Articulista

Alguien me preguntó el otro día, durante una tenida veraniega en la Sierra de Madrid, si me divertía escribir artículos en la prensa. “Depende contra quien escriba”, le contesté bastante en broma. La realidad, me expliqué, es que llevo escribiendo artículos, sobre todo artículos, en la prensa de Canarias, Madrid, Barcelona y en muchos países de América Latina, desde hace más de cuarenta años. Con la misma intención y fuerza hoy que hace cincuenta quilos, que son los que tengo de más desde que fui joven a esta divertida vejentud que me acontece. Un artículo de prensa, libremente escogido el asunto del que se escribe, eso le dije a mi interlocutor, es o puede ser de lo más divertido del mundo. Hay tontos de libro que sostienen que escribir artículos a la contra es de tontos de libros. Son los idiotas que quieren convertirse, artículo tras artículo, en ideólogos de una entelequia de la que ellos mismos son los inventores. Y en esa mentira viven, respiran, engordan su ego y se creen príncipes de la palabra. Los conozco y los detesto porque son una mediocridad innumerable, que ocupa un espacio, tinta y papel, y hay gente que los lee como si dijeran algo.
La realidad personal, ese es mi caso y mi realidad, es que ando todo el día pensando en la escritura: todo lo que pienso y casi todo lo que hado es para escribirlo; es una experiencia que no se conforma con estar ahí, en el archivo, como un recuerdo en mi memoria, sino que se suelta cuando menos lo espero en palabras y se convierte en un principio de novela que tal vez nunca vaya a escribir o en un artículo que encuentra su momento y su lugar geográfico en cualquiera de los medios informativos escritos en los que se publican mis artículos. Algo que aprendí desde joven es que el artículo de hoy puede ser sólo para hoy y no para mañana, pero que hay también artículos que duran mucho más tiempos y se convierten incluso en referencia cotidiana para citar en los cafés de moda o en las tenidas veraniegas como la que yo tengo este verano en el que descanso quince días en mi casa de la Sierra antes de volar, poco después de mediado de este mes, a Panamá City, el lugar del sol y la FIL donde voy a presentar mi última novela.
¿Cómo elegir el asunto para escribir un artículo? A lo largo de años se aprende el oficio y es precisamente el oficio el que te enseña de manera intuitiva cual es el asunto o no que conviene en al momento de la escritura. Ser articulista obliga además a estar atento a la información y a la documentación que cae en tus manos desde todos los lados del mundo. Desde hace meses, desde principios de este, he decidido que en mi casa no se enciende el televisor, cualquiera que sea el canal. Ninguno se enciende. Llegué a la conclusión que la televisión es un pasatiempo para idiotas, para la multitud de idiotas a las que se refería el Tío Albert (Einstein, claro) cuando hablaba de gran problema de la Humanidad: la propia Humanidad en su idiotez. El animal humano es a veces mucho más animal que humano y ahí nos gana la bestia, el gran mediocre. La prensa escrita y la radio, como la televisión y las redes sociales, están llenas de imbéciles que nos incrustan su torpe personalidad en nuestro propio salón y hay que cargar con ellos como si fueran parientes cercanos. Ni hablar: en mi casa yo no entra ningún intruso de medio pelo que con una sonrisa bobalicona desde el otro lado de la pantalla me cuece sus palabras en un discurso picadito y cortito para que lo entienden los niños de los colegios que creen que somos. Que me lo piquen menudo que lo quiero para la cachimba. El articulismo sirve también, como ven, como un desahogo. Hubo un tiempo en que hice la guerra en las trincheras del articulismo contra el Ejército Enemigo, mediocre sobre mediocre con más disciplina que las hormigas. Dejé hace otro tiempo ese vicio cansino que consiste en destruir moscas a cañonazos, en una desproporción que no me honra precisamente. Ahora he vuelto a escribir con placer, ironía y, a veces, hasta con sarcasmo. Son armas del articulista consumado a quien se le nota lo bien que le va la vida. Un gacetillero provinciano dijo una vez que yo vivía en un perpetuo cabreo. Que los dioses de su isla fantasmal le conserven su gran información y su mediocridad creciente. Hoy, en su honor, me comeré un quilito de percebes gallegos con un vino blanco alemán, bien frío, cepa del Rhin, para alimentar mi perpetuo cabreo. Amén

Esta entrada fue publicada en Articulos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *