Ella

A ver las manos, me dijo ella. Estábamos tomando un trago en un bar oscuro de la calle Barquillo. Yo le había comentado que me encontraba viejo y gordo, que notaba que el viejazo me había caído arriba de repente. De aquí en adelante, le dije, todo será cuesta abajo. A ver las manos, me dijo entonces, venga, enséñame las manos, boca arriba. Me sorprendió su voz, como irritada por mi queja. Mentiroso, me dijo después de observarlas con todo detalle. No tienes ni una arruga… Las tengo en el alma, le dije poético. ¡Eres un cursi, un joven cursi es lo que eres!, exclamó sonriente. Echó un sorbo a su garganta, el vino blanco es bueno para la euforia, añadió. Y volvió a sonreír. De joven era tan bella que me dejé llevar por la locura de quererla. La amé con una pasión irracional, que soportaba además que otros hombres la amarán tal vez mejor que yo. Era desligada, esbelta, con una dentadura perfecta y unos ojos que no llegaban a provocar otra cosa que una atracción irreductible. Me enamoré de ella y ya nunca pude alejarla de mi recuerdo.
Cuando volví a encontrarla en Madrid, ella seguía joven y lozana, divertida y a veces procaz. Era un amor. Yo seguí queriéndola a pesar de que se había casado con otro. Tú tenías a tu mujer, hombre, no me pongas en esa circunstancia, me contestaba siempre que le hablaba de lo que podía hacer sido y nunca sucedió. Sin embargo, no fuimos amantes platónicos. Tuvimos épocas de gran pasión en la que los dos nos perdíamos del mundo entero, salíamos de la tierra para alcanzar la luna con la mano y divertirnos juntos y libres por todo el universo. Su piel tersa y morena. La recuerdo y lloro.
En aquel bar oscuro de Barquillo en el que le confesé mi vejez, ella me contestó con la dureza de una realidad que vivía en silencio. La que estoy vieja y enferma soy yo, chaval. Me queda muy poco. Tal vez un par de meses de vida y nada más, me dijo sin perder la sonrisa. Un día cualquiera abrirás el periódico por la mañana y encontrarás mi esquela. Es la señal de que me muerto, me dijo. Lo dijo todo sin perder la sonrisa, como si estuviera riéndose de la crueldad de su destino. Así fue. Como ella había dicho. Un día abrí el periódico. Era una mañana sucia de lluvia y frío. Y leí su esquela mortuoria. Lo recuerdo y lloro.

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