Dos genios

Picasso y Dalí: dos genios. Ahí están sus obras, por encima del tiempo, por encima de ellos mismos- Como “Los duelistas” de Conrad, Dalí y Picasso estuvieron encontrándose y alejándose toda su vida. Su condición de genios lo imponía: se peleaban, hablaban mal el uno del otro y viceversa, en privado estudiaban las obras de cada uno, cada uno la del otro. Y hablaban como si fueran oráculos. “El pintor pinta lo que vende; el artista vende lo que pinta”, dejó dicho Picasso para quien quisiera entenderlo (porque hay gente que tarda en entender las coas e, incluso, llegan a no entenderlas nunca), de modo que llegara a notarse desde el principio la diferencia entre la vulgaridad y la búsqueda de la excelencia. “Picasso es español; yo también; Picasso es un gran artista; yo también; Picasso es comunista; yo tampoco”, dejó dicho Dalí en uno de esos encontronazos dialécticos que han pasado a la Historia. Adolfo Marsillach lo recuerda en sus memorias, “Tan lejos, tan cerca”. Picasso, aparentemente más serio, las mataba callando; Dalí, más obviamente irónico, e histrión, las callaba matando. Dos genios.
Una vez fui a Nueva York a ver una antológica de Jackson Pollock en el MOMA, pero a la hora de la verdad tuve que decírmela en silencio a mí mismo: pasé más tiempo delante de “Las señoritas de Avignon” que en todas las salas que ocupaban los enormes lienzos de mi pintor favorito en el siglo XX. Ese cuadro de “Las señoritas de Avignon” lo tiene todo, como “El gran masturbador” (incluso lo que tiene de pertubador y provocador en el título), y la gente cree que ese Avignon tiene que ver con el nombre de la ciudad francesa, que sí, pero no en el sentido en que la gente lo cree: las “señoritas” no son de Avignon, sino de un antro que había en Barcelona que estaba en la calle Avignon en tiempos de Picasso (allí lo pintó) y que, después, ya en mi tiempo, en los 70, fue el primer restaurante, que yo recuerdo, que puso a disposición de sus clientes la llamada “nouvelle cousine”. Recuerdo la primera vez fui a aquel restaurante, con mi primer editor, el poeta Enrique Badosa, y Luis Bettonica. Fuimos atendidos por Ramón y por su hija, no recuerdo ahora bien su nombre, una muchacha muy bella y llamativa que terminó por casarse con otro de los grandes gourmets de España, el ilustrado periodista Néstor Luján, que decía que desde el Renacimiento para acá lo único que le importaba era la gastronomía. Hubo, como no podía ser menos, larga conversación sobre Picasso y La Gut de Avignon, que así se llamaba el fantástico restaurante, y a mí se me metió en la cabeza escribir una novela, un relato, sobre aquellas muchachas que trabajaban allí y el momento de inflexión artística, la etapa de Barcelona, en la que Picasso pintó el cuadro. Seguro que hay por ahí expertos picassianos que saben el nombre y la vida de aquellas “señoritas” y la relación personal que Picasso tuvo con ellas. Pero si no se ha llegado a ese fondo, no sería mala idea escribir ese relato. En cuanto a Dalí, escribió mucho más que Picasso, y pintó mucho más, y fue más falsificado que Picasso. Sus libros son una maravilla donde se aprende mucho no sólo del arte de pintar, sino del arte de la vida. “Ávida dollars”, llegaron a llamar a Dalí, y sí: le gustaba el dinero (como a todo ser humano inteligente; o a casi todos, por no pelearme con algunos de mis lectores que no estén de acuerdo con esta afirmación).
Otra vez, Oscar Domínguez se fue al estudio de Picasso con una obra que el mismo Domínguez había pintado. “Maestro, hágame el favor, fírmemelo, que necesito venderlo por 25.000 francos”. Era un Picasso pintado por Domínguez, una falsificación de las muchas que Domínguez hizo de Picasso. Tal vez Picasso, en su genialidad, era más generoso que Dalí en la suya, más histriónica y perversa, más mediática (muchos ilusos llegaron a tomarlo por payaso, pero así es la vida con los genios).
Tengo para mí que Picasso fue más venerado que Dalí porque Picasso fue siempre antifranquista y, aunque Dalí,no fuera del todo franquista, lo era bastante y, en todo caso, se dejaba querer por el franquismo y su Caudilllo, un tipo execrable que paralizó España durante los cuarenta terribles años de su mando sobre mi país. Desde luego, si tengo que elegir uno u otro de los genios de los que aquí acabo de hablar, escogería casi siempre a Picasso, aunque hay obras de Dalí que no las cambiaría por nada, tal vez ni por un Picasso. Como no me vi nunca en esa circunstancia no estoy seguro de lo que digo al final de este comentario. Ya vería, si se me diera esa ocasión en lo que me queda de vida.

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