Derechos de autor

En el blog diario de un escritor a quien estimo mucho, como amigo y como escritor, Emilio González Déniz, leí el otro día la queja justa del escritor con respecto a los derechos de autor. Es verdad. Nos pasamos una semana viendo qué tipo de tecnología digital última moda necesitamos. La compra os y la pagamos. Nos pasamos otra semana contratando una línea telefónica para entrar y salir del palacio de las maravillas cuando nos dé la gana. La contratamos y la pagamos. Al bicho que nos hace soñar y entrar en un mundo interminable lo cuidamos como si fuera el espejo de nuestra alma. Lo limpiamos, le damos brillo, le hablamos, le cantamos, lo acariciamos: se trata de mimarlo, como si mimáramos a uno de nuestro más queridos amores. Es decir, pagamos lo que sea, perdemos el tiempo jugando y descubriendo el Mediterráneo al otro lado de la pantalla, si el iPad se molesta y no nos da la conversación que queremos casi nos deprimimos. Todo sea por la vida moderna a la que ya nos hemos acostumbrado. Ahora, en cuanto nos bajamos una película o un libro gratis, o una música de último modelo y nos piden desde el autor sus pocos derechos a cobrar (a pagar por nosotros que “consumimos esos productos culturales” entonces ponemos el grito en el cielo y declaramos todos a una que los autores son cualquier cosa menos lo que son: autores.
El autor, pues, es el último mono en esta llamada “cadena de producción” que es también la historia interminable. Pero el autor es también la mano de obra más barata que hay en este mundo, una suerte de esclavo que lo sabe pero que hinca el pico y no puede levantar el cuello un centímetro por si viene un sicario de las masas y se lo corta de un tajo, sin avisar y sin advertir de nada. El autor, pues, es el obrero, el trabajador que compone, escribe o graba y parece no tener derecho sino a unos simples centavos que se caen de la mesa del rico Epulón de las pantallas gratis. Descargas gratis: así se llaman. Asistimos asombrados a este despojo constante y cotidiano en la que el autor no tiene ni palabra ni pancarta con la que construir una manifestación de queja por el latrocinio al que es sometido sin contrapartida ninguna. ¿Qué hacer? Otra vez más misma pregunta. Hacer leyes, dicen los legisladores. Hacer leyes que salvaguarden el derecho de autor, proclaman y exigen los autores. Que el mundo fluya libre y sin interrupciones, dicen las mayorías anónimas de internautas. Mientras tanto,el tiempo corre. Cada vez que el autor escribe, graba, compone o canta, cada que nace un autor nace un nuevo bicho tecnológico que destruye sus derechos sin que el nadie pueda defenderlos. Otra vez más la misma pregunta: ¿Quién es el dueño de la red? ¿Es el autor, finalmente, alguien a quien hay que tener en cuenta como la cabeza de la producción o debe seguir siendo una clase de servicio de la última escala?

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