1974

En abril de 1974, los universitarios españoles vivieron una experiencia única: en Portugal se habían sublevado algunos militares que hicieron posible el final de aquella dictadura. Algunos de esos estudiantes sufrieron una importante transformación en pocos días y se alzaron como líderes de aquella infatuación erótica que cobró vida en las universidades españolas. Se subieron a una tarima, levantaban la mano izquierda con el puño cerrado y elevaban la voz sobre todos los demás: “¡Portugalicemos la situación!”, gritaban una y otra vez. Hermosa consigna. Pero poco después todo fuese y no hubo nada. A lo largo de los años, aquellos líderes pasaron a diluirse en el mercado laboral, se hicieron padres de familia con problemas, bastantes se divorciaron y “rehicieron su vida” con otras mujeres y otros hombres. La vida. La hermosa vida. Otros se hicieron poetas, novelistas, profesores. A algunos de ellos me los tropiezo de vez en cuando en provincias o en Madrid y Barcelona. No se parecen nada a quienes gritaban encima del mundo que los escombros del pasado no seguirían imponiendo el paso a las sociedades modernas. Yo había salido de la universidad, en Madrid, y había regresado a mi tierra, en la que me dedicaba a molestar a los franquistas en las barras de los bares y publicando poemas de agentes comunistas como José Ángel Valente, José-Miguel Ullán o Heberto Padilla, todos comunistas muy peligrosos, ya fallecidos. Ullán, excluido de aquel paraíso artificial llamado “Nueve novísimos” (inventado por Carlos Barral y seguido al pie de la letra por Josep María Castellet, llamado ya “el mestre”), vagaba perdido por los desiertos entonces cubiertos de verde del Tel Quel francés. Ahí, en ese abrevadero de humo, manejado por Philip Sollers y su mujer, Julia Kristeva, cayeron de hoz y coz otros muchos escritores españoles, y algunos de aquellos líderes de la portugalización imposible que se habían hecho escritores: como no podían cambiar la España de Franco, trataron de cambiar la lengua entera convirtiéndola en un nuevo cuadro de “informados” donde no podía entrar cualquiera. Recuerdo a J. Leiva y su ” Heautontimoroumenos”. Y era verdad: no sólo se atormentaba a sí mismo, que es lo que significa el palabro en griego, sino que atormentó a sus lectores hasta hacerlos huir definitivamente de sus libros. Sólo recuerdo una buena novela de todos aquellos intentos, incluidos los del cubano Severo Sarduy. Recuerdo y releo “Reivindicación del Conde Don Julián” con un placer difícil de traspasar a nadie más. De aquellos barros, donde también floreció uno de los mejores textos de Emilio Sánchéz-Ortíz, ha llegado hasta nosotros la literatura de Julián Ríos, un escritor tan prestigiado como poco leído. 1973, entonces: “Portugalicemos la situación”. Aquel grupo de amigos míos de la Complutente, Manuel Fernández-Miranda, Aníbal González Pérez y Juan Pablo Fusi tomaron cada uno su propia tangente. Uno, fallecido ya, era lo más divertido del mundo; Aníbal era un hombre serio y simpático, de padre comunista y él mismo Fude, y Fusi siguió por los atolladeros de la historia hasta el día de hoy, entre Ortega y Madariaga.
He vuelto a leer estos días algunos de los textos que escribíamos en aquellos días del sueño portugués. Yo escribía mis primeros relatos en “Monólogos”, a la manera de Cortázar, y Ullán, que se reía mucho de un poema de Nicolás Guillen, realmente malo (“La revolución es una/paloma bajo la luna”), y de otro de Carlos Barral (titulado “Baño de doméstica”: de este se reía también Valente), seguía al pie de la letra su persecutoria manía de fusilar el lenguaje tradicional de la poesía española para entronizar la teoría loca del “homo novus” poético diseñado por el guevarismo deconstructor de Tel Quel en la poesía de lengua española. Con releer “Soldadesca” les bastaría para entenderme. Después, ya en la democracia, le dio por el arte, por la crítica de la copla y por cultivar su ausencia donde los demás siempre le esperábamos. Ahí también, en esas fechas, comenzó a levantarse la leyenda de Leopoldo María Panero que, después, se bajó desde Mondragón a Canarias y entró en el sanatorio mental que dirigía mi compañero de colegio, el psiquiatra Rafael Inglott. Un día, en el parque de Santa Catalina, le pregunté a Leopoldo por él. “¡Ah, el horror, el horror!”, me dijo a gritos citando a Conrad. De vez en cuando pienso en el corazón de cada una de nuestras tinieblas y veo a Leoploldo María viendo jugar, de pie y con las manos en los bolsillos, al ajedrez a los jubilados en el Parque Santa Catalina, el mismo lugar donde Roger Casement, un siglo antes, se reunía con sus amoríos de una noche tropical. En fin, así recuerdo hoy 1974 y la cercanía poderosa del mar.

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