Ganar un premio

La gente divide a la gente en ganadores y perdedores. Cuando ganas un premio, en este caso literario (que es lo que me ha pasado ahora), la gente piensa que eres un ganador, pero no eres ganador más que de ese premio. La gente no sabe, y tal vez no quiere saber, que para ganar un premio que todo el mundo ve que has ganado has perdido en muchas ocasiones otros que nadie ve, pero que tú sabes que has perdido. No se ve sino lo que aparenta, lo que las redes sociales y los medios informativos ventean. Ganar un premio literario es difícil, y ganar el Francisco Umbral mucho más. Por eso ese día, cuando me llamó España Umbral, la viuda del escritor, para decirme que había ganado el galardón que llevaba el nombre de su marido, la euforia estalló en mi cuerpo y no pude seguir escribiendo, que era lo que estaba haciendo cuando me notificaron el premio.
Tuve con Umbral una relación amistosa cercana, aunque nunca frecuente. No quedábamos para vernos, pero cuando nos veíamos, en los sobrantes de la vida literaria, nos encontrábamos bien juntos y nos reíamos mucho poniendo a los enemigos comunes a caer de un burro. Como teníamos tantos enemigos podíamos echar mano de una lista interminable y disparar sobre el pianista que nos diera la gana durante un rato, hasta cansarnos. Luego lo dejábamos hecho un guiñapo y cogíamos a otro durante media hora hasta dejarlo destruido. Nos contábamos como habían llegado esos mediocres de los que nos reíamos a la traición o a la enemistad activa contra nosotros, contra él o contra mí, y volvíamos a soltar carcajadas hasta el amanecer. Un día, en el aeropuerto de Barcelona, estuvimos así, aunque con tragos de whisky imparables, durante siete horas. Había nevado de una manera intempestiva en Madrid y los aviones no salían, incumplían su horario y nos dejaban tirados en la incertidumbre. Los primeros whiskys fueron dulces y helados, una maravilla, pero después de siete horas de risa, espera y alcohol, subimos al avión turulatos, con una curda que se podía ver y oler desde veinte metros. No estuvimos especialmente impertinentes, pero algún que otro pasajero, nos conminó, con toda razón a hablar más bajo. “Otro enemigo más”, dijo Paco mirándome de reojo.
Lo conocí por sus libros, algunos de los cuales me parecieron de una prosa deslumbrante. En un momento de inspiración poética y displicente, mi admirado Juan Marsé, maestro y amigo, llegó a declarar a los medios informativos que la prosa de Umbral era de sonajero. ¡Bendita literatura y bendito sonajero”. Lean “Mortal y rosa”. Lean “Trilogía de Madrid”. Lean “Un carnívoro cuchillo”. Escribió más de sesenta libros, algunos evitables, otros imprescindibles, y era de un trato cercano tan afectivo como profundamente impertinente con la gente que no conocía. Dicen que era, además, un “dandy”. Se vestía como tal, actuaba como tal, y además tenía la manía terrible de escribir, eso que se llama felizmente grafomanía y que es una suerte de gusano que te pica una vez en el estómago y de ahí en delante ya no te abandona: te pide cada vez más escritura, todo el tiempo escritura, noche y día escritura. Hasta el último momento de tu vida. Lo vino a buscar la muerte inmediatamente después de haber escrito el último artículo de su vida. Escribía y publicada, en los últimos años en el diario “El Mundo”, uno al menos todo los días y la gente decía que era una industria que no paraba de escribir. El tipo era convulso y feliz, al mismo tiempo, y ya sé que parece un oxímoron, y seguro que lo es. Hubo gente que lo quiso mucho y otra gente, entre los que tengo amigos, que lo odiaron. Nada nuevo bajo el sol. Ahora, durante estas horas después de que la noticia del premio a “Réquiem habanero por Fidel” corriera como la espuma, he reflexionado sobre le personaje literario y sobre su escritura. Hay una frase de Umbral, entre otras muchas que recuerdo muy bien. Tiene que ver con Rubén Darío y su genio literario: “Madrid lo veía andar tambaleante y creía que Rubén estaba borracho, pero lo que le ocurría es que llevaba todo el peso de la lengua castellana sobre sus espaldas”, escribió Umbral. Me parece una descripción que habla mucho de su genio literario y de la genialidad literaria de Rubén Darío. A veces, he echado de menos a Paco Umbral, alguna tarde del viejo Oliver o las últimas que recuerdo del Hispano, en la Castellana de Madrid. Entonces voy a alguno de sus libros, le pego un largo vistazo de páginas, me empapo de la prosa del poeta Umbral, me asombra a veces la exactitud de sus párrafos, su pasión literaria e intelectual, que no era otra cosa, en fin, más que pasión de vida. Es decir, la vida misma de un gran escritor.

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