Barcelona en los tiempos del Gabo

En sus años de Barcelona, García Márquez llegaba a la terraza del Sanbors en las primeras horas de la noche, aparcaba su BMW azul metálico encima de la acera sin que nadie le llamara la atención y se bajaba a encontrarse con sus amigos. Unos años antes había sucedido el milagro de los panes y los peces con la publicación de “Cien años de soledad” y ya todo el mundo lo conocía por su mono de trabajo, un overol azul de mecánico automovilístico de entonces con el que salía incluso a pasear o al cine. “Atácale en cuanto puedas, cada uno nace con los polvos contados. Polvo que no se echa, polvo que se pierde”, me aconsejó cuando una de aquellas tardes barcelonesas le comenté que ese mismo día yo había intentado seducir a una hermosa mujer que no me había rechazado del todo. La cosa había quedado en alto y García Márquez me animaba a terminar mi trabajo. Cuando entonces, yo lo miraba con una admiración sin límites.Aquel tipo había logrado después de cuatro intentos infructuosos (la publicación de sus cuatro primeros libros), con los que no había ocurrido nada, devolverle la magia al cuento y convertir una novela en una mina de oro llena de tesoros y maravillas. Cuando estaba escribiendo, en las frenéticas temporadas donde me decía una y otra vez que había descubierto la manera de agarrar al lector por el cuello con la primera palabra y no soltarlo hasta la última, no bebía un trago. Pero en las temporadas de sequía literaria, se ahogaba en ron como si de esa bebida fuera a llegarle su incorregible inspiración para la palabra mágica.
En los tiempos de Barranquila, la época de la tertulia de La Cueva, durante sus principios de genio periodístico y literario, los taxistas lo llamaban “Trapo Loco” por las camisas estampadas de colores con las que se vestía todos los días. Un día me contó que uno de esos taxistas, confianzudos y mamadores de gallo, lo llevó hasta La Cueva y le cobró una carrera mucho mayor. García Márquez le señaló al taxímetro y el chofer del taxista, con indisimulada ironía, le contestó con esta pregunta: “¿Y tú le vas a hacer más caso a esa maquinita que a mí?
En Barcelona, las gentes del boom y algunos conspicuos miembros de la gauche divine de los 70 se reunían a cenar en el mismo restaurante al que me invitaban de vez en cuando dos de las más grandes inteligencias que yo he conocido (Jacobo Muchnik y Carlos Barral): el viejo Tramonti, hoy Tramonti 1980. Allí se conocieron Jacobo Muchnik y Lou Reed, según me contó mi amiga Nuria Amat, partisana de aquella farándula interminable, cenando los dos una noche en ese mismo lugar. Allí, García Márquez contaba sus cuentos, Hortelano los suyos, Barral trasegaba sus vodkas con tónica, Vargas Llosa sus vasos de leche, Edwards sus whiskies bien servidos y Castellet sus martinis. Se trataba, en muchas ocasiones, de la literatura, de las novedades de los nuevos escritores y, siempre, de la amistad. Así pasó una época que Xavi Ayén relatará mejor que nadie en un ensayo sobre el boom y los 70 que saldrá al público el 15 de mayo próximo. Una época en la que García Márquez escribió la gloriosa novela “El otoño del patriarca” en un piso de la calle Caponata, en el barrio de Sarriá, donde no podía salir a la calle sin ser aplaudido. ¡Qué gran Barcelona aquella de los 70, qué diferencia con esta de ahora, tan pobre de humor, de ingenio y de talento!
Todos estos recuerdos y muchos más habían abandonado a García Márquez hacia ya bastantes años. No recordaba nada porque su memoria se había ido al cielo antes que él y vivía en el mundo el mismo destino sin memoria que uno de los generales de Bolívar que había descrito en “El general en su laberinto”. Hace muy poco, los García Márquez, Gabriel y Mercedes, se encontraron con uno de sus amigos de alma y de siempre: Jorge Eduardo Ritter. Mientras hablaban Ritter y Mercedes, el novelista glorioso guardaba un inmutable silencio. Mercedes tuvo que levantarse a hacer unas compras y se quedaron Ritter y García Márquez solos. “Una hora más tarde del silencio”, me contó Ritter, “me miró y me dijo: No sé quién eres, pero sé que te quiero mucho”.

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