La fama del escritor

Un escritor puede ser popular, famoso o anónimo. También puede ser un total desconocido que no se deja ver en público, cultiva altivamente su ausencia absoluta y, encima, se queja de la fama obtenida por sus libros. Salinger, por ejemplo. Pero ¡cuánta envidia levantó y levanta todavía entre novelistas “El guardián entre el centeno”, su long y best-seller? Hay quien, por el contrario, lo que practica es el exhibicionismo, porque sabe que llama la atención hacerse el borracho y cuando te preguntan cómo te sientes tras la publicación de tu novela, contestar con una sonrisa cómplice: “Borracho”. Y, en efecto, no es metáfora, estás borracho de verdad, cayéndote para los lados y dando el espectáculo. Forma parte del show. Galdós habló de la envidia de los escritores como hacedora fundamental de la fama de esos mismos escritores. “Ténganme una envidia de las grandes y yo tendré una fama del tamaño del mundo”, dijo (o algo muy parecido). Un día de hace poco, un ladronzuelo de cuello blanco, de estos que tanto abundan ahora en nuestro mediocre panorama nacional, me saludó cuando entrábamos a un teatro. “Te has hecho famoso”, me dijo con cierto sabor a retama. Estuve rápido: “Y sin robar ni una peseta”. Esa frase la uso mucho cuando estos nuevos riquillos se me acercan para darme la enhorabuena por algo que ellos ni conocen, la sensación ante una nueva novela, un viaje literario, la lectura de un buen libro.
La fama de García Márquez era tal que el hombre se echó encima también la fama de humilde y tímido. No era ninguna de las dos cosas. Un día, de hace muchos años, vino a verme a mi despacho del Instituto de Cooperación Iberoamericana. “Ya no me bajó de Papas ni de Presidentes”, me dijo mamando gallo, como dicen en el Caribe colombiano. Le gustaba el poder, la gente de poder le atrajo incluso hasta la literatura y si le preguntaron alguna vez por su película favorita habría contestado, sin duda, “Citizen Kane”. Su fama literaria era equiparable a su popularidad. No pudo ni quiso vivir en su tierra, porque no le habrían dejado dedicarse a lo que más le gustaba después de hablar con los amigos, escribir novelas y relatos, escribir reportajes, escribir literatura. Como a Hemingway, le perseguía el fantasma de su propia fama, tal como a Norman Mailer, que era reconocido por las calles de Nueva York, donde todo el mundo es anónimo, y se le conocía en todo su mundo por tener el puño derecho y también el izquierdo preparados para el inmediato puñetazo. Un peleón. Otro día de los muchos que recuerdo de mi vida, un escritor frustrado, de mi propia tierra, me preguntó con retranca qué se sentía cuando uno era famoso por sus escritos en algunos barrios de Madrid. Contesté también rápido: “Hombre, pues lo siento mucho”, le dije con un una sonrisa irónica. La fama, pues. El denostado César González-Ruano, famoso no sólo por sus escritos periodísticos, sino por sus trapacerías inciviles, dijo en un momento de su vida que lo más fácil para un escritor en España era crearse una fama y que lo que era muy difícil, por no decir imposible, era llegar a perderla. Hay escritores con fama que no se sabe bien por qué la tienen o cómo la adquirieron, pero es imposible bajarlos al debate literario desde una postura razonable. Es famoso y basta. Otro escritor, de novelas de entretenimiento para viajeros de trenes de largo recorrido, tenía a gala repetir que él era tan famoso y había vendido tantos millones de ejemplares de sus pésimas novelas que sus derechos de autor llegarían a sus nietos. No fue así, se lo comieron sus hijos y hoy está pasando por una ruina más o menos decente. El otro día leí en un artículo del gran cronista latinoamericano Alberto Salcedo Ramos la definición de fama que daba otro gran escritor de su país, Manuel Mejía Vallejo, que llegó a ser muy famoso en el momento en que ganó el Rómulo Gallegos cuando era todavía un premio importante. “Fama es”, dijo Mejía Vallejo con precisión sarcástica, “cuando la gente lo llama a uno hijoeputa sin conocerlo de nada”. Así parece ser en ciertos ambientes literarios, sobre todo en lugares lúgubres poblados de fracasos donde jamás ha salido el sol de la fama que están inútilmente esperando. Pasa en todas las geografías, en todas las latitudes y hemisferios. La fama cría cuervos que le sacan a uno la vida, las entrañas y los ojos, como los del refrán castellano de sobra conocido por lectores como ustedes.

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