La enfermedad del totalitarismo

Ya se ha dicho mil veces: la tribu, mientras más primitiva, más sumisa. Esa tribu primaria busca un hombre fuerte a quien nombrar jefe supremo, a quien obedecer; un conductor del pueblo que ordene, manda y gobierne; ese jefe todopoderoso se convertirá en el dueño de la ley, el propietario de la palabra propia y de todos los demás, el amo de voluntades y haciendas. Ahí nace el dictador, el hombre enloquecido por el poder totalitario; un animal humano que termina, irremisiblemente, por ser más animal que humano. No tiene quien lo domine, ni quien lo controle: él hace y deshace. Es el jefe de todo.
Los orígenes de ese totalitarismo están en un libro que acabo de terminar de releer en el avión que me lleva hasta Tokio, Japón. Ese libro se titula exactamente así, “Los orígenes del totalitarismo”. Su autora es Hannah Arendt, y desde mi punto de vista es un libro que tendría que leerse en las escuelas, nada más acabar la primera enseñanza, las primeras letras, en cuanto El Niño comienza a ser adolescente. Sería, creo yo, una medida didáctica para ayudar a quienes van a ser hombres y mujeres libres a huir de la tentación y de los síntomas del jefe y de su totalitarismo. El ensayo sigue siendo, a ojos de muchos lectores, un gran libro, un libro capital para la sociedad abierta y libre, aquella que Popper señaló como una sociedad de hombres y mujeres libres y de la que que habló en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos”. Ya se sabe: el peor enemigo de la sociedad abierta, de la libertad en estado puro, es el poder. Ya dijo el Lord Arcton que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Cierto, la democracia burguesa, la que surge de la Revolución Francesa y la Constitución Norteamericana, está llena de corrupciones que la pueden llevar en cualquier momento al desastre. Tengo para mí, en este sentido, que la corrupción es el peor de los enemigos de la democracia a la que me refiero y acojo, porque rompe la confianza del ciudadano libre en el sistema que se dice libre y honesto frente a todos los demás. Pero si la democracia burguesa está sometida a la constante corrupción, que puede llegar al poder y enfermarlo para siempre, el poder absoluto, o sea la dictadura, sea la que sea, de izquierdas o de derecha, es la corrupción absoluta; o la orgía perpetua de la corrupción: la corrupción misma.
Mucha gente, muchos pueblos, muchas tribus, muchas naciones entregan su voluntad colectiva a un dictador que siempre hace con ella lo que le da la gana en cada momento. El dictador dirige el totalitarismo de la dictadura convirtiéndola en lo que es en esencia: la negación de la libertad. ¿Cómo es posible que hoy en día haya tanta gente que todavía echa de de menos un hombre fuerte en su país, un dictador, un sátrapa? ¿Cómo es posible que, a estas alturas de la civilización occidental, y América entera, hasta La Patagonia, es civilización occidental mestiza, pero occidental, sin duda ninguna, todavía haya gente partidaria del comunismo (que, en origen, es la dictadura del proletariado; es decir la corrupción del proletariado, en suma) o del fascismo, del hombre fuerte de la clase media que sale del fondo de las entrañas fétidas del capitalismo para convertirse en un criminal todopoderoso?
Me asombra el animal humano. Einstein decía que el número de imbéciles que hay en el género humano es infinito. H terminado por sucumbir, tras muchas reflexiones y experiencias, a esa afirmación. Es verdad: que un hombre cualquiera, que un pueblo cualquiera, todavía, a estas alturas, siga prefiriendo un dictador que le robe su libertad y lo someta a la esclavitud porque esa es su manera de arreglar las cosas, con la excusa siempre siempre embustera de traer el cielo a la tierra dentro de unos años, cielo y paraíso siempre aplazados por culpa de los demás o eso dice el dictador siempre que sus planes salen mal.
No voy a citar ningún ejemplo ni en la derecha ni en la izquierda. En Francia en estos momentos se vislumbra el desastre político; Venezuela es un enjambre de disparates que la van pronto a llevar al lugar de Cuba: a la nada. ¡Y todavía hay gentes, muchas gentes, que están de acuerdo con que esa es la mejor forma de arreglar los problemas de las sociedades humanas! Aunque se a costa de perder todas las libertades. Libertad, ¿para qué?. Eso se preguntó Lenin. Libertad para vivir y respirar libremente, le responden por doquier los millones de muertos que entre los nazis y los comunistas dejaron sobre la faz de Europa, ese símbolo, ese continente lleno de sangre.

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