Naty Revuelta

La conocí en La Habana, junto a Carlos Manuel de Céspedes, obispo auxiliar de la capital cubana, y Natalia Bolívar, intérprete de las religiones africanas de la isla. Tenía unos ojos verdes bellísimos que, a pesar de los pesares, no habían perdido un brillo juvenil que los convertía en faros eternos. Se sonreía con una extraña felicidad que otorgaba a sus comensales y contertulios. Era dueña de un estilo y una clase que recordaban los tiempos de las viejas y altas familias habaneras. Era una mujer entera, honesta y libre. Se enamoró del joven Fidel Castro y le dio una hija, la rebelde Alina Fernández Revuelta, que nunca fue oficial y legalmente por el dictador. Cuando Castro fue desterrado de Cuba y se fue a México, me consta (por testimonio de la propia Naty Revuelta) que el joven revolucionario le pidió que se fuera con el al Distrito Federal. Por lo que fuera, ella se negó a hacer ese viaje. Vivía con su marido, un eminente doctor, y sus dos hijas, en La Habana y siguió desde allí las evoluciones políticas y revolucionarias de Castro y los suyos. Cuando Castro entró en La Habana en 1958, el doctor Fernández se fue de Cuba con la mayor de sus hijas, pero Naty se quedó en Cuba con Alina y su propia madre, en una casa del Nuevo Vedado donde tantas reuniones del directorio y de los habaneros del 26 de julio se habían celebrado en la clandestinidad. La verdad es que, tras el triunfo de Castro, ella creyó que el gran hombre vendría a buscarla pero, aunque la visitó en muchas ocasiones en su propia casa y siempre con prisas, nunca pensó el revolucionario en casarse con Naty Revuelta, que había sido la responsable (al descubrirse una carta de ella) del divorcio de Castro con Mirta Díaz-Balart, madre de su hijo Fidel.
El tiempo pasó lento en Cuba y la gente fue envejeciendo, mientras la dictadura se hacía cada vez más fuerte, a través sobre todo del G2, su policía secreta, insaciable en su enfermiza voluntad de buscar enemigos del régimen castrista en las alcantarillas de la clandestinidad y la contra-revolución. Naty Revuelta siguió todo el tiempo, todos los años enamorada de aquel joven alto y carismático que convirtió Cuba en un cuartel comunista por los siglos de los siglos, y siempre dijo que Fidel se había casado con la Revolución y que jamás se casaría con ninguna otra mujer. Se equivocó, porque Castro se casó por fin con Dalia Soto del Valle, de la que tuvo cinco o seis hijos, no lo sé bien.
Yo conocí a Naty Revuelta en los años 90 y me enamoré de su forma de ser, de su clase, de su habanismo irredento, de su cubanidad culta. De modo que, en los viajes a Cuba, que fueron muchos en esa época, la frecuenté cuanto pude, intercambiamos criterios sobre muchas cosas y sobre muchas cosas estuvimos de acuerdo o en desacuerdo, pero nada movió nuestra amistad. Un día, que viaje solo a La Habana, mi mujer me dio un regalo dentro de una bolsa de papel muy bien doblada y con lazo, un pañuelo para Naty Revuelta. Se lo entregué en un desayuno lleno de amistad y risas, cuando le dije también que me parecía que ya nunca podría prescindir de su amistad. Nos despedimos a mitad de la mañana, pero en la tarde recibí una llamada telefónica a mi habitación del hotel donde me hospedaba. Era Naty Revuelta, que me urgía a volver a desayunar al día siguiente. Me encantó invitarla. Cuan do llegó, estaba silenciosa y circunspecta. Sacó de su cartera grande la bolsa del pañuelo que mi mujer le había enviado como regalo y me miró fijo. “Esto no es para mí, aquí hay un error”, me dijo entregándome la bolsa de papel, en el fondo de la cual había veintidós esmeraldas que, tiempo atrás, yo le había regalado a mi mujer en un viaje que hicimos juntos a Bogotá, Colombia. Aquellas esmeraldas se habían perdido en un armario durante años y ahora aparecía, esa mañana, en un hotel de La Habana. “Si ella te las ha enviado, son para ti”, le dije a Naty Revuelta. “Yo sé que no, tú, Juancho, amigo, yo sé que no, que ellas las debió de perder y no se dio cuenta de que estaban aquí. Se las devuelvo”, me dijo con su sonrisa de siempre. Así era Naty Revuelta: la honestidad completa. Ahora, hace ocho días, mi amiga Naty Revuelta ha muerto en La Habana y las cenizas de cuerpo incinerado han sido arrojadas al Océano Atlántico que pasa por delante de La Habana, el mismo mar de todos sus años, el mismo mar que la enamoraba mientras recitaba un poema de “El testamento del pez”, de Gaston Baquero. Me duele esta muerte: me duela y recuerdo a Naty Revuelta en Cuba, sonriendo, esparciendo su clase habanera por donde quiera que fuera.

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