Parisitis

En los últimos años estoy padeciendo una enfermedad paradójica que, en lugar de matarme, me da vida. Se llama la parisitis, y antes que yo la padecieron y gozaron cientos de escritores que sentían la necesidad vital de ver París constantemente. Vivir en París como un extranjero y sin trabajar es uno de los mayores placeres del mundo. Eso hizo durante años el músico chileno Acario Cotapos que, en su parisitis extrema, llegó a preguntarse, melancólico y ansioso, por qué los chilenos no le vendían Chile a los norteamericanos y se compraban algo más pequeño cerca de París. Otro chileno que padecía las fiebres gloriosas de la parisitis, fue Joaquín Edwards Bello, llamado en su familia el inútil de Joaquín, personaje genial del que su sobrino-nieto, el escritor Jorge Edwards, escribió una espléndida y muy recomendable novela titulada precisamente “el inútil de la familia”. Un día, en plena Guerra Mundial, y con toda la juventud francesa en el frente luchando contra los nazis, Joaquín Edwards Bello se bebía un calvados sentado al sol en la terraza de un bistró parisino del Boulevard Saint Germain. Dos viejitas que caminaban por esa misma acera, se quedaron sorprendidas y escandalizadas al ver a un joven tan apuesto y tan tranquilo mientras todos los demás se jugaban la vida y la libertad en la guerra. “Oiga, joven”, se atrevieron a preguntarle en francés, claro, “¿por qué usted no está en la guerra como todos los demás?”. Edwards Bello se sonrió y, en un francés depurado y perfecto, le contestó a las viejitas: “Es que yo soy chileno”, dijo. Las pobres viejitas se llevaron las manos a la boca, se separaron un poco de Joaquín y volvieron a preguntarle, esta vez muy curiosas: “¿Y eso es grave?”. Ser chileno puede llegar a ser une enfermedad como otra cualquiera (como cualquier otra nacionalodad, quiero decir), pero la verdadera enfermedad de Joaquín Edwards Bello fue siempre la parisitis. Ese mismo mal fantástico, que ahora a mí me da tanta vida, lo tuvo toda su existencia el poeta chileno Vicente Huidobro. Una vez que viajó a Chile, al llegar a Santiago le preguntaron en una rueda de prensa que cómo se encontraba de bien o mal en la capital de su país. “¡Ah, muy bien, como en mi segunda patria!”, exclamó para sorpresa de los periodistas. Me sucede a mí también: tengo la certeza de que París es más que Francia, es más que un país, y mucho más que una bella ciudad: es un modo de estar en la vida y de sentirla que, una vez que te agarra por el cuello, no te suelta más en la vida.
Escribo desde Lima, en estos momentos, al otro lado del mundo europeo y lejos de París. Siento una inmensa añoranza de la Ciudad Luz, de mi reciente y hasta ahora última estancia en París, glorioso donde el aire y la luz se funden en la vida y la respiración de cualquier ser humano con sensibilidad vital. Esos días de París, me hospedé en un hotel que frecuentaba Ramón Gómez de la Serna en sus visitas a la capital de Francia, justo en la Plaza del Odeón, a dos pasos de Sanin Germain y de la escultura a Danton, donde quedan todos los días en verse cientos de parisinos, un punto de encuentro colosal. Fue a la despedida de Jorge Edwards como embajador de Chile en París. Cenamos, comimos, paseamos juntos hasta el Campo de Marte, nos contamos cosas de nuestra memoria. Y hablamos de Borges. Borges es Borge con o sin París, desde luego, pero al argentino lo consagró París y sus grandes chamanes culturales que vieron en aquel ciego extranjero al Tiresias de la literatura contemporánea. De modo que padezco ya, para el resto de los siglos, de esta enfermedad gozosa que es la parisitis. Tengo para mí que el mal del bien es merecido: en los años 70, cuando el régimen dictatorial de Franco me detuvo para juzgarme como reo de injurias y calumnias contra el Ejército Español (¡eche usted y no derrame!), me propusieron salir de Canarias clandestinamente en un barco de carga, camino de Agadir y luego Marsella. Me llevarían a París y allí pediría el asilo político. Corría el año 71, tenía dos hijos pequeños, muy pequeños, y preferí verlos crecer y quedarme con ellos. No me arrepiento de aquello, hice lo que tenía que hacer y sufrí luego los rigores del Consejo de Guerra que me condenó a seis meses y un día de cárcel y la pérdida de todos mis derechos civiles. Al final, sin embargo, ha sido genial: mis encuentros con París son cada vez más frecuenta, y aunque mi lugar en el mundo está y es Madrid no me caben dudas de que mi parisitis me deparará todavía muchas satisfacciones en la ciudad del Sena.

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