Paciana

Sobre Octavio Paz se inventaron frases hechas y boutades varias que hicieron gran fortuna entre los intelectuales españoles y latinoamericanos de múltiple pelaje ideológico. “La poesía mexicana descansa en Paz”, fue un invento de quienes, contemporáneos del poeta, no estaban de acuerdo con sus posturas ideológicas. En uno de mis muchos artículos sobre el gran intérprete y poeta (perdonen ustedes la redundancia) lo tildé de hombre de derechas y recibí una carta tan amable como fulminante en la que Paz me dejaba claro una cosa más sobre sí mismo: él no era un hombre de derechas. “La Garro y la Paz” fue otro invento de los amigos del poeta, a veces cansados de la omnívora personalidad del autor de “Águila o sol”. Elena Garro fue su primera mujer y, tras la ruptura, hubo incluso una persecución terrible por parte de la española, de la mano siempre de su hija que tomó partido por ella. Se produjeron hasta interrupciones en conferencias públicas de Paz, en la que las dos Elenas de la tragedia griega de aquella temporada reprochaban al poeta preocuparse de las “tonterías poéticas” y olvidarse del hambre de los indios y de la injusticia social.
Una vez, en La Paz (y sigue la cosa), capital de Baja California Sur, tuve una discusión con Ángel González por Octavio Paz. Yo defendía al poeta y su obra literaria, exactamente su obra poética. Un Ángel González visiblemente irritado, entre el alcohol de la noche anterior y la locurita de los intelectuales de izquierda, que creen mucho más en Marx que los católicos en el Espíritu Santo, me llevaba la contraria ante mi carcajeante y provocadora actitud. Seguro que desde entonces, el poeta asturiano no me miró tan bien, pero mantener, junto al pobre resentido de Arturo Azuela, que Paz no era precisamente de los más influyentes y más importantes poetas de México y mucho menos de la lengua, era poco menos que patético. Tan grotesco que a mí, sin esfuerzo intelectual alguno, se me antojaba muy fácil jugar la partida. Otro tanto pasó con el pobre Santiago Genovés, “el héroe de la Acali” (“genio veo/genio ves”, según el poeta González, su amigo), en el homenaje que Eulalio Ferrer les hizo a Mario Moreno Cantinflas y a Octavio Paz. “A mí”, me dijo en baja voz, “me harán uno mayor el año que viene, no el de estos dos, que son sólo figuras medianas en la historia de la Humanidad”. ¡Le zumba el mango! Así era México entonces, en los años 80, cuando Paz era el personaje intelectual y político más discutido del momento. Cuando “Vuelta” había adquirido su máximo prestigio y el poeta, que regresaba de todo constantemente, se había convertido en un jefe de tribu guerrera. La pelea con Carlos Fuentes la vieron venir muchos de los amigos de un lado y de otro. Habían sido tan amigos y tan cómplices que hubo un momento en que no pudieron aguantarse ni soportar que uno fuera más importante que el otro. “Es por imitarme”, me dijo Paz en el Hotel Palace de Madrid cuando le hablé de los by-pass que Fuentes se había colocado para seguir escribiendo y viajando como un poseso. Ya es célebre su frase sobre la maldad (en plural). Entrado en un par de tragos, el ingenio verbal de Paz era invencible. Los primeros disparos de fogueo daban luego paso a un bombardeo lleno de talento, a cada palabra más alta, a cada frase más sustancia. Las veces que nos veíamos, tras un minuto de reconocimiento, se lanzaba al mundo con la misma frase se siempre: “Venga, venga, dejémonos de diplomacia, hablemos de maldades que, como usted sabe bien, es lo que nos mantiene vivos”. Pensar que su gran ensayo “El laberinto de la soledad” fue, en principio, un texto de novela, es decir que el poeta quiso con ese texto escribir una novela, es asombroso. Leía novela, no le hacía caso al aviso de Plá (que todo aquel que lee novelas por encima de los cuarenta años de edad es un imbécil) y tenía una curiosidad intelectual exasperante. Era tremendo tipo Paz, insoportable para sus muchos enemigos y muy amigo de sus amigos. Al indiferente, él también lo pensaba, la legislación vigente. Por las redes sociales corre estros días, cuando se cumplen cien años de memoria del poeta, un texto lapidario y definitivo, atribuido al poeta Paz: “Si existe un sector reaccionario en América Latina es el de los intelectuales de izquierda. Esta gente no tiene memoria. No he escuchado a ninguno de ellos admitir que se equivocó. El marxismo se ha convertido en un vicio intelectual, en la superstición del siglo”. Voilà.

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