Bogotá

En “El general en su laberinto”, García Márquez hace salir de Bogotá a Bolívar en una madrugada negra. “¡Vamonooós, que aquí no nos quiere nadie!”, dice el Libertador. Creo que la llama también “tierra de herejes”, mientras desde las ventanas cerradas se oyen gritos dirigidos a la persona del general: “¡Longanizo!”. A Germán Arciniegas no le gustó nada la novela de García Márquez. Dijo que era un libro de historia lleno de inexactitudes, tal vez sin darse cuenta de que eso es exactamente lo que es u a novela. Y “El general en su laberinto” lo es. Fue una novela maltratada que a a mí, sin embargo, me gustó mucho. La leí tres veces y cuando ahora, en Bogotá, pienso en aquel texto de García Márquez recuerdo también a mis amigos ya perdidos para siempre, que también eran amigos del novelista: Pedro Gómez Valderrama y el poeta Charry Lara. La primera vez que estuve en Bogotá, ellos me agasajaron como un amigo cercano y no dejaron de hacerlo nunca, hasta que cada uno por su lado se fue del aire. Confieso que en aquella ocasión le tuve miedo a la ciudad. A un amigo catalán lo habían asaltado al cruzar una calle en la Zona Internacional, muy cerca del Hotel Tequendama, donde yo me hospedaba entonces, y nada más cruzar la calle volvieron a asaltarlo. Ahí, en ese segundo asalto, corrió mucho más peligro, porque no llevaba nada encima y le dieron una paliza de leyenda. Por descuidado. Ahora veo desde la ventana de mi cuarto de hotel la sombra del Monserrate cuando está oscureciendo y recuerdo aquel tipo extraordinario a quien llamábamos RH positivo, y que se llamaba en realidad Rafael-Humberto Moreno Durán. Decía que para ser escritor internacional había que pasarse veinticinco horas al día haciéndose propaganda con toda insistencia. Lo de escribir lo dejaba para después de ser famoso. Trataba a García Márquez de usted, como se tratan los bogotanos en la cercanía, hablaba alemán y escribía novelas cultas que mucha gente que leyó jamás entendió. Era un tipo que debería de haber nacido veinte años antes de lo que nació, y se hubiera incrustado en el “boom” con una facilidad veloz e increíble.
En otra ocasión, Oscar Collazos nos llevó a una pequeña tropa de amigos, del ejército aliado, a tomarnos unos tragos de caña en un antro del norte de Bogotá. Tengo dicho que ahí descubrí el “Tres Esquinas”, un ron de entonces que, como nosotros, ya no es el mismo. Me había hablado de ese ron en Barcelona una noche de copas el propio García Márquez, pero hasta que Collazos no nos llevó a aquel tugurio de madrugada bogotana no pude comprobar las bondades de aquella bebida hoy venida a menos. La nota sorprendente es que, a altas horas de la juerga, apareció en aquella cueva Totó La Momposina, una bailarina y cantante colombiana que nos deleitó a algunos escritores con unos pases mágicos inolvidables. Creo que García Márquez la llevó en diciembre del 82 del siglo pasado a Estocolmo, cuando fue a recoger el Nobel de Literatura. Iba al frente de una troupe de cantantes y bailarines que parecían sacados de uno de los circos de sus novelas y a mí se me hizo inolvidable desde entonces la voz de Totó, sus muchos años (que parecían no hacerle daño alguno a su juventud), su sonrisa y, sobre todo, su carcajada. Estábamos, como ahora mismo, en la Feria del Libro de Bogotá, que cada vez es más grande y más circo, más espectáculo y más libro al mismo tiempo, y sigue siendo un lugar muy saludable para verse y divertirse con otros escritores y, sin embargo, amigos. Hablé ayer todo el tiempo de García Márquez con dos de los “gabólogos” más importantes del mundo, el escritor Camilo Hoyos y el increíble Conrado Zuluaga, que conoce las tres vidas completas del hombre que inventó Macondo para toda la eternidad: su vida pública, su vida privada y su vida secreta. “Si de verdad se hubiera contado, su vida sería su mejor novela”, me dijo entristecido por la reciente muerte del novelista a quien lleva estudiando casi medio siglo ya, de clases universitarias y de la vida. A mí este viaje a Bogotá me sabe a recuerdo un tanto melancólico. Sigue siendo una ciudad en la que pueden darse, durante un solo días, las cuatro estaciones del año. Y de vez en cuando, a ser posible todos los días, habría que masticar unas hojitas de coca para que el dolor de cabeza desaparezca. Con no poca razón decían hace años los propios bogotanos que Santafé estaba a tres mil metros de altura sobre el nivel “del mal”. Ahora, más calmada, la ciudad es otra cosa muy distinta a la sucursal del infierno que yo conocí las primeras veces que vine aquí. Mucho más tranquila que el Distrito Federal de México y, desde luego, mucho más calmada que la actual Caracas, Bogotá está llena de rumores, libros y leyendas. La del Libertador es una de ellas y García Márquez supo escribirla.

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