Un novelista

Durante los cuatro días de la Bienal Mario Vargas Llosa en Lima, Juan Bonilla tuvo la certeza de que él y su novela, “Prohibido entrar sin pantalones”, eran los perdedores del galardón que se otorgaba por primera vez al final de las jornadas literarias. La noche anterior al premio, Bonilla me pidió que, en secreto, le dijera de quién era el premio. Le contesté que era imposible, primero porque secretario (y yo lo soy del jurado) viene de secreto y segundo porque el jurado no había votado todavía. En la mañana del día del premio, Bonilla me comunicó que había decidido no ir al acto del Gran Teatro Nacional donde se daba el premio. Le mostré mi desagrado. Esa tarde, Rosa Montero tuvo que sacarlo de la habitación y, en la práctica, llevarlo de la mano hasta el lugar donde José Manuel Blecua leería el acta del galardón. Durante todo el acto en el Gran Teatro, el rostro de Bonilla lució desencajado. Estaba una fila delante de mí y yo podía notar los nervios del novelista: tan tenso que se revolvía en su asiento, y los gestos de su rostro revelaban una congestión desacostumbrada. Era la conciencia del perdedor hecha mueca extraña unos minutos antes del premio. Cuando Blecua leyó el acta del jurado, Bonilla dio un salto inmenso desde su asiento y pareció elevarse sobre su propia estatura hasta casi tocar el cielo con su cabeza. Una sonrisa extraña y desacostumbrada bañó su rostro y su cuerpo volvió a encogerse camino del escenario. Antes de subir el estrado, se fundió en un abrazo de hermano con Juan Gabriel Vásquez, a quién todos los medios informativos de América daban hasta ese momento como ganador del Bienal. En España, sin reparar en las bases del premio, algunos dieron de antemano como ganador al ausente Rafael Chirbes con su novela “En la orilla”.
En privado, tras los primeros aplausos, Bonilla me abrazó como si me conociera de toda la vida. Entre sollozos de euforia, con los ojos humedecidos de emoción.
Había salido de un golpe de la zozobra del gran perdedor a la gloria del ganador de un galardón que puede cambiarle su vida de novelista. El premio pretende ser consagratorio y para el novelista Juan Bonilla ya lo es. Su novela es redonda, navokobiana, llena de detalles importantes y conocedora de una época única. El novelista es también un experto en las vanguardias y posee un discurso literaria cuya mayor virtud es la solidez. Sabe escribir y escribe novelas como el mejor y, tengo para mí, que el premio es merecido, sobre todo si vemos que las novelas de Chirbes y de Vásquez tienen una altura literaria muy semejante a la suya.
Vargas Llosa nos contó en privado una anécdota poco conocida de su vida. Cuando le dieron el Rómulo Gallegos, en los 60, por “La casa verde”, lo llevaron entre el entonces presidente venezolano Raúl Leoni y Simón Alberto Consalvi, un prestigioso intelectual que era el presidente del INCIBA, a ver el viejo Gallegos. El prócer literario y político venezolano los recibió con gestos muy fríos y lejos de la cortería y, después, se retiró a hablar con Leoni y Consalvi. A la salida, fue el mismo Consalvi quien le confesó a Vargas Llosa su estupor. “¿Sabes lo que me nos dijo Gallegos? Que por qué te habíamos dado el premio a ti y no a él, dado que lleva su nombre”. Le dije a Vargas Llosa que si en la noche de Bonilla él le hubiera pregunta a Blecua por qué no le dieron su premio a él mismo y no al novelista jerezano todo hubiera quedado en paz. En esa misma noche, Juan Gabriel Vásquez, elegante,un bien nacido de los que ya hay pocos, inteligentísimo, educado, gran novelista que lo ganará todo en su vida, hizo el brindis que nadie esperaba. Levantó su copa y dijo: “¡Por un premio tan bueno que incluso me lo ha ganado un amigo!”. Hubo trago hasta más allá del amanecer. Hubo noble aceptación de la derrota y euforia incontenible del ganador que hasta ese momento era el gran perdedor. No hay estética sin ética, dije recordando el telegrama que el poeta y catedrático José María Valverde envió al Profesor Aranguren cuando Franco, en los primeros sesenta, lo expulsó de la Cátedra. Estética y ética es lo que mostraron con gran altura moral Vásquez y Bonilla y, desde el otro lado del vértigo, Rafael Chirbes. Ética y estética del jurado, limpieza moral desde el principio hasta el final. Lean, por favor, las tres novelas de los tres novelistas, lean la de Bonilla, la de Vásquez y la de Chirbes. Las tres desmienten la muerte de la novela.

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