El idiota latinoamericano

Hace un par de semanas, en la FILBO, en Bogotá, se presentó a un público que abarrotaba el auditorio la nueva edición de un clásico molesto y sarcástico, “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, cuyos autores son Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Esta nueva noticia del Idiota Latinoamericano trae un prólogo, no menos sarcástico que el texto del Manuel, de Mario Vargas Llosa. Me reí mucho en la presentación del libro, y el público, joven en su mayoría, también. Los autores demostraban su inteligencia, y su distancia del idiota latinoamericano y otros idiotas. Einstein confesó que el peor de sus descubrimientos había sido llegar a saber que el número de imbéciles en la Humanidades infinito. Al seguir al Tío Albert en esta y otras teorías, tras mis años de experiencia vital y después de muchas observaciones, he llegado a la misma consecuencia. El mundo es orden matemático, es el imbécil multitudinario que hay en la Humanidad es que lo rompe todo, lo destruye todo con su torpeza, y a esos fallos garrafales llama casualidad o accidente, cuando no son otra cosa que despistes descomunales que llevan a desórdenes monstruosos y a guerras criminales. El Tío Oscar, por su parte, y hablo del poeta Oscar Wilde, decía con muy buen tino que la locura puede curarse pero que lo que no se cura nunca es la idiotez. O sea la imbecilidad a la que se refieren los autores del Idiota Latinoamericano.
Algo bueno, sin embargo, debe estar pasando en nuestro mundo, entre tanto desastre, porque yo esperaba un levantamiento”popular” en el auditorio de la FILBO contra los autores y los presentadores, pero el público se rió y aplaudió a rabiar las intervenciones bastante claras todas de quienes intervinieron en el libro presentado y en su presentación.
La risa, debe saberse esto de una vez, bombea sangre nuevo al corazón y libera endorfinas, y aunque el humor ha tenido durante largo tiempo muy mala prensa en la alta literatura, un error como otro cualquiera, tengo para mí que es el último reducto de los inteligentes que hay en el mundo frente a los millones y millones de estúpidos que nos destruyen la vida. Además, creo que el idiota se reconocé en los demás congéneres, tan idiotas más que él, y hacen secta, lo que los convierte en un peligroso elemento de destrucción. Al hablar con un importante empresario de la imbecilidad humana, me confesó que a veces yerra al contratar ejecutivos que finalmente resultan imbéciles. En el mejor de los casos, cuando eso sucede, lo mejor -me dijo- es no darle ninguna tarea importante, sino que deambule y se crea y haga creer que está trabajando como un esclavo y que gracias a él y a su esfuerzo la empresa ha remontado vuelo.
Tengo, lo reconozco, días malos a pesar de mi humor cada vez más grande, pero el peor día que me puede tocar es dar con idiotas a cada minuto, sin saber por qué razón ese día aparecieron todos juntos. Ese día huyo del mundo y me sumerjo en algún buen libro, en la lectura de algún Contad, por ejemplo, o me pongo a traducir unos versos de la Antígona de Sófocles al español. Eso aleja de mi a los imbéciles y calma mi espanto.
Al final del acto de presentación del nuevo Idiota Latinoamericano, me subí al escenario, le di un abrazo a Álvaro Vargas Llosa y le recomendé de nuevo, porque no era la primera vez que lo hacía, que el próximo manual lo dedicara al Inmenso Idiota Norteamericano. Hay tantos ejemplos, le dije, que les puede salir un libro de más de quinientas páginas. Y muy sabroso. Empiecen los Bush, el tejano que fue presidente del Imperio por ocho años y ahora se dedica a pintar retratos de sus amigos. Además, le confirmé a los autores la seguridad de un gran éxito con el Idiota Norteamericano, mucho más que con el Latinoamericano que, por regla general, no lee. fue sorprendente ver, ya lo he dicho en otros comentarios, ver tanta gente alrededor del libro en la FILBO, sobre todo cuando nada tanta gente enterrando el libro, mandándolo a dormir para siempre, cuando la realidad es que cada vez se lee más literatura de altura en nuestro países. Mejorando a Einstein, quiero creer que la lectura continuada es el único México que hay para librarse de la terrible enfermedad de los imbéciles. Ya lo sé, hay quién se vuelve loco leyendo libros. Eso le pasó al viejo Alonso Quijano, y gracias a su locura el Quijote me parece una maravilla eterna. En cuanto a la locura, también lo saben ya ustedes: se puede curar, con las recetas del Tío Oscar: leyendo su poesía o la de cualquier otro genio de la literatura.

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