En Cartagena de Indias

La primera vez que visité Cartagena de Indias, hace ya algunos años, lo hice acompañado de Juan David Morgan. Despegamos de Tocumen y en un par de whiskies llegamos a Cartagena, la ciudad donde se desarrollan y cuentan algunas de las novelas de García Márquez. Nos hospedamos en el Hotel Santa Clara, paredaña con la casa del Nobel, y salimos a navegar la bahía hasta el anochecer en un yatito a vela lleno de aguardiente, vinos, jamón, viandas, risas, parranda y amistad. De ahí saltamos a un club de fiestas inolvidable. Allí estaba todo Cartagena bailando, saltando, bebiendo, celebrando la vida que se pasaba por la garganta en un chorro de ron y entre los bailes y las músicas más populares. A Juan David, entonces todavía soltero, vinieron a sacarlo a bailar cuanta mujer bella había en la fiesta interminable. A mí, porque ya sabían que era escritor también pero no era rico, me sacaron a bailar unas abuelitas que no terminaron de convencerme. Me contaban sus pesares, sus soledades, sus ganas de vivir. Me asombraba la vitalidad de aquellas damas. Con una quedé para desayunar temprano en el Santa Clara y luego recorrer la ciudad en calesa, antes de que el sol pegara fuerte y nos hiciera la vida imposible. Felizmente, no llegó a la cita, y pudimos, después, Juan David y yo hacer aquel recorrido que después he repetido cuantas veces estuve en Cartagena de Indias. Aquella fiesta y su música enloquecida viene hoy a mi memoria, mientras me deleito con un jugo de guanábana y un ron tres esquinas en un rincón del alma del mismo Hotel Santa Clara. ¡Qué maravilla! Ahí, en este viaje a Cartagena que todavía dura, en el Hay Festival, recordé una tarde mi conversación interminable con el pintor Emilio Machado en su casa de Santa Cruz de Tenerife. El protagonista de la conversación fue otro pintor, otro gran artista: Alejandro Obregón. Obregón, que había nacido en Barcelona de padre colombiano, fue una institución en Cartagena de Indias, donde residió casi toda la vida. Procedía de una familiar grande y tradicional cartagenera, pero él, sin hacer ascos a su gente más cercana, se echó al monte, se convirtió en un pintor excepcional, “el expresionista romántico”, y llegó a arrastrar tras de sí una fama y leyenda de novela. Obregón, además de pintor exclusivo, era un tipo popular, miembro del Grupo de Barranquilla y muy cercano a García Márquez, como pude confirmar gracias a Conrado Zuluaga. Es leyenda que Obregón era un duelista a primera sangre. Se batía en duelo por cualquier cosa y llevaba su cuerpo asaeteado por puñaladas que convertían su piel en un mapa lleno de cortes. Es fama conocida que Alejandro Obregón era un buceador intrépido. Tanto que se convirtió en el hombre que sacaba loas ahogados de la había de Cartagena y de los mares de los alrededores. Lo llamaban. Le decían: “Hay un ahogado, don Alejandro”. Y Obregón se iba a la mar, se sumergía hasta el fondo, soltaba al ahogado de sus amarras submarinas y lo regresaba a la barca. Hecho su trabajo, volvía a su casa a beber ron y a pintar sus cuadros excepcionales.
Me hubiera gustado conocer a Alejandro Obregón, como he conocido en mis viajes por la vida, mar y tierra, a tantos otros dementes especiales que me han convencido de que la vida es fenomenal, tanto para el de alante como para el de atrás, según estribillo de “La guaracha del Macho Camacho”, la novela de otro loco fantástico, caribe y puertorriqueño, Luis Rafael Sánchez, amigo del alma y grandísimo escritor.
Ahora mismo en Cartagena de Indias se está desarrollando el X Hay Festival, un invento en origen inglés que reúne a genios, geniecillos, escritores, escritorcillos y escritorcetes, todos en compañía de una extraña buena educación y formas exquisitas que se apodera del ambiente en estos días. Y eso a pesar de los cientos de egos que pasean por las calles de Cartagena, entran y salen de sus cafetines y restaurantes, de sus fiestas interminables y de su música popular, celestial y única. “Trapoloco” llamaban a García Márquez los taxistas de Cartagena y de Barranquila en su juventud, cuando vestía unas camisas estampadas hasta al escándalo. Un día, según leyenda, García Márquez tomó un taxi desde el aeropuerto a su casa de Cartagena. Al pedir la cuenta, el taxista le pidió una cantidad muy superior a la que señalaba el taxímetro. “¿Cómo es eso?, mira lo que pone ahí…”, le reprochó García Márquez. El taxista se volvió hacia él y señalando de nuevo el taxímetro, le espetó enfadado: “¿Y le vas a hacer más caso a esa maquinita que mí? ¡Ah, el humor!, el sentido más común de todos los sentidos, un sentido común que, sin embargo, no es tan corriente entre mucha gente, la misma que se toma en serio sin encontrarle el envés a las cosas más serias. Ahora brindo de nuevo en Cartagena, por los recuerdos santos y el sentido del humor de la gente buena. Un jugo de guanábana, blanca como la nieve, y un ron transparente, como el agua eterna que hierve y que arde.

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