Diario de Tokio(7). Fin de viaje

Es la segunda vez que estoy en en la Universidad de Tokio. Esta vez presentaron mis editores japoneses y el profesor Ryukichi Terao la edición en japonés de “Madrid, Distrito Federal”. La costumbre nipona en las presentaciones académicas de libros recién publicados en Japón -yo no la conocía- es hablar más de la cuenta sobre el autor del libro, cómo escribe, cuándo, qué siente su corazón cuando escribe, qué es escribir para el autor: una hora larga. Después se habla de la novela publicada. El presentador le pregunta al autor qué representa la novela en cuestión en su obra literaria, qué representó escribirla, si es un homenaje a la ciudad de Madrid, en este caso y todo lo demás. Dije que el proyecto inicial no tenía nada que ver con el resultado en la novela, y que, en este caso, se produjo durante la navegación creativa una metamorfosis misteriosa por la que la escritura literaria derivó a elementos que no estaban en el proyecto y que terminaron invadiendo el texto definitivo: otra hora. La tercera hora, el profesor terao la dedicó a hablar de mi última novela, “Réquiem habanero por Fidel”. “Los libros hoy se mueren en las estanterías de las librerías en poco más de quince díaz”, comenté, “pero esta novela sigue viva después de casi seis meses, lo que es un buen augurio, que agradezco a los lectores”.
La celebración continuó, tras otra larga hora de conversación, en una caminata desde la Universidad hasta Sybulla, un barrio populoso, lleno de bares, cafés y restaurantes: un barrio glorioso donde los occidentales son felices y eternos: beben alcohol hasta casi caerse, cantan y se alegran hasta quedarse dormidos de cansancio. Ojo: no son las fiestas de San Fermín en julio de cada año y en Pamplona, pero es una fiesta como la de Hemingway en París. Todo terminó con una larga comida japonesa, una cena interminable y multitudinaria, llena de traductores, profesores y lectores de español, tal vez también aquí una lengua en ascenso.
El viaje ha sido pleno, lleno de experiencias nuevas y renovadas: juegos de la memoria y relatos de la imaginación. Colores múltiples, a veces lost in traslation, a veces tan doméstico como que confundía Tokio con París. Me siento muy bien esta ciudad de la que me despido mañana con ganas de no irme nunca de ella. Y con muchas ganas de volver dentro de unos meses. Hago votos porque así sea: cualquier excusa intelectual o estrictamente literaria es buena para visitar una y otra vez la gran ciudad de Tokio, un paraíso.

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