“Inmorible” más allá del embargo

Desde hace más de medio siglo, clavada en lo más alto del Malecón habanero y a pocos metros de la Oficina de Negocios de los Estados Unidos, luce enhiesta la pancarta con la que el castrismo desafiaba a su peor enemigo en el mundo: los Estados Unidos de América. Cualquiera podía leer el texto: “Señores imperialistas: no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Dicen que, durante los primeros años de la Revolución, Fidel Castro, en pleno apogeo, llegaba a las fiestas de los amigos del castrismo con el rostro desencajado y a altas horas de la madrugada, cuando la juerga, el alcohol y el roce sensual atacaba a todo meter, sólo para advertir de la inminencia: “Ya vienen, ya vienen”. A esa voz de pánico aparente, se unió de inmediato el chiste habanero: “Coño, que vengan, que venga de una vez, a ver si esto se acaba, asere”.
Había sucedido Playa Girón y los gringos no vinieron más. Desistieron de invadir la isla y mantuvieron un embargo inútil que, al contrario de sus pretensiones, se transformó en poco tiempo en una de los bastiones morales en los que Fidel Castro apoyaba su resistencia ante la opinión mundial. Ahora, con un presidente medio negro en Washington y un presidente mucho más pragmático y organizado que su hermano en la Plaza de la Revolución, se ha dado un golpe. Pero no hay que mentir: tanto va el bloqueo a la fuente hasta que se rompe el cántaro. Lleno de nada, el embargo norteamericano generó, en gran medida, el bloqueo castrista. La semántica no es ajena a la política y, mientras el castrismo y sus aliados llamaban “criminal bloqueo” a lo que era un “embargo estéril”, los Estados Unidos y sus aliados llamaban embargo a lo que los cubanos llamaban bloqueo. “Hasta que tú no llames bloqueo a lo que tú llamas embargo, no te tendremos por amigo”, me espetó una noche habanera y amistosa quien fuera el Comándante América, Barbarroja, el ya fallecido Manuel Piñeiro. Nunca llamé, pues, bloqueo al embargo, pero siempre pedí en mis artículos y opiniones el levantamiento de ese mismo embargo que servía de reserva ética a una dictadura sin final. Desde La Habana, desde Madrid y desde Miami, en muchas ocasiones, la última no hace ni un mes, en la presentación en la FIL de Miami de mi novela “Réquiem habanero por Fidel”.
Que cierta prensa gringa, un tanto a la izquierda de los demócratas de Obama (pero tampoco tan a la izquierda); que la Unión Europea y su diplomacia de andar por casa; que otras diplomacias más importantes que las oficiales, las paralelas y “sobrenaturales” (como en ciertos círculos habaneros llaman a la diplomacia del Vaticano, con el Papa Francisco a la cabeza); que la situación mundial, exactamente en estos momentos (con un embargo a Rusia que se está revelando, al menos en principio, como un éxito político y económico de los Estados Unidos; que el cansancio de las partes y la estupidez del mantenimiento del embargo; que todas estas cosas, casi todas americanas, y muchas más hayan hecho lo suyo para acabar con este “falso muro de Berlín en el Caribe”, es una afirmación baladí por evidente. Porque ese status quo se caía a pedazos, porque hay unas nuevas generaciones, dentro pero sobre todo fuera de Cuba, esencialmente en Miami (ayer llamada “la gusanera”), que no estaban por la labor de mantener una situación que comenzaba a perjudicarles desde todos los puntos de vista, y porque el comunismo cubano no es ya peligro geoestratégico ni paradigma para nadie. Y menos para los Estados Unidos de América. “Todos somos americanos”, ha dicho Obama en su discurso. Oído cocina. Oído en Pekin, pues; oído en Moscú; y sí, claro que sí, oído en Caracas, capital del derrumbe chavista llamado torpemente “socialismo del Siglo XXI”.
Y, ahora, ¿qué? Estamos llorando de alegría, me dicen mis amigos cubanos desde La Habana. “Hemos ganado”, me dicen algunos amigos castristas. A la hora en que nos enteremos de que las remesas de dólares enviadas por el exilio a Cuba desde los Estados Unidos de América son el mayor ingreso en moneda extranjera (“el velde de verdá”, como dicen en La Habana) para el gobierno de Cuba en estos momentos, nos daremos cuenta de lo que esta pasando donde pasan las cosas desde hace años entre estos dos países: por debajo y “como el que no quiere la cosa”. Se abre, pues, el negocio. Poco a poco el padrastro de Cuba -el gringo- y los hijos de la nomenkaturta raulista se irán poniendo de acuerdo en el resto. Cuba fue siempre un gran negocio para los Estados Unidos y los Estados Unidos fueron siempre el mejor negocio para Cuba. ¿Y el Hombre, cómo está?, le pregunté ayer en la tarde a una amiga habanera, informada y divertida. “Ahí sigue, bailando con la vida”, me añade. Y yo, me qued pensando en la reflexión que mi amigo Raúl Rivero me hizo en Santander en uno de los cursos a los que los dos asistimos en el último verano: “Fidel no es inmortal, eso desde luego, pero que es “inmorible” no cabe la menor duda”, me dijo.

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