Una aparición

  • La primera vez que fui a la India lo hice invitado por una línea aérea alemana, junto a un grupo de periodistas españoles. Entrar en Delhi fue para mí un choque intelectual que todavía recuerdo: que la gente más mísera se moviera en medio de templos gloriosos y opulentos palacios me hizo detestar, aún más, la religión de las castas que los indios de las élites manejan para someter al populacho. La mierda y el loto, la India, moviéndose en las mismas coordenadas.
    Visitamos Delhi de arriba a abajo, y en un día cualquiera, mientras bebía una cerveza en una terraza más o menos decente, se me acercó un italiano a pedirme un “biri”, un cigarrillo popular indio que yo estaba fumando en ese momento. Se sentó junto a mí sin pedir permiso y me contó parte de su vida. Estaba feliz de haber dejado atrás todas las trabas del mundo occidental, estaba feliz de vivir en la calle, en un rincón de Delhi cada noche, feliz de andar como un pordiosero perdido en una página de la Biblia. Fuimos a Jaipur y a Agra, y vi por dentro y por fuera, por primera y no última vez en mi vida, el Taj Mahal: impresionante y, como dice Tagore, “una lágrima en el tiempo”. Tras cuatro o cinco días de carretera, donde no perdimos la vida de puro milagro, volamos a Bombay. Desde el avión, la inmensa ciudad india parecía tan sólo un interminable territorio de pobreza, lleno de construcciones de aluminio y miseria. Pasamos por una playa, y divisamos a lo lejos la Isla Elefanta. Esa misma noche, volvimos a esa playa que estaba llena de indigentes y miserientos, pobres inmensos que parecían salidos del infierno y que pasaban por aquellas arenas contaminadas de lo peor del mundo. Y aquí, en Bombay, ocurrió la aparición. Ya he hablado en otras ocasiones de este episodio, pero de vez en cuando lo recuerdo entre sueños, o entre recuerdos que vuelvan de un lado para otro en mi cabeza. Estábamos haciendo tiempo en el lobby del hotel, hasta que llegara el autobús a buscarnos y llevarlos al aeropuerto. Nos contábamos pequeñas anécdotas de nuestro viaje, hablábamos de las compras que habíamos hecho, sedas, camisas, trajes, y una gran cantidad de objetos todos falsificados. Un amigo contó que un día le dio pena de un niño que andaba desnudo por la calle y entro con él en una tienda y le compró ropa. Cuando los dos salieron a la calle, el niño indio ya vestido, una jauría de niños indios se abalanzó sobre mi amigo exigiéndole que a ellos también los vistiera. Tuvo que salir corriendo como un loco, entrar como pudo en un taxi y llegar al hotel como lugar de refugio. Yo les hablaba a mis amigos de la historias de españoles en la India que me había contado Krisna Sharna, un guía indio que había aprendido los rudimentos de español escuchando cantar a Julio Iglesias. Hubo un momento en que salí a fumar un “biri” a la puerta del hotel y vi allí ya el autobús con el motor encendido esperando por nosotros. Me di un par de vueltas por las cercanías del hotel, mientras observaba por última vez en mucho tiempo, y en el silencio de la noche profunda, la City de Bombay, una especie de barrio londinense, elegante y que parecía estar muy lejos de la pobreza de Bombay. De repente, desde detrás del autobús, salió una niña de unos catorce años, una adolescente india bellísima , con unos ojos verdes imponentes, harapienta en sus vestidos pero brillante en su cuerpo. En la noche de Bombay, aquella aparición de hizo tambalear. ¿Cómo había podido aquella muchacha tan pobre, llena de miseria, sucia de cuerpo pero -yo estaba seguro- limpia de corazón hasta el fondo de aquella parte de Bombay, un barrio de negocios internacionales lleno de lujos y de hoteles y restaurantes de cinco estrellas, saltándose muchos kilómetros de la barrera invisible que separa la gran riqueza de la enorme pobreza? Me extendió la mano pidiendo unas monedas. Yo estaba absorto en su belleza y la juzgue una aparición divina. Saqué como pude un billete de mi bolsillo, y salió uno de diez dólares. Se lo di a la niña. Ella miró el billete, puso cara de asombro, como que había sucedido un milagro, me sonrió, me hizo una reverencia y se escondió detrás del autobús. Entre corriendo en el lobby del hotel y llamé a Luis Mariñas, que había viajado con nosotros a la India. Le dije que salieras para que viera la belleza de aquella muchacha india y para que le diera un billete de diez dólares de modo que se repitiera su expresión de alegría en su rostro. Cuando salimos ya se había ido. “Fue una aparición”, me dijo Mariñas. “Es posible”, le dije, “pero a mí, en mi bolsillo me faltan los diez dólares que le di”.

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