Réquiem, casi ucronía. Por Christopher Domínguez Michael

Escalera al cielo
Requiem, casi ucronía
Por Christopher Domínguez Michael

El novelista canario, es decir, español pero no peninsular, a mitad del camino entre el mediterráneo y el caribe, J.J. Armas Marcelo (1946), se ha preguntado qué pasaría, digo es un decir, si Fidel Castro, eventualmente, muere. Amante como es de la isla y adversario de su régimen dictatorial que desde hace medio siglo la gobierna, Armas Marcelo ha escrito una eficaz novela sobre la duda: Réquiem habanero por Fidel (Alfaguara, 2014) donde plantea esa hipótesis novelística y responsabilizaba de pensarla y de sufrir con ella a un personaje memorable. El elegido para encarnar esa verdad novelesca es Walter Cepeda, un coronel retirado de la Seguridad del Estado cubano, el temido G–2, quien ha hecho su carrera en los sótanos de la dictadura, de la mejor manera posible. Se trata –abundan personajes como él en esos entornos– de un servidor fiel, honesto al grado de salir de la isla y volver a ella con muchos dólares en efectivo cuando hubo menester, ajeno a la crueldad y al final de cuentas jubilado con cierto decoro por su jefe, Raúl Castro (el hermano menor del actual Inmorible), quien le proporciona un taxi sembrado cerca de un gran hotel habanero para que sobreviva dignamente y si se ofrece, tome nota de lo dicho por visitantes oficiales o turistas más curiosos de lo debido.
En el mundo del rumor, aquel donde Cepeda recibe la vaporosa e inconfirmable noticia de la muerte de Castro, por parte de su hija, que predeciblemente abandonó a la Revolución cubana por una dudosa carrera de bailarina o algo peor, en Barcelona, priva la frase clásica que Guillermo Cabrera Infante grabó sobre el castrismo y que Armas Marcelo usa de epígrafe para Réquiem habanero por Fidel: “No hay delirio de persecución allí donde la persecución es un deliro”.
Cepeda, mientras oye o espera oír la rumorosa marcha de las fuerzas especiales del ejército por las calles de La Habana, signo de que acaso lo imponderable ocurrió, empieza a contarnos su vida y es allí donde Armas Marcelo nos muestra su doble talento (que no siempre van juntos), para el monólogo interior y para su disfrute como festín verbal. Sabemos que a Cepeda lo ha abandonado su mujer –el resto de su familia está en Miami– pero él, aunque conserva la fe del carbonero en la Revolución, no por ello deja de dudar, soñar y padecer. Duda porque para él, el gran viraje ocurrió cuando en el espasmódico 1989, Castro mandó fusilar a Ochoa y a De la Guardia, los héroes de Angola a quienes Cepeda idolatraba, acusándolos de enriquecerse con el narcotráfico; muy probablemente ese par, dado su inmenso prestigio, complotaba (o podía hacerlo) contra los Castro; Cepeda sueña también con la defensa numantina de la isla, no sabe muy bien por quéy sufre porque duda, no sólo porque su hija está lejos como parte de una nueva generación ajena a su fervor patrio, ansiosa de ser una juventud dorada como se imaginaban a la de sus primos de Miami.
Algo más es éste libro que una novela política donde nos enteramos que a Cepeda le tocó ser el “policía bueno” a cargo de quebrar al poeta disidente Heberto Padilla en los años setenta sino también, el testigo de las andanzas del pintoresco Max Marambio, el exitoso empresario chileno de la Revolución cubana, más tarde demandado por desfalco por los desolados isleños y aun hoy enigmático rey Midas en su país. Todo ello puede saberlo el lector codicioso de los secretos de la izquierda latinoamericana y su Meca habanera. Lo que no puede saber, lo ignoto, allí donde se encuentra uno en Armas Marcelo al verdadero novelista y no al mero ficcionalizador (disculpen ustedes la palabra, tan horrible como lo que denomina) de hechos políticos, es su logrado empeño de hacernos saber cómo funciona la mente obsesiva–compulsiva del coronel retirado, sus fantasías eróticas –la tan memorable sobre la belleza que habitaría en el piso de arriba– y sus fracasos matrimoniales, en fin, el espejo donde se congela la corrosión de la Historia, bajo casi cualquier régimen, aquel donde se mira un hombre excluido de aquellos que el poder, por necesidad y cálculo, toma y desecha. Pues Cepeda fue un Bartleby de su revolución o para utilizar un ejemplo del todo extemporáneo, aquel “pequeño hombrecito” del que hablaba el loco Wilhelm Reich.

Con Chéjov, creo que así como no hay crimen sin criminal ni obra sin autor, conocer en persona a Armas Marcelo ha sido significativo. Es de los poquísimos escritores entre aquellos que he frecuentado, en el cual la efervescencia verbal pasa intacta de sus conversaciones a sus libros. No en balde este canario nuestro, de vida tan aventurera y bien conocido, por ejemplo, en el canal de Panamá, lo cual no es cualquier cosa, tiene por su mayor aventura aquella vez que lo dejaron a solas, a él, un enemigo sospechoso, con el manuscrito de Paradiso, de Lezama Lima.

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