La mariposa encarnada

Llego a México D.F. en la madrugada. Camino dos cuadras hasta el Zócalo, en el primer bullicio de la mañana mexicana. Me hago limpiar los zapatos, mientras me tomo el segundo café del día. Regreso con la memoria al México de los 80, a la ciudad que visité tanto en esos años que a veces creí que vivía allí, junto al Zócalo. Ahí, en la mañana, entre memorias, olores de fritangas y desayunos, vida y culebreo popular, me asalta de repente la pendencia literaria que desde hace tiempo mantengo con México: la redacción de la novela “La mariposa encarnada” (o “Cuatro veces mariposa”: otro título pendiente), basada en la vida mágica y fulgurante de una gran mujer relegada hoy al olvido de casi todos: Mercedes Pinto. Vivió aquí, tuvo hijos aquí, se hizo mexicana, Buñuel se basó en su novela “Él” para hacer la película del mismo nombre. Nascimento, amigo y editor de Neruda, fue el primero que editó esa mítica novela en Chile, cuando Mercedes Pinto vivía allí y fundó el la Compañía del Teatro Nacional de Chile. Vivió en Montevideo y Cuba, antes de llegar a México, y viajó por todo el mundo como la heroína y protagonista que era de su propia vida. En un cementerio de Tel-Aviv, Israel, hay un jardín que lleva su nombre: la memoria judía mantiene enhiesto el nombre de Mercedes Pinto porque gracias a ella permitieron que un barco cargado de judíos, un buque errante a quien prohibían entrar en el Puerto de La Habana, tocara tierra cubana.
En mi novela, en redacción avanzada, la protagonista se llama África (y se basa en Mercedes Pinto). Una mariposa roja llegó por magia a salvarla de la muerte que su marido le tenía reservada con dos disparos de escopeta. Acababan de hacer el amor, cuando el marido de África, un esquizofrénico irredento, le preguntó enfurecido que con quién -hacia un minuto- lo había engañado. Ella se dio cuenta del peligro mortal y salió corriendo del cuarto en plena oscuridad. Entonces apareció una luz que la guió escaleras abajo de su casa, abriéndole un camino para la salvación. Era una mariposa encarnada. La novela relata la vida de cuatro generaciones: África, la gran mujer; su hija, Aura; su nieta Alejandra y su biznieta Aída. En las tres generaciones siguientes se ha encarnada, tiempo a tiempo y a veces incluso al mismo tiempo, África, que las enseña y educa a todas a ser mujeres libres, dueñas de su voluntad y su destino.
Cada una de ellas es, pues, una mariposa (“Cuatro veces mariposa”) encarnada (de color rojo y “encarnadas” todas por la vieja sabia).
Esta novela se me aleja durante meses, pero en ocasiones, como ahora, hace unas pocas horas en el Zócalo del Distrito Federal, se me abre el olfato de lo que los románticos llamaban inspiración, y que no es otra cosa hoy que la insistencia en el pulido lento y riguroso del bronce definitivo que ha de ser la novela. Me pasa lo mismo con “Boulevard Balboa”. Cada vez que voy a Panamá, la novela se me aparece en cualquier esquina y camina hecha palabras en algún capítulo o algunos párrafos que tal vez no son más que las “mulas” -los trenecillos fijos- de que tiran del grueso de la narración. Esto quiere decir que nunca trabajo sobre una sola novela, sino sobre cuatro o cinco relatos que van lentamente creciendo hasta que uno de ellos coge carrerilla y deja atrás a sus competidoras. Veo, entonces, con tanta lucidez el recorrido del relato que debo andarme con mucho cuidado para que el corazón de la novela no me engañe y llegue yo a creer que todo es fácil de ahí en adelante.
Estoy en el Zócalo. Recuerdo otros recuerdos de México: amoríos de una semana, Malcolm Lowry y el mezcal, las “peseras” (que cobraban unos pesos por bailar con los clientes, según la pieza, el precio), la Cueva de Amparo Montez, Juan Rulfo y la historia de sus mocasines madrileños, las conversaciones con Paz y Elizondo en la Hacienda Morales, las almejas chocolatas, la Plaza Garibaldi, el Mar de Cortés en Baja California Sur, aquella escultora mexicana, una mujer bellísima, que nada más bajar yo del avión en La Paz gritó en público, y sin ningún pudor: “¡El güerito es para mí!”. Yo era el güerito. Tiempos y recuerdos mexicanos: la vida.
Me imagino a África, la Mariposa Encarnada, cuando está a punto de cumplir cien años y su biznieta Aída le pregunta si se siente vieja. “El día que me encuentre vieja, me pego un tiro y me levanto de un golpe la tapa de los sesos”, contestó África riéndose a carcajadas con la vitalidad asombrosa de los seres sobrenaturales.

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