La intensidad de un día

Durante las horas de la mañana, con muy buen tiempo, me fui a ver la exposición “Realismo contemporáneo”, del español Lorenzo Fernández y del japonés Tsuyoshi Isoe. Los dos son hiperrealistas y un gran descubrimiento para mí. Un trabajo asombroso y lleno de rigor, más allá de la fotografía, dibujando, al milímetro de la imaginación, detalles que el ojo público casi no ve. Genialmente obscena, por sensual, de ahora mismo y llena de aire nuevo.
Al mediodía, mientras caminaba por Roppongi-Dori, tembló el suelo de Tokio, el metro se detuvo diez minutos y mi respiración occidental atisbó la inminencia de la catástrofe. Hubo un ruido creciente: el temblor estornudando bajo la gran ciudad que espera desde hace tiempo el Gran Terremoto. Es mi cuarta experiencia de temblores y todos son distintos: México, Chile y dos en Tokio.
Pobre pero buen almuerzo: aquí las hamburguesas son distintas, el pan es muy bueno y la carne de ternera mucho mejor. Sólo con mostaza, sin verde. Me perdí en la traducción inglesa una vez más: diez minutos pidiendo cebolla (onion) para mi hamburguesa, para descubrir al final, que no había cebolla.
Sigue el buen tiempo, aunque amenaza desde lejos una turbia tormenta que no llega a caer. Vi una vez una tormenta en Tokio, desde la altura de un piso 35, en la noche oscura iluminada de repente por rayos y relámpagos. Una epifanía.
Y en la tarde de hoy, el gran espectáculo musical, en el Oji Hall Ginza: el Maestro Joaquín Achúcarro demostró una vez más por qué es el mejor pianista del mundo para muchos entendidos. Su concierto lo vimos y oímos 300 privilegiados, gracias a la Embajada de España y a los patrocinadores del gran acontecimiento. Perfecta la organización de Santiago Herrero, Agregado Cultural de nuestra Embajada en Tokio. Nos regaló, al final, y lleno de aplausos, cuatro piezas magistrales, con el público asombrado y lleno de contenido entusiasmo. Le energía musical y vital de Achúcarro, un hombre ya bastante mayor, se trasladó a la sala, y el público agradeció encendido el regalo del Maestro. Pude conversar, al final del concierto, con Achúcarro, sólo unos momentos, pero este encuentro será ya para mí inolvidable. Si no es un genio del piano, se acerca mucho a la genialidad.
En la noche, comimos en el Gonpachi Restaurant. Tarantino quiso filmar aquí algunas escenas de su “Kill Bill”. No se lo permitieron, y tuvo que “fabricar” en Holliwood el Gonpachi que aparece en su película. La comida, otra genialidad: la perfección de la intensidad en la cocina japonesa.

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