Dylan

La gran noticia me ha hecho reflexionar sobre el verdadero valor del arte verdadero. El original de aquel enorme poema titulado “Like a rolling Stone”, que Bob Dylan escribió en uno de sus muchos momentos mágicos, ha sido vendido muchos años después de su consagración universal en casi dos millones de dólares. Nadie discute, ni en el mundo de la música ni en el de la poesía, lo que Dylan vino a representar para todos nosotros: el brazo armado de una inteligente y revoltosa juventud que venía dispuesta a cambiar el mundo, pero que finalmente cambió el rumbo de la poesía y de la música.
Hace muchos años, Caballero Bonald editó traducida al español una antología poética de Dylan. Ya lo habíamos oído cantar, lo habíamos imitado en sus baladas, como si tocáramos la guitarra igual que él y como si formáramos parte de su tribu. Pero la lectura de los poemas nos dejó, a una generación entera, estupefactos y asombrados. Como en Leonard Cohen, en aquel tipo de apariencia más bien callejera y tirado al hastío del mundo, había encerrado un poeta de una magnitud impresionante. Cada uno de sus versos, a los que luego ponía una música que incluso los mejoraba, es una epifanía, el descubrimiento de cada palabra de un poeta oculto tras una guitarra y una figura desaliñada. Todavía no sé si los poemas de Dylan están escritos para luego ser cantados (es decir, que su destino es la canción) o, en realidad, están escritos para ser lo que son, poesía urbana de una gran envergadura intelectual y literaria.
No me extraña que el rumor crezca en ciertas círculos: la venta de ese original de “Like a rolling stones” ha vuelto a poner el nombre de Dylan en las quinielas, a veces tan disparatadas, de los candidatos al Premio Nobel de Literatura que se concederá un jueves del próximo septiembre. ¿Sería un escándalo, se estaría haciendo la Academia sueca publicidad con el premiado, han leído los suecos la literatura de Dylan, su poesía que muchas veces pasa inadvertida como literatura por las guitarras y los instrumentos que acompañan la voz del poeta?
Picasso establecía diferencias entre el pintor, un pintor cualquiera, y un artista, cualquiera que él fuera. “Pintor es aquel que pinta lo que vende y artista es aquel que vende lo que pinta”. Bob Dylan es un artista: un poeta genial. En sus poemas están condensadas todas las angustias de la segunda mitad del siglo XX, nuestro siglo, el siglo de las supersticiones ideológicas y de los ídolos de la música. Ahora, después de los años, con el reposo y la reflexión de las cosas y las pocas ganas de retirarse del guerrero de la garganta rota, nos encontramos con el mercado. Nos encontramos con que la pieza genial del artista tiene un precio descomunal que él nunca soñó. Ni siquiera lo pensó cuando escribió el poema, pero ahora tiene el privilegio de verlo y sonreírse, y asombrarse divertido, por al precio que le dan al valor del arte en ciertas partes del mundo.El necio, ya se dijo hace tiempo, confunde valor y precio, pero en este caso se hace justicia al arte, al verdadero arte y no al que vemos en cientos de exposiciones internacionales y en libros sin ningún valor literario.
Hace rato que Dylan suena para el Nobel de Literatura. Yo no me llevaría una sorpresa, sino una alegría y aplaudiría a los suecos hasta con las orejas. Otra cosa es que mi criterio se compartido por quienes sólo conocen a Dylan como cantante de baladas y no se han dado cuenta, a pesar de saber inglés, que debajo de cada palabra del cantante está la mano de un poeta excepcional que supo retratar en cada palabra el dolor del mundo, el viaje, la ansiedad, la soledad, el viento, la tormenta de la vida y hasta el ladrido de un perro callejero que lloró en el momento en que el poeta escribía su cántico. Lo sé porque lo he leído maravillado, más asombrado incluso que cuando escuché una y otra vez sus baladas. Lo sé porque de ahí, de la poesía de Dylan, sale toda una escuela de jóvenes poetas que intentan revolucionar, como él lo hizo, el valor exacto de la palabra poética.
Ahora, cuando termine de escribir esta nota dominical, me iré directamente a los anaqueles de mi biblioteca, en medio de la cual escribo, para buscar de nuevo la antología poética de Dylan que Caballero Bonald mandó editar en los años 60 del pasado siglo. Con una tarde limpia por delante, me tenderé en el verano con los poemas de Dylan encendiendo mi tiempo vespertino, mis horas amarillas, las horas de la lectura efectiva, mi regalo esencial en la vida.

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