Una escritura inteligente

Una escritura inteligente siempre es inconveniente, lo que no implica, de manera necesaria, que sea antipática. La inconveniencia se consigue en la escritura literaria cuando el escritor no hace guiños a la inmensa mayoría, para caer simpático, claro, para vender su imagen, desde luego, sino que cumple con su libertad exponiendo criterios que no son del gusto de la muchedumbre, sino de una minoría crítica que ve más allá de donde llega la mirada de las mayorías aplastantes. En mis tiempos más jóvenes, hice mucho comentario cultural en programas informativos de televisión en España. Siempre fui contra el viento de las mayorías y a favor de la luz de las minorías, aunque mis palabras fueran inconvenientes y, tal vez, incómodas y antipáticas. Había otros comentaristas que triunfaban en el día a día de los informativos: con llevarle la corriente a la mayoría, a lo que la mayoría pensaba cada día, era suficiente. ¿Y cómo sabía el hombre fácil qué pensaban las mayorías? Oía la radio, la voz de la gente normal y sacaba sus conclusiones según el interés fuera hacia un lado o hacia otro. Hacía y decía lo que le convenía, aunque tuviera poco que ver con la verdad o con su propio criterio.
Ahora, hace unos días, le han dado a un escritor inconveniente un premio literario muy merecido: el Carlos Fuentes. Se lo han dado a Sergio Ramírez, que resulta un escritor inconveniente para ciertas muchedumbres porque es un escritor que ha escogido la libertad individual para decir lo que piensa y escribir lo que quiera. Resultado: es, para las izquierdas convencionales y mafiosas del continente, a pesar de que él es izquierdista honrado, un escritor inconveniente al que hay que hacerle el vacío por peligroso (por inteligente) y por buen escritor. Lean en cuanto puedan, y si todavía no lo han hecho, “Adiós, muchachos”. Es un libro de memorias que se instala en la verdad del escritor por encima de la mentira política, lo que lo convierte en un libro antipático para muchos e inconveniente para otros tantos y para su propio autor. Digo tal cosa porque su autor “se la juega” en el texto y dice cosas que los sumos sacerdotes del populismo no quieren ni que se diga ni que se sepa. De ahí la política del vacío, la mala política de la muerte social, el ostracismo, la forma más bastarda que tienen los mal nacidos para mantener al margen al hombre libre.
Sergio Ramírez llega limpio de corazón a una madurez donde brilla la profundidad y la solidez de su pensamiento político y de su estilo literario. El resultado de su prosa, de sus novelas, cuentos y artículos, es siempre positivo, pero él sabe mejor que nadie que quien escribe así, libre y finamente, termina por ser apedreado en plaza pública, condenado a la nada y liquidado en su propio país. La disidencia en un escritor se paga con creces, pero en algunas ocasiones las cosas caminan por donde deben, y Sergio Ramírez es ahora una de las firmas más importantes de la literatura y el artículo periodístico en lengua española. Ese camino no ha sido fácil. Escoger la libertad significa además otra cosa muy peligrosa, porque el que escribe así se proscribe para mucha gente que lo borra del mapa en cuanto puede.
Hace mucho tiempo que leí los libros, las novelas y los relatos de Sergio Ramírez. Hace mucho tiempo que lo admiro.Hace mucho tiempo que lo conozco, no sólo por sus libros, sino personalmente, desde el día en que fuimos a almorzar al Handicap2 madrileño, junto a mi cada familiar. Creo recordar que estaban también Héctor Aguilar Camín y Juan Cruz (prefiero pasarme por exceso: yo no juego a los ostracismos arbitrarios, ni a que me borren de un lugar en el que estoy, que eso lo hacen otros en la línea que vengo criticando). Fue una comida de amigos (y, sin embargo, escritores) en la que fraguamos los principios de una larga lealtad que sigue viva hasta estos momentos, los mismos en que brindo con un ron Flor de Caña nicaragüense por el Premio Carlos Fuentes a mi amigo Sergio Ramírez. El escritor y amigo ha dicho que se siente encantado con el galardón que lleva el nombre de quien fue uno de sus mejores amigos, un premio que ganó, en la primera convocatoria, Vargas Llosa, un premio, en fin, al que fue presentado por la Fundación García Márquez. El “boom”, ya ven sigue vivo y haciendo de las suyas: ordenar la jerarquía de la literatura latinoamericana y española, de las literaturas en lengua española; no permitir que quienes batallan en el lado del ostracismo y los mal nacidos obtengan una victoria populista y silencien a los verdaderos escritores, los inconvenientes, los que son libres. Los que molestan por eso mismo, porque son libres y son, además, inconvenientes.

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