La fama de los que escriben

Acabo de leer, en un par de horas muertas, un pequeño ensayo de Petrarca titulado “De la fama de los que escriben”. Espléndido: nada menos que Francesco Petrarca. Llevo reflexionando sobre ese texto, tal vez porque me atañe, más de dos horas. Esa es una de mis felicidades actuales: dispongo de horas para pensar, mientras me fumo dos o tres “señoritas” de El Guajiro. Quien me viera me tomaría por una cigarra ociosa cantando en el verano, mientras las hormigas trabajan como locas. No es así: quiero existir cada vez más, luego pienso todo el tiempo que puedo. La fama de los que escriben puede ser larga o efímera. Conozco a escritores poco leídos, que eran geniales y caminaban por la calle sin que nadie los tuviera en cuenta, como anónimos. Conozco a imbéciles que no escriben, pero aparecen con frecuencia en la televisión, siempre bochornosa gracias a las mayorías rampantes, que son jaleados por la calle don donde aparezcan. Y ellos, tan contentos, cuando alguien les pregunta por su profesión contestan con un par de palabras: “Soy famoso”.
El escritor que se dedica a la fama está perdido. Un escritor sólo debe dedicarse a escribir y a tratar de hacerlo lo mejor posible y cada vez mejor. La fama no es más que un añadido, un colgante que cualquiera puede ponerse o quitarse en cualquier momento. La fama puede evitarse con la ausencia. Ganada la marca del nombre del escritor en el mercado y en la Corte, entre las tribus propios y las extrañas, ¿qué más da aparecer o no en público, llenar con la presencia del escritor famoso un fiesta o una reunión social?
Conozco muy de cerca a escritores famosos que son sólo eso: famosos escritores. Conozco otros escritores, gracias a Dios, que son famosos en razón de sus escritos, han llegado a ser lo que son porque la finalidad que tenían desde el principio no era el aplauso de la gente sino una escritura mejor que la de nadie.
Entre unos y otros no está la diferencia de la fama, pero la distancia entre ellos es enorme gracias a la escritura. El mercado hace famosos a muchos escritores que dicen vender miles y miles de ejemplares. Y tal vez haya ahí parte de verdad: los venden. Es igual: venderán, pero no convencerán por mucha fama que lleguen a alcanzar a quienes de deciden el canon en el momento de sus vivas. Es el tiempo quien ha mantenido en pie “Los miserables”. Es el tiempo quien ha hecho de Galdós un icono de la literatura universal. Los dos eran ya muy famosos en su tiempo, porque escriben hasta reventarse y han dejado una obra inconmensurable que no ha podido olvidar ni siquiera el paso del tiempo.
La fama de muchos escritores es, por otro lado efímera e inútil. Los he visto entrar en el escenario de la fama, los focos sobre ellos, el aplauso general. Los he visto enloquecerse de vanidad, sin un ápice de autocrítica: los he visto ganarse a la gente y su admiración. Y, años después, los he visto abandonar los escenarios de la fama, descender de la gloria efímera y mentirosa al oscuro, ya sin focos, y perderse en la calle como seres anónimos. Algunos no lo soportaron y, tras una depresión de caballo, se indultaron de la vida suicidándose. Así es el asunto.
Los verdaderos escritores no persiguen fama, aunque sean muy protagonistas y pagados de sí mismos. Si no nos paga nadie, ¿por qué no podemos pagarnos nosotros mismos, siempre en el aire de la soledad y la escritura? El verdadero escritor sabe que el escenario de la escritura es un laberinto insondable en el que hay que trabajar como trabaja el minero en la mina: casi sin respiración, echando el aire por la boca, buscando el tesoro en el que cree, la palabra en su lugar exacto. El verdadero escritor, no el que busca la fama o el dinero, sino el tesoro de la escritura, está todo el tiempo buscando la gloria de la palabra adecuada y exacta en el lugar exacto y adecuado. Lo demás es fama, no escritura. ¿Y dónde está el tesoro de la escritura, en la fama? Quienes buscan la fama a través de la escritura nunca en la vida encontrarán el verdadero tesoro. Están despistados, equivocados de lugar. Sépanlo de una vez todo el que se mete en la escritura literaria: el verdadero tesoro es la misma escritura, no la fama que pueda producir. El verdadero tesoro es escribir hasta que se reviente el alma de tanto divertirse en el mejor placer del mundo para los escritores: dedicar horas a reflexionar, a pensar, a trabajar en lo que luego resultará la escritura literaria. ¿Y la fama? Mucho cuidado con ella: mata incluso a verdaderos escritores.

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