una dizque obra de teatro y la tituló inequívocamente: “Me cago en Dios”. La supuesta obra literaria no era más que un adefesio arbitrario, un texto nada teatral, una mamarrachada contra la Iglesia Católica, que no es lo mismo que Dios, sin arte ni estilo alguno. El mamarracho es diplomático y acaba de ser expulsado de su puesto en la embajada española en Serbia por el Ministerio de Exteriores del gobierno de España. Se había pasado cuarenta pueblos de sus atribuciones y quería a toda costa, sin tener capacidad para ello, ser embajador “como sus compañeros de promoción”, añadió el tarambana, que además subrayó que se le estaba tratando como en tiempos de la Inquisición. El idiota no se daba cuenta, o no sabe, que si viviéramos en tiempos de la Inquisición ya lo habrían quemado en público, o no, porque el tiparraco es además noble aristócrata, de sangre solamente, porque de vida y actitud no es más que un chafalmeja. Su vida y su “obra” así lo demuestran.
En España, la blasfemia del título de la obra del tarambana es propia del lenguaje cuartelero, de la mala baba de la carretera, de gente ordinaria y maleducada, como la final resulta ser el tarambana. ¿Por qué no tituló con Alá en lugar de Dios? Seguro que hubo ahí un poco de miedo, porque no es lo mismo soplar que hacer botellas, y los musulmanes si que tienen ese virus inquisitorial pegado a su alma creyente. ¿Por qué el chafalmeja no tituló su obra con el nombre del dios del Talmud en lugar del Dios cristiano? Ah, porque está casado con una judía rica y se le podría haber fastidiado la comodidad del dinero. Creyente, aunque no practicante de la religión católica, más cerca del protestantismo que del catolicismo, me irrita profundamente la blasfemia de los analfabetos y malcriados que citan al Dios en el que no creen para resolver un conflicto consigo mismo. Para muchos seres humanos, entre los que me cuentero sin duda alguna, Dios es una versión del Gran Matemático cuyos juegos precisamente matemáticos no conocemos del todo. Sabemos poco de Dios y mucho de sus intérpretes, que se atribuyen su doctrina y su palabra cosí ellos mismos, soberbios, fueran parte de la Gran Divinidad. Hay quienes creemos que la vida es perfecta y completamente matemática y que las lianas y las líneas invisibles que unen todo cuanto existe y ocurre en el mundo y en el universo son obra del Gran Arquitecto. Quienes creemos en Dios así, en esa versión, no somos ni muchos menos religiosos comehostias y santurrones que damos los pasos medidos para no irritar al Dios en el que creemos. Tampoco le echamos la culpa de nada de cuanto sucede porque, en todo caso, sabemos que tenemos la voluntad para resolver cuanto problema se nos presenta en la vida. Otra cosa es que el ser humano sea una catástrofe y que Einstein tuviera una vez más toda la razón: que el universo y la imbecilidad del hombre son infinitos (y, añadía, que de lo primeros no estaba del todo seguro…). La imbecilidad del tarambana que tituló su adefesio “Me cago en Dios” es total y definitiva. Otro título suyo: “Apolo de menta”. ¿Eh? Una genialidad cómica para la inmundicia de la imbecilidad, una estupidez para quienes sabemos que el arte es mucho más que una ocurrencia aparentemente graciosa, aunque vacía de contenido y exenta de forma artística.
No es mi costumbre escribir de Dios. Sólo lo hago en contadas ocasiones, aunque les confesaré que, con frecuencia, reflexionó bastante sobre el Gran Arquitecto y nuestro atroz desconocimiento de sus.matemáticas, las ciencias secretas y desconocidas que nos rigen y que los científicos tratan de descubrir a toda costa. Me pregunto, en estas versiones de Dios, qué encontraríamos en el interior del cerebro del tarambana al que me refiero, y si no sería su caso, y el de otros muchos imbéciles de libro, uno de los que hacía alusión el Tío Albert, Einstein, por supuesto. Una aclaración para despistados: no le tengo miedo al Dios en el que creo. Lo que le tengo es un respeto imponente, como a todos los que creen o no creen en otras versiones de Dios. Un respeto tan imponente que me hace despreciar a pusilánimes cafalmejas como el de la supuesta obra de teatro a la que hago alusión en este comentario dominical. Otrosí: no odio a ninguna de las religiones que existen en el mundo, aunque detesto la religión de las castas indicas. Tampoco ando caminando de iglesia en iglesia, sino por motivos turísticos y culturales. Pero me irrita sobre,a era que un pendejo sin otras cualidades que su inutilidad use el nombre de Dios en vano, en cualquiera de sus versiones e imágenes.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *