El esclavista

Fernán Molinos y Sergio Ramírez, amigos del alma, fueron testigos. En Lima, en el acto de clausura del I Bienal, Mario Vargas Llosa hizo un elogio desmesurado de mi nada humilde persona. Dijo, entre otras cosas, en todo jocoso y lúdico, que mi sueño secreto en la vida era tener, en algún recóndito y selvático lugar del Caribe, una hacienda, una plantación de esclavos, preferentemente escritores de la lengua española, de los que yo me ufanaba de ser el dueño y negrero. De modo que el Nobel, en presencia de todo el mundo, me declaró esclavista con un desconocimiento de mis gustos que clama al cielo. En primer lugar, ese sueño ya lo he cumplido. Todos mis amigos saben que vengo a Panamá con tanta frecuencia por que tengo esa hacienda que es mi sueño vital en la costa pacífica de este país, muy cerca de la finca que tiene por allí mi amigo Juan David Morgan. Tengo allí, esclavizados, a más de cien escritores plantando y cortando caña, con una condición indispensable: tienen que ser malos escritores, condenados a la voluntad del infernal negrero que soy por su falta de talento literario y vital.
A la salida del acto de Lima, tres señoras de muy buen ver me asaltaron con vehemencia pasional. Querían que las invitara “por lo menos un mes” a mi plantación panameña. Me hice de rogar, sobre todo con una real hembra que, para colmo, iba acompañado de un marido con cara exactamente de marido. La cara de marido es ridícula. El marido se sonríe cuando su mujer se sobrepasa en palabras o en actos, como que no oye o no dice nada. Se hace el loco cuando le ponen cuernos y se le queda, pues, cara de marido en cualquier ocasión extraña. Nos ha pasado a todos, así que no disimulen. Aquella señora procaz, con el marido con cara de marido, me dijo que ella quería ser la primera invitada limeña a mi hacienda panameña. “Además, exijo látigo”, me dijo poniendo su mano en mi brazo. El marido puso más cara de marido que nunca y yo me sonreí mientras contestaba entrecortado : “Tendrá usted, señora mía, los mejores honores en mi plantación”. Así ensayé una despedida en la que disimulaba una huida rápida hacia mis privados cuarteles de verano, allá en Lima, con un pisco sour y la soledad del corredor de fondo que soy.
Fernán Molinos ha quedado con Vargas Llosa en investigar la ubicación exacta de mi casa y mi plantación a orillas del Pacífico. A mí me viene muy bien esta leyenda de esclavista y negrero, sobre todo porque silencia otros malentendidos y leyendas que desprestigian mi reconocida solvencia social. Dicen en España los mal nacidos que vengo con tanta frecuencia a Panamá porque aquí tengo otra familia secreta, con dos hijos y todo, que andan ahora estudiando en una universidad de los Estados Unidos. Otros, peor nacidos que los anteriores, dicen que la verdadera razón de mi frecuente presencia en Panamá es una gran cuenta corriente en dólares oculta en un banco de apunta Paitilla. Dineros y dineros inacabables que vengo de vez en cuando a buscar para seguir haciendo la vida de viajes y dispendios por la que se me conoce en el mundo. Depravada mi imagen por tirios y troyanos, otros dicen que aquí tengo un harén de mujeres bellas con las que entretengo mis tristezas de amor y mi fracaso en la vida. Con esta última leyenda no juego mucho porque ya me he ganado la enemistad de una de las que formaban parte del grupo de mis grandes amigos panameñas. Ella se lo pierde, y con pan con tomate se lo coma. Allá cada cual y cada uno con sus propios descalabros. Por mi parte, deseo vivamente que pase el tiempo y llegue el mes de agosto, fecha de otro viaje a Panamá, esta vez con la hermosa mujer limeña invitada a mi plantación de malos escritores. Látigo es lo que necesitan de verdad quienes pudiendo escribir bien lo hacen tan mal. Y se ponen tan serios que todos se creen descendientes directos de Octavio Paz, ahora que se cumple un siglo de existencia de la eternidad del gran poeta mexicano. Otro día escribiré de él en esta página dominical de La Prensa. Por hoy sepan que el marido de mi invitada a la hacienda me ha escrito diciendo que él también quiere venir. Le he contestado que se atenga a las consecuencias, que hay cinco o seis escritores gays en mi plantación que manejan muy bien el látigo y que están dispuestos a descuerarlo y sacarle la piel en un par de días. El tipo me ha escrito una nota excusando su presencia con una letra de marido inaguantable.

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