Macondo, país invitado

Estábamos en un Juan Valdez, en el barrio de La Candelaria, en Bogotá, con el Monserrate de frente a nosotros, mi amigo del alma Conrado Zuluaga, el hombre que más sabe de García Márquez en el mundo, y yo, recién llegado de Cartagena. Comentábamos el acierto de la próxima FILBO, que tendrá lugar en la capital colombiana en la tercera semana de abril, de declarar como país invitado a Macondo. Y, entonces, Zuluaga comenzó a hablarme, con un café humeante y magnífico en nuestras mesas, de su viaje a la India y de cómo hasta allá lo persiguió el espíritu del Macondo de García Márquez. No es realismo mágico lo que me contó sino parte de esa magia que tiene la realidad y que le sucede a las personas elegidas por el destino. En Calcuta, en una plaza inmensa vio a un vendedor de libros de ediciones piratas. La curiosidad de Zuluaga lo llevó a pedirle al corsario indio, que tenía una inmensa librería en el sucio suelo de la plaza, si allí había novelas y libros de García Márquez. El pirata le contestó que sí y le señaló los libros del Nobel traducidos al bengalí y al hindi. Zuluaga volvió a preguntarle por una edición de “Cien años de soledad”. El pirata le dio un ejemplar y le dijo en mal inglés que era “very good”. Zuluaga compró además otros libros de García Márquez, en bengalí y en hindi. Al llegar a su hotel, en el lobby, una señora india, muy elegante, le preguntó en inglés si sabía y podía leer hindi. Zuluaga dijo que no, también en inglés, y le pidió a la señora india que le tradujera el título al inglés. Y ella, muy amablemente lo hizo: “Vivir solo cien años”, le contestó la señora. Conrado Zuluaga le preguntó si sabía de qué trataba el libro y la gran señora le contestó, llena de sabiduría: “¿De qué va a ser? ¡De cómo vivir solo cien años, señor! Como su nombre indica, es un libro de autoayuda. ¡Léalo, le vendrá muy bien!”. Zuluaga le agradeció a su ya amiga india y se despidió de ella besándole la mano y agradeciéndole haberla conocido. Bajo el Monserrate nos reímos lo que quisimos y le conté, como contrapartida, la novela de españoles que un amigo indio, Sarna Crisma, me contó durante mi primer viaje a India. Luego hice dos más buscando las raíces de la novela, siguiendo las huellas de sus protagonistas y escarbando morbosamente en los nombres de los criminales de uno de los grandes personajes de la novela. “La tengo pendiente, hay mucho escrito, pero he de hacer otro viaje una vez que tenga primera redacción. Tal vez” le dije,”me encuentre a tu amiga india. Le diré además que yo me he autoayudado mucho literaria y vitalmente con la lectura de Vivir solo cien años”. Volvimos a carcajearnos y a echarnos al gaznate otro buche de café caliente de Juan Valdez.
Cada ve me gusta más Bogotá. Cada vez descubro, en la apariencia de la realidad, múltiples secretos que tienen que ver más con la magia que con la realidad, pero que son reales como la realidad misma. Caminar por la Carrera Séptima y recordar la vida de García Márquez entre cachacos me pareció esta vez una manera de homenajear al gran novelista. Una de las primeras veces que vine a Bogotá, Oscar Collazos y Eligió “Yiyo” García Márquez, hermano del Nobel y también escritor, nos llevaron a Ricardo Piglia, a Luis Rafael Sánchez y a mí, a un antro fantástico del Norte de Bogotá. Allí llegaría a bailar y a cantar, y en plena madrugada, cuando ya estábamos sumidos en plena realidad tras tres o cuatro tragos de ron Tres Esquinas, Totó “La Momposina”, una leyenda viva del folklore popular de Colombia. “La Momposina” me invitó a bailar con ella una pieza popular del país, pero yo no me atreví a hacerlo, y lo cuento en mis memorias con bastante tristeza y vergüenza. Ahora podría mitificarme, mentir y decirles a ustedes que bailé una vez con “La Momposina”, y añadirle al asunto algunas anécdotas de mi propia invención repentina, surgida de lo que los románticos despistados llaman inspiración y que no es otra cosa que la tenacidad escondida del escritor a la hora de buscar las palabras verosímiles y exactas para echar su cuento. Eso lo consiguió desde el principio de sus años el inventor de Macondo, que incluso vio con antelación, y así consta que se lo comunicó a Carmen Balcells, su agente literaria, que la novela que se puso inmediatamente a escribir, pirateada despúes incluso en Calcuta bajo el título de autoayuda “Vivir solo cien años”, les iba a dar de comer a ellos y a otra mucha gente, incluidos los que han pirateado el gran libro sagrado de la novela latinoamericana.

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