La fiesta de los imbéciles

La fiesta de los imbéciles es la guerra. A los imbéciles les gusta su fiesta, porque la sangre de los demás les provoca placer y les produce dividendos. Hay quien dice ya en Europa, tras las elecciones del domingo pasado, que estamos a dos pasos de escenarios sangrientos en los que ya hemos vivido. Estos días me quedé pensando, entre Estocolmo y Sofia, las ciudades en las que estuve la semana pasada impartiendo conferencias, en “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, la novela de Blasco Ibáñez, autor muy importante a quien ya nadie lee. Blasco escribe en esa novela sobre la guerra y sus males, en fin, sobre la fiesta de los imbéciles. Hay quien dice que Europa vuelve a las puertas de la guerra porque los imbéciles que nos mandan juegan a su fiesta con una incapacidad tremenda para solventar los problemas de la gente. Hay incluso quienes dicen que ellos, los viejos políticos y negociantes que hacen viejos negocios con la política vieja, son los causantes de tales desafueros y tantas inquietudes. Un miedo inquietante recorre de nuevo Europa: las izquierdas extremas y las extremas derechas avanzan para encontrarse en la fiesta de los imbéciles ante la estólida mirada de quienes nos gobiernan. ¿Y nosotros? Kennedy le abrió los ojos a los Estados Unidos con una sola frase: no le preguntes a tu país qué puede hacer por ti, pregúntate tú qué puedes hacer por tu país. Mi país no es un solo país, en este caso, España, mi país es un mundo inmenso que se llama Europa cuyo sueño fue superar las viejas guerras que provocaban otros imbéciles y asesinos que dejaron sobre la tierra millones de cadáveres gracias a la guerra y al totalitarismo. Cuando nos creemos libres de esos jinetes apocalípticos, está a punto de regresar la República de Weymar, la ultraderecha cabalgando a un lado de la guerra, la ultra izquierda ladrando al otro lado de la Historias, y una inmensa cantidad de ciudadanos anda cautiva por el miedo de la fiesta que los imbéciles nos tienen preparada para los próximos años.
Mientras tanto, una juventud informe, que sabe poco de la vida y ha estudiado menos que ninguna, sin esforzarse gran cosa, sigue vistiendo camisetas del asesino asmático al que adoran bajo el nombre del Ché Guevara. Le pregunté a uno de ellos que por qué se vestía con una camiseta del Ché. Me contestó que adoraba al personaje y que por eso se vestía con ella. Le volví a preguntar si era partidario de la pena de muerte. Me dijo a gritos que no, que era un enemigo de la pena de muerte. Volví a preguntarle si era partidario de los derechos humanos, de las mujeres, de los varones, de los gays, todos por igual. Claro que sí, me dijo. ¿Y entonces por qué te pones para salir a la calle la camiseta de un asesino, partidario máximo de la pena de muerte, y de un homófobo de primera división?, le pregunté de nuevo al muchacho. Se quedó de una pieza, sin poder decir palabra. Pero así somos en medio de la fiesta de los imbéciles. La mitas de los que tienen trabajo no producen nada y la mitad de los que dicen que quieren trabajar lo único que quieren es cobrar un sueldo y hacer lo menos posible. ¿Y los patronos? Ah, los patronos, ¿creían que me iba a olvidar de ellos? Los patronos son los grandes responsables de la fiesta de los imbéciles. Adorar el poder, están cercanos a él cuando no son ellos mismos el poder. Su voracidad se ha vuelto una locura, parecen dragones mitológicos que se lo comen todo y quieren para ellos la tajada entera de la vida. Los demás, la vieja vaina: esclavos, esclavos y esclavos para producir en sus fábricas y minas. El desastre está anclado en nuestras clases dirigentes y la fiesta de los imbéciles está al caer. Ultraizquierdistas y ultraderechistas juegan con fuego mientras crece el descontento en medio de crisis repentinas y extrañas, sospechosas e inicuas, que caen sobre los más pobres y necesitados. ¿Qué hacer? Esa fue la pregunta que se hizo Lenin en tiempos históricos. Parecía que la jugada salía bien, pero el totalitarismo comunista destruyó las ilusiones de millones de personas y las sometió a la peor esclavitud del mundo en campos de concentración que llevaban a la muerte. El fascismo y el nazismo son la otra cara del socialismo derechista, algo así como un imposible que los imbéciles crearon para matar judíos y otras razas a extinguir.
Hay quienes creen que estamos jugando a ser profetas de algo que nunca a sucedernos más. Mucho cuidado con los imbéciles: el punto al que hemos llegado parece que ya no tiene retorno y que, además, muchos aceleran el juego para terminar de una vez de destruir el sistema. Europa está corriendo un grave riesgo, en un teatro macabro que ya hemos visto venir en otras ocasiones. Como si la sociedad no tuviera memoria, Europa se encamina a la fiesta de los imbéciles, entre el malestar de la crisis, y la estupidez de las clases dirigentes que lo quieren todo, absolutamente todo para ellas. Quien advierte, no es traidor, sino todo lo contrario.

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