Escribir sobre los muertos

Para un escritor vivo, que sigue en la batalla de escribir y vivir, escribir sobre los muertos es casi siempre una delicia. Podemos escribir de ellos, de los escritores muertos, como si estuvieran vivos, aunque sepamos que no lo están. Podemos llegar, en nuestra escritura, al elogio y la añoranza, incluso a la melancolía: como si hubieran sido cercanos a nosotros, como si los hubiéramos conocido siquiera una vez en la vida. Podemos incluso llamarlos doméstica o familiarmente. Sin ir más lejos, la inmensa mayoría de los poetas vivos se declaran sobrinos de Oscar Wilde porque en sus artículos llaman a este genio “tío Oscar”. A ver si se les pega algo del muerto y así algunos no hacen tanto el ridículo. Yo mismo, me declaro “sobrino” de Albert Einstein, a quien llamo “tío Albert” en mis artículos. Como pueden imaginarse, no lo conocí en mi vida, no coincidimos en el tiempo ni en el espacio, pero le tengo una admiración por sus criterios, su capacidad genial como intérprete del mundo, del demonio y de la carne, y su conocimiento científico e intuitivo del universo. De modo que me permito esa licencia poética creyendo que así gozan mis escritos de sus bendiciones desde el otro mundo, cualquiera que exista o no exista. Sólo con su memoria me basta para empezar un artículo de los buenos, aunque eso no sea muy frecuente en mí.
Lo difícil para los escritores vivos es escribir sobre escritores vivos, cuando en realidad echamos poco de menos tanto a los vivos como a los muertos. Lo difícil es escribir de escritores amigos o escritores enemigos que siguen viendo la luz del día y en la batalla de la escritura y la vida. Escribir de escritores enemigos es, de todas maneras, más fácil que escribir de escritores amigos. Tanto una escritura como otra suelen traer consigo pocos beneficios y muchos compromisos. La gente habla como cotorra venezolana e interpretan lo que uno escribe como buena o mala voluntad por parte de quien escribe. No suelo escribir nada bueno de mis enemigos, porque casi todos ellos me interesan poco: los conozco, casi todos -por no decir todo- son traidorzuelos, tienen la condición del alacrán que no siente misericordia por la ranita. Ya saben la historia: el alacrán le pide a una ranita que le cruce el río sobre su lomo. La ranita accede y cuando están en medio del río y entre la corriente, el traidorzuelo le clava el aguijón. “Lo siento”, le dice a la ranita, “es mi condición, no puedo evitarlo”. Así son los traidorzuelos, como los alacranes cruzando un río: prefieren ahogarse antes de prescindir siquiera unos minutos de su condición de malvados.
De manera que sólo escribo de losa amigos. y escribo bien de ellos porque suelo rodearme -lo siento por el Ejército Enemigo- de muy buenos escritores y escritoras. Me atraen sus formas, su educación, su modo de ser y escribir. Siento por ellos, por mis amigos escritores (a muchos los conozco desde muy cerca hace ya más de 40 años), una devoción que irrompible, que sólo pueden fracturar ellos si se convierten en un momento en alacranes. No crean, se dan muchos casos: prefieren estar en el Ejército Enemigo. A mí, en principio, esa actitud me duele, pero mucho menos después, cuando descubro la falta amistad y que, en el fondo, me he dejado llevar por los afectos,que para mí son sagrados. Y descubro a destiempo que no son tan buenos escritores como yo pensaba en principio, de buena fe y deslumbrado por lo que creía que era buena literatura y buena amistad. Un día dije de uno de mis colegas que era el mejor de mi generación y algunos amigos de verdad me hicieron ver que no era verdad, sino que su literatura era un cóctel fraudulento de Walser, Kafka, Melville en su versión menor, y unas gotas de Ramón Gómez de la Serna, que en tal brebaje hace de granadina.
En cuanto a los poetas muertos, hay que decir que algunos de ellos fueron también enemigos en vida y que, por tanto, no suelo echar de menos ni su afecto, cuando decían que me lo tenían, ni las dedicatorias encendidas de amistad de sus libros que, dicho sea de paso, ya no regreso a releer. Que en paz descansen, que quiere decir en mi argot personal, ojos que se vieron ir por esos mares adentro.
El resto es más o menos silencio: el 80% de los escritores vivos no me interesa. El 80% de los escritores muertos tampoco. A algunos los he leído hace mucho tiempo, y hasta los olvidé hace años. A otros, los amigos y los buenos escritores, los guardo en mi almario, en mi memoria y en mis afectos para siempre. Y los releo con mucha frecuencia, como bien nacido que es uno, como escritor y como persona, aunque a veces no lo parezca.

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *