Un gran país

Encontrarme con mis amigos mexicanos (y, sin embargo, escritores) en la FIL de Panamá será toda una experiencia pasional. Una vez, un escritor mexicano de gran prestigio, René Avilés, fue recibido por Jorge Luis Borges en su casa de Buenos Aires. El motivo era el de siempre: una entrevista al Gran Monstruo de la literatura en lengua española. La leyenda dice que Borges, contra su costumbre, tomó la palabra al principio de la conversación y la llevó al gran país. “¡México, qué gran país!”, dijo el Gran Viejo, “un país donde todo el mundo sabe leer, donde todo el mundo sabe contar, donde todo el mundo va a la universidad, donde todo el mundo es culto…”. Al llegar a ese momento, Avilés no salía de su asombro. “Perdone, Maestro, ¿a cuántos mexicanos conoce usted?”, le preguntó a Borges. “A uno solo, Alfonso Reyes, pero espero que todos sean iguales que él”, le contestó el argentino. El gran sarcasmo de Borges no puede impedir que nosotros sepamos que México es un gran país. Para España, desde el punto de vista histórico y cultural, ha sido siempre fundamental. Nuestra relación, la de los españoles y los mexicanos, siempre fue controvertida. Unos éramos y somos gachupines y otros son indios o cosa parecida. Pero, por encima de todo, los hilos visibles de la Historias nos unen a todos con ese gran país, como nos une con toda América Latina.
Mi relación personal con México empezó hace ya muchos años. Tardé en ir físicamente a México, pero cuando llegué a ese país por primera vez, ya lo conocía por su historia y su literatura. Había leído a Agustín Yáñez, a Alí Chumacero, a Octavio Paz, a Vasconcelos. Había leído a Fernando Benítez y a Carlos Monsivais, de quien luego fui bastante amigo (y nos vimos en Panamá un par de veces); había leído a Fuentes y a Mariano Azuela, había leído con creciente asombro “Bajo el volcán”, y sabía la manera de molestar a los mexicanos en una discusión literaria: decir y afirmar que la novela de Lowry era la mejor novela mexicana de la Historia de la Literatura. Había conocido a mis amigas Rosa Beltrán y Mónica Lavín, que estarán en Panamá conmigo próxima semana. De modo que había leído a López Velarde, e incluso lo había editado, y me inmiscuía en discusiones intelectuales sobre el valor real de gentes como Ribera, Siqueiros u Orozco. Después, mi amigo el artista Emilio Machado estuvo en Guadalajara, México, y durante años trabajo en la dirección de las obras de rehabilitación del Hospicio Cabañas, una maravilla. Ahora voy a México un par de veces al año. Recuerdo con especial devoción un viaje a La Paz, en el Estado mexicano de Baja California Sur. Recuerdo el descubrimiento del Mar de Cortés, las lisas asadas en la orilla del mar, el o la tequila, los paseos interminables por la arena en las tardes llenas de sol, la magia de las almejas chocolatas, unos bichos marinos que son manjar de dioses. Recuerdo a Barral en la orilla del mar y a otros escritores amigos, cargados de tequila y almejas cchocolatas, y una sacerdotisa mexicana, con cara de india prehispánica, echándonos las suertes del futuro. “Usted es un hombre feliz y lo será mucho más”, me dijo a mí. “Tiene hierro y magnetismo”, añadió.
México, pues, en Panamá, entre amigos, tragos y libros, vieja y renovada memoria con los viejos y nuevos amigos españoles que me acompañan, Juan Bonilla, ganador del I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, Marta Robles y Jesús Marchamalo. Aquí en Panamá tendré que llevarlos a cantar rancheras una noche de esas en la Tasca de Roberto Mano de Piedra Durán. Tendré que hablarles del “Boulevard Balboa”, del viejo ya derruido, y del nuevo, que no es el mismo pero a veces se le parece. Tendré que hablarles de la amistad ginebrina de Graham Greene con el Generalk Torrijos, y tendré que hablarles de la legendaria historia de Chuchú Martínez, que aparece en mi novela “Boulevard Balboa”, ese texto que camina como si estuviera en el espejo del mar, sin brújula y sin cuaderno de bitácora, a remo, a golpe de intuición y de trabajo. Tendré que ver a los mexicanos hablar en la Feria del Libro de sus propios libros y tendré que sonreír con su humor y celebrar su amistad. Y mi memoria larga se perderá otra vez en los versos de Paz y en sus laberintos de soledad, y en la región más transparente del aire, Mñexico, en Cholula, donde duermen los dioses en el silencio de la tarde, cuando el sol baja hasta los volcanes para besar con su luz la cumbre de los monstruos milenarios. México mágico, amor de amores, tanta leyenda, tanta historia, tanta literatura. Tantos amigos.

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