Entre libros

Llevan un tiempo matando al libro de papel. Todo el mundo habla de la muerte de un enfermo que, a mi modo de ver el mundo, goza de muy buena salud. La muerte del libro queda desmentida cada vez que se abre una Feria del Libro y, además de los profesionales y quienes pertenecemos al gremio y al negociado de la literatura, los escribidores sin remedio, miles de personas pagan su entrada para ver de cerca y amontonados en sus estanterías a miles de esos objetos sagrados que llamamos libros. No ceso de dar gracias al Gran Arquitecto, y a la vida que me ha tocado vivir, por hacerme escritor, por cumplir esa vocación pasional de la escritura literaria y por vivir entre libros. La semana que acaba de terminar estuve en la FILBo, la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Miles de personas trajinando como hormigas estajanovistas para que todo estuviera a punto para la inauguración el pasado día 29 de abril. Miles de personas desde el mismo momento en que se abrió la Feria al público. Miles de gentes deseosas de mirar libros, comprarlos, leerlo, hablar de ellos y poner, aunque sea por una semana, el libro, ese sujeto sacral, en la conversación de la gente. Y eso cuando los agoreros anuncian la muerte del libro de papel, el triunfo del libro electrónico y afirman que la manía de leer se ha vuelto agonizante. Esa muerte inminente del libro no la veo por ninguna parte. Al contrario, es un placer ver a amigos escritores hablando los unos de los otros y no precisamente mal. Es bueno que los escritores, que viajamos siempre en la cola del furgón de cola de la cultura, que ya viaja ella completa en el furgón de cola, en la primera línea de combate, en los periódicos, hablando y recomendando libros. Y es muy gratificante observar durante horas el jolgorio con el que el público lector asiste al espectáculo que provoca la Feria del Libro.
Tengo para mí que ese muerto goza de buena salud. Huele bien, tiene un tacto especial el papel, me gusta sobar el papel antes de leer un libro, hojearlo y ojearlo, no perderlo de vista, ver sus páginas, su letra, su caja de imprenta. Desde que la tecnología ha vuelto las cosas más fáciles el libro es ahora también más fácil de hacer y de escribir. Lo que entraña, sin duda, un progreso y -como todo progreso- un gran riesgo: todo el mundo se ha vuelto escritor, pero sin atravesar el desierto de trabajo que significa poseer para uno mismo el gran tesoro de la gramática de la lengua en la que hablamos y escribimos; y, claro, sin leer. Miles de escritores que se afanan por aprender a escribir sin leer ningún libro, como si eso fuera posible. La inmensa mayoría de los escritores que habitamos este mundo no sólo tenemos como vocación vital la escritura literaria, sino la lectura de libros de calidad literaria, difíciles de leer y más difíciles de entender. Así se aprende. Muchos escritores me dan sus libros para que los lea. Me basta un vistazo a pocas páginas de sus textos para saber si esos escritores son sólo unos presuntuosos o si, además de serlo, son realmente tipos que se han pasado la vida leyendo los libros de los demás para aprender a escribir los propios. Está la vida, sí, que es una gran escuela, y la experiencia, sin duda. Pero la lectura es una educación sentimental que nos hace distintos a los que tenemos el placer de los libros como un destino natural y cotidiano de los hombres y las mujeres libres del mundo. Un amigo escritor, y sin embargo sabio, me dijo un día que todo estaba en libros. Que en ellos, entre los libros, se podía aprender todo, desde el vicio a la virtud, desde la gloria al infierno, desde la aventura más incierta hasta la existencia más sedentaria y tranquila.
En Bogotá me he paseado por sus cales y por las calles llenas de gente de la Feria. La gente viene a ver a los escritores, a comprar sus libros, a hablar con ellos sobre sus propios libros. Es un momento mágico. Una noche muy clara me senté en un banco del barrio colonial de Santafé. Miré al cielo y vi una sombra más clara que el firmamento claro. Era de color ligeramente fucsis y bailaba muy alegre camino del Monserrate. Imagínense mi asombro. ¿A quién podría contarle este milagro? No había probado ese día más que la droga de la lectura, que me hace ver milagros desde que soy muy joven y que aquí, en Bogotá, me ha hecho vivir otro gran momento mágico: el ángel sagrado de los libros cabalgando a baile suelto en la noche de la capital colombiana.

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