Borrado del mapa

Hace unos días me encontré por sorpresa con un viejo amigo y, sin embargo, escritor. En su momento, en sus quince minutos de gloria, obtuvo premios resonantes y gozó de las mieles del triunfo literario en plena juventud. Viajaba mucho, entraba y salía de cualquier lugar, ciudad y país con una sonrisa abierta en sus labios. Era lo que se llama un triunfador. Pero, de repente, pasado un tiempo desapareció del aire. Como si se lo hubiera tragado la selva, como a Arturo Cova en “La vorágine”. Me alegré mucho de volver a verlo, un poco encorvado y con la mirada triste. Se había divorciado y vuelto a casar, y ahora tenía un nuevo hijo, me dijo con aquella sonrisa que yo ya le conocía. Bueno, y qué haces, ¿escribes mucho?, me pregunté. Me contestó con una sola palabra y en muy alta voz: ¡Naaadaaa!, me dijo levantando una mano hasta el cielo. Me explicó que él había abjurado hacía ya muchos años de lo que nosotros, los escritores literarios, llamamos literatura. Todo eso es una mierda que no sirve para nada, añadió con una cierta ira. Además, la verdadera razón de mi desprecio por la literatura, me dijo, es que está llena de hideputas, para decirlo como Cervantes, y sonrió. Yo le seguí la broma. Pero, hombre, le dije, hideputas cervantinos y de los otros hay en todos los lugares del mundo, el mundo está lleno de hideputas, le dije para dejárselo muy claro. Sí, tienes razón, pero en la literatura son todos o casi todos hideputas, me contestó más tenso. Ya lo sé, le dije, incluso hay nietos de puta, así que imagínate. Sí, me contestó, a esos les viene de más lejos. Lo invité a un café en una terraza madrileña de otoño y hablamos del tiempo, de ese calor que no se iba de Madrid este año y que han dado en llamar “veroño” (veraotoño, lo llamaría yo, y perdón por el palabro. Unos minutos después se despidió a toda velocidad, como si estuviera perdiendo el tiempo de su vida hablando con quizá uno de esos hideputas a los que se refería en su conversación conmigo.
Me quedé solo y muy reflexivo en esa tarde de Madrid y pensé que sí, que el hombre, derrotado por su propio peso, tenía algo de razón: que son los hideputas los que nos hacen muchas veces perder nuestro norte y nuestros objetivos. Pensé, domésticamente, en la banalidad del mal, ese concepto acuñado por Arendt en sus ensayos. Mucho hideputa hace dimitir a los demás de su propia vida porque saben que no todo el mundo aguanta un cañonazo en las tripas de sus pasiones; porque saben que dando golpes en la pared durante años es muy posible que la pared acabe resquebrajándose; porque saben que no todo el mundo es capaz de combatir sus depresiones nerviosas y sus sensaciones de bajura con el optimismo necesario para resistir el ataque de los fantasmas y los demonios que nos asfixian a veces la vida.
Pensé en el Ejército Enemigo. El mío, el personal. ¿Y a quién no han empujado en el mundo de la literatura por la mera voluntad de que se vaya, que se borre del mapa, tal vez porque es molesto para muchos o inconveniente para la mayoría? Mi Ejército Enemigo está compuesto de gentes que, en algún momento de sus vidas y de la mía, parecían tener un buen concepto de la amistad; tener un gran sentido de lealtad, esa memoria que corre de un lado a otro de la verdadera amistad. Ahora, como Cervantes y como el Quijote yo lucho contra mi Ejército Enemigo, compuesto de hideputas que durante un tiempo pasaron a mi lado como corderitos. Que conste una vez más: yo no soy una dama catequista y el que me busca suele encontrarme con mi armadura y lanza en ristre, con la fuerza titánica que me dan los sueños, dispuesto a hacer de nuevo la Revolución Francesa y a tomar Amberes para la causa de la libertad, por ejemplo. Tal como hizo mi amigo el General Miranda, de quien tanto he aprendido para mi propia existencia y a quien tanto debo en la vida, en la literatura y en mi experiencia cotidiana.
El ejemplo de mi amigo el ex-escritor no me gusta. No se puede dejar un espacio que cada uno considera suyo para se lo apropie cualquier coronelito del Ejército Enemigo, encocoricado con que él es mejor que tú. La huida definitiva de la literatura que mi amigo ejecutó con música del Wagner más profundo nunca será una experiencia a la que yo me agarre, harto de hideputas y malandros. Al contrario. Por una extraña manía que me celebro, todas las maniobras del Enemigo en la guerra cotidiana me parecen parte de la banalidad del mal. Y me divierte mucho defenderme de tales fantasmas en cualquier escenario.

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