Gabólogos

De repente, con la muerte de García Márquez, el mundo entero se ha llenado de gabólogos. Una inmensa cantidad de ellos son insustanciales, gratuitos, epítome de los llorones y los viudos de algo o alguien a quien han leído de pasada y nunca han conocido de cerca. Los expertos de la gabología, los peores de todos, no están en el papel sino en el mundo virtual, en las redes sociales, atribuyendo sanaciones y milagros a quien no era más un escritor lleno de milagros, eso sí, pero no un dios ni un semihéroe mitológico. El hombre también tenía sus sombras, escondidas en la vida que él mismo llamó secreta. Tres vidas tiene el ser humano, dijo, una pública, una privada y una secreta. De la secreta no le gustaba hablar ni escribir una sola palabra, entraba en mutis cuando se le preguntaba lo que no quería. Una vez alguna gabóloga de confianza le preguntó en un programa de televisión que si a lo largo de su vida había perdido algún amigo de verdad. “Uno”, dijo luego de pensar con calma qué iba a decir y dedicar un pensamiento lleno de añoranza a aquel amigo perdido. Sé que ansiaba, en su fuero interno, rescatar la confianza de aquel amigo que perdió a mediados de la década del 70, pero fue imposible. Ciertas circunstancias de la vida secreta se lo impidieron. Entre los gabólogos, sin embargo, los hay de la más alta dimensión, pero el primero de todos se llama y es Conrado Zuluaga, que lo sabe absolutamente todo de García Márquez. Una vez se encontraron a la puerta de una oficina y García Márquez quiso comprarle el ejemplar de la primera edición de “Cien años de soledad” que el profesor Zuluaga había usado en sus clases de gabología por más de 25 años. El resultado del uso de aquel ejemplar fue una metamorfosis: ya era otro libro, otro “Cien años…”, lleno de claves, comentarios, llaves, subrayados de colores que significaban una cosa y otro. He visto ese libro varias veces, deshojado ya, percudido por el estudio del texto integral, como he hablado más de 3 horas seguidas con Gerald Martin o Dasso Zaldivar. Como he hablado y mucho con Oscar Collazos que un día nos llevó a una jarca de escritores a un antro de Bogotá Norte. Bogotá, la ciudad por la que camino en estos momentos, donde el de Aracatara conoció el frío y el hielo cotidianos, la escasez y las necesidades. Otro gran gabólogo fue su amigo el pintor Felipe Orlando, que vivió luego mucho tiempo en Benalmádena, y que cuando no había en México para comer lo ponía todo para los niños de los García Márquez. Álvaro Mutis fue otro gabólogo de verdad y también lo fue Vargas Llosa, para qué vamos a olvidarnos, que dedicó tres años de su vida todavía joven a escribir la epopeya milagrosa del novelista de “El coronel no tiene quien le escriba”. Durante una larga temporada de mi juventud, me convertí en gabólogo en Barcelona. Un par de veces por semana, cuando Gabriel no estaba escribiendo, salíamos a hablar y a beber ron, y el fue el primero que me habló del “Tres esquinas”, entonces un trago mitológico en Colombia, aunque hoy está muy venido a menos. A Zuluaga y los citados tengo que añadir otro amigo común, el panameño Jorge Eduardo Ritter, uno de los tres escritores a los que debo mi entrada como correspondiente en la Academia Panameña de la Lengua. De modo que gabólogos hay muchos, desde los simples lectores que le tienen una devoción jurada ante los dioses de la la literatura, hasta aquellos que se metieron en la médula más secreta del escritor y de ahí sacaron, de sus entrañas, el petróleo refinado de silencios y sombras que casi siempre engrandecen al gran escritor recientemente fallecido. Tenía, tuvo, claro, sus errores, sus errores en la literatura y sus errores en la vida. Tuvo sus tentaciones y sus fijaciones, le gustaba más el poder y los poderosos que la libertad y los libertarios. Este punto, en fin, lo podemos discutir con cualquiera con criterio en la gabología, pero desde ahora anuncio que con diletantes que se adhieren al discurso limpito de cualquier escritor, por muy genio que sea, no voy a discutir ni una palabra. Ni por escrito ni por ningún otro medio. La cilindrada es esencial a la hora de medir las armas, si hay que hacerlo, en un torneo del que incluso cuando perdemos lo hemos hecho, lo sabemos, con alguien que sepa, como dicen en el Caribe, dónde está parado. Lo demás es legión de gabólogos recién llegados y sin experiencia en la guerra. Bienvenidos al club y a ver si aprenden.

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