Madrid

Viví cinco años en Barcelona, en el esplendor de mi vida. He vivido más de treinta años en Madrid, entre muchos otros esplendores que recuerdo muy bien y que también son parte de mi vida. Jamás he dicho ni publicado nada contra Barcelona, porque es una ciudad que me vuelve loco y que, para mí, es sinónimo de libertad, en los mismos años del franquismo. Mis memorias empiezan en Barcelona, cuando entro al despacho de Carlos Barral, en la calle Balmes. Bebo con él, en el cercano Tucumán, mis primeros vodkas. Respiro aire libre y me siento europeo: Barcelona en los años 70, ¡qué felicidad!
Llevo en Madrid toda mi vida, a mí me lo parece, y no me canso de la ciudad: una maravilla. Es mi casa y la elegí -otra felicidad- como mi casa dando el salto desde Canarias a la capital que Galdós convirtió en literatura. Estudié la historia de mi ciudad elegida y supe desde el principio que resistió los bombardeos de Franco en la Guerra Incivil Española durante tres años. ¿Y Barcelona? Bueno, se entregó tras los primeros bombardeos y las calles recibieron al dictador llenas de gente que lo vitoreaba. Madrid fue, pues, capital del dolor y, al mismo tiempo, de la gloria de la resistencia republicana. Franco, el sapo iscariote y ladrón, como lo llamaba León Felipe en algunos de sus poemas, quiso convertirlo en un cuartel durante los cuarenta años de dictadura militar. Eso quiso hacer con Madrid y toda España, pero al final el país ya es otra cosa tras su muerte y su final.
Un enemigo mortal (mío, quiero decir, y quiero decir que ya murió, también) dijo que Madrid era una gusanera donde podía vivir cualquier gusano sin que se le notara que lo era. Era un resentido: había estudiando en Madrid Ciencias Biológicas, Ciencias Químicas, un año en la entrada de Ingeniería Industrial: gastó su juventud sin finalizar ningún estudio y cuando se volvió a Canarias se hizo periodista, mintió en los periódicos cuanto quiso y, finalmente, se murió tras perder totalmente memoria. En paz descanse.
Ahora, con la democracia y esta pesadez de la independencia de Cataluña, los secesionistas catalanes en lugar de decir que el Gobierno español hace o dice tal cosa, como debe ser, dice que Madrid hace o deshace, dice o desdice. Es Madrid y no el Gobierno, que eso sí, gobierna desde Madrid, quien dice y desdice para los impostores catalanes.
Me irrita sobremanera que utilicen el nombre de la capital en la que vivo y no digan el Gobierno de España, sino Madrid. Me irrita todos los días y pienso en aquellos otros días de vino y rosas, juventud y sensualidad que viví en Barcelona a pleno pulmón. Conocí gente de bien, inteligencia mayor, y tontos de libro: como en todos lados. Pero el sabor que me queda en el paladar de la memoria por Barcelona es el de un bombón del mejor chocolate estallando en mi boca: un placer inolvidable.
De Madrid dice el escritor Muñoz Molina, con toda razón, que esa ciudad le gusta más que ningún otra porque parece que tiene la culpa de todo. O que todo el mundo le echa la culpa de todo. ¿Llueve? Madrid tiene la culpa. ¿No llueve? Pues tiene la culpa Madrid. Madrid tiene la culpa si yo dilapido mi dinero. Fíjense: no la tengo yo, la tiene Madrid, y si me pasa alguna desgracia también tiene la culpa Madrid. ¿Nieva? Tiene la culpa Madrid. ¿Truena? Es culpa de Madrid. Nunca es culpa de los demás. Así es la vaina.
Yo, en mi caso particular es así, me homenajeo todos los días desde la hora del desayuno viviendo en la ciudad más abierta del mundo que conozco, junto a Nueva York, que también. En homenaje a Madrid escribí una novela titulada “Madrid, Distrito Federal”, que todavía está viva y acaba de aparecer en las librerías de Tokio traducida al japonés. Me homenajeo en Madrid todos los días viviendo abierto, como la ciudad en la que habito y me habita. Me homenajeo y la homenajeo cada vez que puedo, y le agradezco que me haya hecho mayor, casi anciano, en mi casa del barrio de Salamanca: mirando con la memoria limpia y llena de recuerdos la ciudad que más quiero en el mundo. Por eso me irrita que se hable de Madrid como algo que no es, como si fuera el reducto del fascismo españolista que quisieran que fuera los independentistas catalanes. Pues, no, pichi, no. Ni gusanera ni culpable de nada, ciudad abierta, llena de cultura y mestiza: una ciudad en la que nadie le pregunta a nadie de dónde viene, de dónde es y qué lengua es la que habla. Una ciudad, en fin, libre como el aire desde que la conozco. Incluso cuando Franco quiso tenerla como un cuartel.

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