Persona non grata

El regreso a Madrid me ha vuelto una vez más un lector empedernido. En mi biblioteca personal guardo un documento al que regreso de vez en cuando para releerla, volverlo a comprender, encontrarle fallos y virtudes. Vuelvo a esas páginas para volver a la fascinación de la lucidez intelectual y política del escritor que tuvo la osadía de romper el mito intocable, el altar inalcanzable, el dios humano elevado a Dios sagrado. Me refiero al libro “Persona non grata”, del chileno Jorge Edwards. Por culpa de la libertad de escribirlo y publicar, sobre Edwards cayó toda la fuerza de los cielos “revolucionarios”, los lamebotas castristas de todo el continente lo difamaron y condenaron a un ostracismo que todavía no terminó del todo. La presión de los agentes del “huerto de Bartolo”, como los llama Raúl Rivero en alusión a Fidel Castro y su cosecha de inútiles, no pudo impedir que “Persona non grata” se convirtiera en todos estos años en un libro clásico, un documento de culto, de lectura obligatoria para quienes quieran estar informados de la realidad cubana de la “revolución”. Y estamos hablando de finales de 1973 y principios de 1974, cuando el escritor chileno salió de La Habana y contó todo cuanto vio desde su puesto de privilegio, Encargado de Negocios del Chile de Allende. Es bueno que de vez en cuando regresemos a la memoria para que la verdad de verdad quede encima de la mesa por encima de las mentiras “revolucionarias” que se cometen en bien de “la causa”. Es bueno que volvamos, de vez en cuando, a leer “Informe contra mí mismo”, del cubano Eliseo Alberto, fallecido hace algún tiempo. Ahí, en las página de ese “Informe…” habla un hombre digno que dice, en un momento determinado, que se acabó el embuste, que no quiere seguir siendo cómplice de la estupidez castrista y de la idiotez latinoamericana, tan extendida por desgracia en nuestras tierras y en nuestras gentes. Un extranjero, Edwards, y un cubano de cepa pura, Eliseo Alberto, llegan a la misma conclusión: que el escenario de la supuesta “revolución cubana”es un embuste bufo, y que los supuestos logros de la revolución forman parte del atrezzo de cartón piedra con la que la dictadura castrista persigue seguir mintiéndonos a todos. Yo mismo, en más de una ocasión, tuve que llevar La Habana, en algunos de mis viajes, sábanas de hospital, medicinas y hasta bombillas que los cubanos amigos llevaban como suyas para operaciones en hospitales donde falta de todo. El Cimeq es otra cosa: para ricos, dignatarios extranjeros y la niomenklatura castrista. ¿Es eso un logro a computar?
Me sumergí ayer en mi biblioteca en la relectura de algunas páginas de “Adiós, muchachos”, de mi amigo Sergio Ramírez, con quien acabo de estar un par de días en Panamá. Fuimos dos veces a almorzar al Don Blas, en Obarrio, y nos divertimos como locos. “Adiós, muchachos” es una confesión de parte de un protagonista del sandinismo. Ramírez nos cuenta como la casta supuestamente “revolucionaria” surgida de un sandinismo de mentira se ha hecho con todo en Nicaragua hasta hacerse los amos de la piñata. Y un último libro, por hoy, de los que he estado releyendo tras el episodio de Ionesco, teatro bufo, que viví en la FIL de Panamá, con la intromisión de cinco brutitos del siglo pasado que trataron de reventar el acto de presentación de “Réquiem habanero por Fidel”, consiguiendo, por paradoja, todo lo contrario: noticia de primera en todos los periódicos de América Latina del tan torpe como lamentable acontecimiento. Me refiero a “Dulces guerreros cubanos”, del también cubano Norberto Fuentes, hombre muy próximo al General Arnaldo Ochoa y al coronel Tony de la Guardia, asesinados por la “justicia revolucionaria”, en la fecha en la que, en efecto, la coartada moral de la revolución cubana terminó por esfumarse para siempre en el aire.
Ahí está todo. O casi todo. Detesto los totalitarismos. No soporto las dictaduras, sean de derechas o se digan de izquierdas. Para mí, el castrismo es todo lo contrario de una revolución: los ancianos de la tribu mantienen los lugares más importantes de la nomenklatura. No hay verdadera renovación. No hay sangre nueva que se atreva a alterar el ritmo cansino de los dinosaurios conservadores, que siguen diciendo y manteniendo las mismas tonterías desde que decidieron tirar por la borda la hipótesis de una revolución de verdad, con alma y rostro humanos. ¿Y el Ché Guevara? Dije y repito que todo el mundo sabe, objetivamente, que Ernesto Guevara de la Serna fue un asesino asmático, capaz de fusilar a más de cinco mil personas en los tiempos en los que fue Director de la cárcel de La Cabaña. Pero la historia no acaba aquí, la cosa sigue, así que me reservo asuntos, datos, historias y leyendas para sucesivos embates del histrionismo castroide, tan deformado ya por la realidad, tan cutre y tan viejito como el comando que la embajada de Cuba en Panamá envió a la Feria del Libro para, inútilmente, acallar la libertad de un libro y un escritor que no se callan ni debajo del agua.

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