Una tarde con Galdós

La otra tarde, en Madrid, me eché a la calle a recorrer el territorio de la ciudad real que, sin embargo, inventó e inmortalizó Galdós, un escritor de geografías humanas que no pasa de moda. El sol brillaba en la tarde de invierno restando al aire del norte el a veces gélido agasajo del frío madrileño. Recorrí las calles por las que el viejo escritor, alzado en hombros por el público, paseó su envergadura literaria tras el estreno de “Electra”, en los primeros años del siglo XX. Me fui caminando, en el placer del anonimato, hasta su imprenta en la calle de Fuencarral, hoy Hotel Kafka, una academia donde escritores de verdad, entre los que recuerdo ahora a Rafael Reig, siguen dando clases de aquella literatura de verdad que escribió Galdós. Me tomé una cerveza en la Santa Bárbara, un lugar al que regreso con frecuencia no sólo por el recuerdo y el privilegio de beber y sentarme en el mismo lugar que lo hizo el viejo maestro, sino porque el sitio vale la pena por la gozadera del ambiente, las gambas, los berberechos, las papas fritas, la cerveza, claro, y todo lo demás. ¿Está Galdós ahí? Estuvo. Como estuvo muchas veces en el Salón Japonés de Lhardy, en la Carrera de San Jerónimo. Pasé esa tarde por allí, un lugar donde se ha hecho y deshecho durante un siglo los cánones de la política española y el triunfo constante de las élites. En las mañanas, dan en Lhardy unas tazas de caldo de cocido que levantan a cualquier muerto obstinado y lo llevan a andar mucho más contento por la Puerta del Sol. Lo mejor de Lhardy, donde todo es bueno, es el cocido madrileño. A Galdós siempre lo llamaron “garbancero” y la gente normal cree que al gran escritor le gustaban los garbanzos más de la cuenta. Bueno, que le gustaban, le gustaban, pero la realidad del origen de ese mote mítico fue Valle-Inclán, su rival literario y me atrevería a decir que hasta vital, en todos los sentidos. A Valle, que era también de frases le preguntaron una vez que le parecían las novelas de Galdós, y el gallego eterno contestó que “olían mucho a cocido”. De ahí a lo de “garbancero”, un paso. Confieso mi pecado glotón: en Lhardy tomo cocido cada vez que puedo, un par de platos de la sopa espléndida, los garbanzos gloriosos y, finalmente, el gran suflé Alaska, único en el mundo, helado de vainilla con creme suflé por encima, una locura digna del mejor galdosiano. Hay en Lhardy muchas historias secretas, o poco conocidas, desde la de Alfonso XIII y la leyenda del pasadizo secreto que lo conducía hasta aquí desde el Palacio Real, hasta la historia del cocinero de Azaña que Franco condenó a muerte porque le había dado de comer, y muy bien, al republicano eterno.
Cuando me senté a la intemperie en un café de la Plaza Mayor, en una de sus esquinas inolvidables, a tomarme un café y un ron cubano, todavía era de día. Seguía soplando un viento de norte que no encogía la alegría de la gente que llenaba la plaza. Yo miraba al pueblo en ese momento, permítaseme decirlo, con la misma mirada que supongo que los miraba el viejo Galdós, escudriñando sus gestos a ver qué se podía sacar de aquella cosa tan común que es en el ser humano la tristeza o la alegría, las lágrimas o la misma risa. Esos, me dije, podían ser, o podían haber sido en otra época, personajes de las novelas de Galdós. Sufren y gozan como los personajes de Galdós, sin saber o sin tener en cuenta que viven la misma tragedia, el mismo drama o la misma comedia que los personajes de Galdós, aquellos madrileños ya eternizados en la imaginación de la gente. Me asombré, y lo pensé una vez más, la grandeza del viejo escritor para dibujar aquella parte de Madrid que, desde entonces, lleva su adjetivo: el Madrid galdosiano. El mejor escritor de Madrid no era de Madrid, era de mi tierra, entonces mucho más lejana que ahora, a la que el viejo escritor amó siempre, aunque, desde que salió de ella con 19 años, y se quitó de encima el pelo de la dehesa de la insularidad, no volvió sino dos veces. Sin embargo, se ocupó de ella, de las islas y de su isla. Islas, así es la vida, que durante más de cincuenta años, en vida y después de muerto, apenas lo tuvieron en cuenta. Lo pensaba sentado en la Plaza Mayor: ¡Lo que costó, en tiempo y en humillaciones, abrir lo que hoy es su Casa-Museo!, la misma casa donde nació Galdós, en la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria. En fin, una tarde con Galdós que ustedes deben pasar si vienen a Madrid, con buen tiempo y ganas de vivirlo en la calle.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *