Suárez y la desmemoria

Se muere un héroe civil y quienes lo martirizaron en vida lo elogian hasta la santificación. España, aparte de mi este cáliz, clamó el poeta Vallejo en un libro que Neruda hubiera querido que nunca se conociera. Cuídate España de la otra España, cuídate del recuerdo y la memoria, añado yo. Recuerdo que Semprún me llamó desde París a mi casa de Madrid: año quizá 80, unos meses antes de la dimisión de Adolfo Suárez, a quien yo aún no conocía personalmente. Ni siquiera me caía simpático. Quería Semprún una entrevista con el todavía Presidente del gobierno español de la nueva democracia. Que si yo podía conseguírsela. Hablé con Fernando Castedo y José B. Terceiro, entonces altos mandos del Ministerio de Cultura, que capitaneaba Pío Cabanillas. Semprún me llamó dos horas después, siempre desde París: la entrevista la había conseguido el que después fue Duque de Alba, Jesús Aguirre. Finalmente, tras entrevistar a Suárez para Le Nouvelle Observateur, Semprún cenó en mi casa. “Si no lo fue, hoy está convencido de que es un demócrata”, me dijo Semprún. Luego vino la debacle: la traición y el mamoneo político del 23 F del 81, del que todavía quedan flecos por contar. Suárez me los contó después, en nuestras largas conversaciones en su despacho de Antonio Maura. Lo del almuerzo con los tres ministros militares y el Rey. Con todos los detalles. Lo recuerdo muy bien, y lo contaré en mis memorias a tiempo exacto. No hay prisas. Otra noche de verano, en mi casa, vi a Suárez destruir los argumentos (siempre teóricos) del inteligente escritor e ingeniero Juan Benet. Cuatro horas de conversación entre los dos, con ligeros comentarios de Jorge Edwards, José Hierro, Marisa Torrente o Salvador Garmendia, además de Rafael Conte que ya lo ha contado en sus memorias. Sin trampa ni cartón, Suárez le ganó por KO. a Benet. “Adolfo, creo que has venido al mundo no sólo para arreglar problemas de España, sino para provocar nuevos problemas”, dijo Benet, ante la sonrisa de Fernando Castedo, que me había pedido que convocara a algunos ilustres escritores a aquella cena. Estuvimos así casi hasta las seis de la mañana y Suárez, que atravesaba en silencio su desierto personal, impuesto por la traición de los suyos y por las apetencias enloquecidas de la juventud con prisas, no dejó de hablar hasta que nos convenció a todos. Ahí nació nuestra amistad, sincera, sin compromiso y abierta. Una amistad cómplice hasta más allá de la memoria. Incluso hubo un día, en su despacho de Antonio Maura, en que decidíamos si escribía sus memorias y si yo actuaría de “negro literario”. Le dije que estaría encantado de hacerlo. “Será un privilegio”, le dije. Y a continuación, durante una buena temporada, me contó detallitos entonces impublicables, pero dignos de una historias política escrita, por ejemplo, por Nabokov. Yo las voy a contar en mis memorias, de hecho están escritas y refrescándose en mi ordenador. Mi palabra contra aquel que me lleve la contraria. Mi palabra contra la de quienes ahora dicen haber sido sus amigos, haber estado cerca. Haberlo admirado y querido. Mentirosos: ustedes son los héroes de la mentira, los mismos que desacreditaron a Suárez. Ahora dicen todo lo contrario de lo que han dicho durante más de veinte años, hasta que Suárez se enfermó de la memoria y dejó de ser peligroso. Mi palabra contra los cínicos que todavía no se han dado cuenta de que el Presidente Suárez era de una pasta distinta a ellos, de una dignidad que ya quisieran tantos notables de la política y el periodismo españoles del momento. Por lo menos, una cierta estética, señores, ya que no tienen ustedes ética ninguna. Incluso antes de morirse, algún necrófilo enfermizo estaba reclamando por escrito una cercanía cómplice con Suárez y su familia que jamás tuvo. Lo que les gusta a ustedes es gozar de la muerte del ilustre al que han detestado en vida. Recuerdo cuando Suárez me dijo otra mañana que Felipe González le había quitado de repente los escoltas. Su palabra, la de González (si dice que no es verdad) contra la mía. El es político y yo novelista. Mi palabra contra la suya, en último caso. Ahora, en la muerte de un gran personaje, viene el gato capado y traidor a llorar sobre su tumba, aquel traidor, jefe de la facción democristiana de la UCD. Que baje Dios y lo vea todo para poner las cosas en su lugar. Sucede que este país no tiene remedio. Ahora todos parecen buenos, amigos íntimos del muerto ilustre, un caballero que pedía y daba toda la lealtad del mundo, un político, con sus dudas, sus luces y sus sombras, como hubo pocos en esta democracia española que ha caído tan bajo como estamos. Da, de verdad, bastante asco todo.

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