Corazón de metal

El corazón de Manhattan es de metal ingobernable. Late vida y sangre nueva las veinticuatro horas del día de cada día, ríos de gente que viene y va, compra, sueña y ve exposiciones de arte. Estoy en el corazón de Manhattan, junto a Times Square, y escucho su corazón de metal, brillante, continuo, exacto. Estoy sumergido en la nostalgia de mi amigo el poeta cubano Heberto Padilla. Estoy sentado en la barra del Rosie O´Grady´s, el restaurante neoyorkino en el que tuvimos nuestro último gran almuerzo. No le gustaba Nueva York; no le gustaban los Estados Unidos, su modo de vida, su interpretación del mundo, tan parcial y tan central; no me gustaba la gente de aquí, la gente del Norte, pero vivía en los alrededores de Manhattan, trataba de dar clases en una de sus universidades, que lo había contratado para ea tarea que él no cumplía por cansancio, desidia y derrota. Una vez me negó que en Manhattan hubiera un restaurante que diera de comer carne de verdad, tomate de verdad, lechuga de verdad, y yo lo llevé al Rosie O´Grady´s, en la Séptima Avenida sobre la 52. Pedimos carne a la plancha, un gran filete con hueso. Y pedimos una ensalada. El poeta se quitó las gafas cuando le trajeron el plato y tocaba con el dedo índice de la mano izquierda el género que le habían puesto en el restaurante gringo para comer. Igual de buena la hay en todos lados, le dije, desde Chicago a Los Angeles, desde San Francisco a Miami, le dije. Eso sí que no te lo creo, me contestó, con un escepticismo que iba más allá de lo razonable para instalarse en el rechazo del mundo de los Estados Unidos de América. Se comió la carne con gusto, se comió el tomate haciendo señales de aprobación con la cabeza, se tomó una copa de vino francés, y luego otra y otra, hasta que suspiró feliz y satisfecho. Pero no creas que me has convencido, me dijo al final de la comida, esta carne que nos hemos comido la traen de fuera, de Panamá, de Argentina o de por ahí, me dijo. ¡Estos tipos no saben de carne!
Lo recuerdo con nostalgia al poeta Heberto Padilla cada vez que vengo a Nueva York. en mis memorias ya escritas, aunque no publicadas todavía, hablo de Heberto como la leyenda que llegó a ser desde los 60 hasta finales de los 70; trabajó directamente con Ernesto Guevara, cuando era Ministro de Economía, viajó por todo el mundo como un gran embajador de la nueva Cuba de Fidel Castro, una Cuba que ya se hizo vieja como el dictador insaciable que ni siquiera se muere. No será inmortal, me dijo un día el también poeta cubano Raúl Rivero, pero hasta el momento es “inmorible”.
Padilla era un gran provocador. Parecía saberlo todo de todo, pero sobre todo lo que sabía brillaba un asunto del que era verdad que lo sabía todo: la poesía, en su vertiente escrita y en la musical. Criticaba con acidez irónica, y hasta el sarcasmo, los malos versos de Neruda y respetaba más a quienes, lejos de la política, convertían una palabra vulgar un lírica poética. Recitaba a Rimbaud y a Valery en francés como si hubieran sido sus amigos de correrías, borracheras y bohemias, se conocía de memoria toda la poesía del Siglo de Oro español y, desde luego, la cubana de todos los tiempos y toda la latinoamericana.
Yo le edité en Canarias, en 1970, “Por el momento”, una plaquette de poemas muy provocadores de cuya edición me queda sólo un ejemplar firmado por el poeta. Cuando fui director de Argos Vergara en Barcelona, en los primeros años ochenta, le edité la novela “En mi jardín pastan los héroes”, que resultó al final una fiasco literario y editorial, y lo que el llamaba sus memorias, tituladas “La mala memoria”, que desde luego hizo honor a su título porque no contaba ni la cuarta parte de lo que contaba en cualquier conversación. Tuve muchas largas tenidas con Padilla, a lo largo de esos años que nos conocimos tanto. Ya estaba muy acabado, su juventud, quemada en la Revolución y carcomida por la decepción, se había terminado hacía rato, pero a veces había destellos de una gran inteligencia literaria. Recitaba a Whitman en inglés y todo el mundo de alrededor se callaba, admirado, asombrado. Ahora, en Manhattan, en la barra del último bar en el que estuvimos juntos, lo recuerdo con ternura y lealtad, con una cercanía y una complicidad asombrosas. Me enseñó a no creer en los monstruos de la razón ni en vanas ilusiones de causas mentirosas. Me enseñó poesía, literatura y vida. Ahora que escucho de cerca el corazón de metal de Manhattan, recuerdo al poeta Padilla, mi amigo de siempre y de todavía, y lloro.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *